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CAPÍTULO IV

VALOR PROPIO Y CARACTERÍSTICAS GENERALES DEL DIÁLOGO INTERRELIGIOSO

 

 

           

P. José Antonio Marcone, VE

    IV.1 Valor propio

 

Una vez que hemos dejado sentado con toda claridad la única mediación salvífica de Cristo, y que la fe explícita en Él y la pertenencia a la Iglesia Católica es lo directa y primariamente querido por Dios, como así también que el diálogo no excluye sino que, al contrario, exige el anuncio de Cristo, podemos ahora acentuar sin miedo y sin peligros el valor intrínseco y la necesidad del diálogo interreligioso.

El diálogo interreligioso no tiene motivaciones de táctica o interés, sino que tiene sus propias motivaciones, sus propias exigencias y su propia dignidad[1]. Por el solo hecho de ser diálogo de salvación y de estar tendiente a la conversión del interlocutor, el diálogo posee ya, de por sí, un valor propio[2]. Y por eso es que el diálogo interreligioso “es fundamental para la Iglesia y expresa su misión salvífica”[3]. “Es vasto el campo que se abre delante del diálogo interreligioso, que tiene valor en sí mismo y que en las circunstancias actuales adquiere una urgencia especial”[4].

           

            El diálogo interreligioso, en cuanto forma parte de ese movimiento más amplio que es la misión ad gentes y en cuanto debe ser compaginado dentro de ella[5], es una actividad típica y definida que posee métodos propios y objetivos precisos que la especifican.

 

En primer lugar, hay una necesidad práctica urgente de entablar el diálogo interreligioso que surge de un hecho que se desarrolla dentro de la historia actual de la humanidad. Se trata del contacto y de la interdependencia cada vez mayores de los diferentes pueblos y culturas, portadores cada una de ellas de sus propias religiones. Este contacto más cercano y más intenso con el resto de las religiones, producto de la extraordinaria rapidez de las comunicaciones y de la tecnología, como así también de algunos fenómenos sociales como las migraciones, hacen al cristiano de hoy más concientes de ellas, al mismo tiempo que generan un mejor conocimiento recíproco. Al mismo tiempo esto hace tomar conciencia al seguidor de Cristo de lo limitada que es aún el área espacial y temporal de influencia de la Iglesia[6]. Esta realidad, unida al hecho de que la Iglesia, desde el Concilio Vaticano II, quiere “fomentar la unidad y la caridad entre los hombres”, poniendo atención, ante todo, en “aquello que es común a los hombres y conduce a la mutua solidaridad”[7], obliga a entablar un diálogo sincero con los miembros de otras religiones.

 

“Por primera vez en milenios, la sociedad humana comienza a ser en todas partes pluricultural, plurirracial, plurilingüística y plurirreligiosa. Y es ahora precisamente, en el inicio del tercer milenio, cuando todos esos pueblos, culturas, razas y religiones, se encuentra con el cristianismo, deseando compartir las experiencias de relación con Dios y el sentido de la existencia (...). Hay que reconocer que el encuentro interreligioso es un desafío para el cristianismo y para toda experiencia religiosa auténtica”[8].

 

            “El diálogo debe continuar. En la situación de un marcado pluralismo cultural y religioso, tal como se va presentando en la sociedad del nuevo milenio, este diálogo es también importante para proponer una firme base de paz y alejar el espectro funesto de las guerras de religión que han bañado de sangre tantos períodos en la historia de la humanidad”[9].

 

El diálogo, por otra parte, como dijimos al principio, expresa de la mejor manera posible la relación entre Dios y el hombre e incluso la naturaleza misma de la Iglesia. Por eso es que “la razón fundamental del empeño de la Iglesia en el diálogo no es meramente de naturaleza antropológica, sino principalmente, teológica”[10]. En el acercamiento al hombre para salvarlo el diálogo interreligioso ocupa un lugar importantísimo.

 

Además, la doctrina de las semina Verbi tal como la hemos presentado más arriba, con su consecuente misterio de unidad, nos impulsa a mantener este diálogo con las demás religiones. Por sí mismas estas semillas del Verbo atraen la atención del cristiano católico y crean en él ciertas exigencias: la exigencia de conocerlas lo más profundamente posible, la de amarlas intensamente y la de desear y trabajar para que se nutran, se fortalezcan, crezcan y lleguen a ser lo que el Espíritu Santo pensó: el árbol del Evangelio, el árbol del Reino de Dios[11]. Es a la Iglesia a quien corresponde “que todo lo bueno que se encuentra sembrado en el corazón y en la mente de los hombres, no sólo no perezca, sino que sea sanado, elevado y perfeccionado”[12].

 

Por otro lado, la necesidad de que la fe se haga cultura y de que toda cultura se deje informar por la fe, es un poderoso motivo para entablar el diálogo con las religiones, ya que la religión es el elemento más determinante de toda cultura. “ ‘Una fe que no se ha hecho cultura es una fe que no ha sido plenamente recibida, no ha sido enteramente pensada, no ha sido fielmente vivida’. Estas palabras de Juan Pablo II (...) dejan clara la importancia de la inculturación de la fe. Se constata que la religión es el corazón de toda cultura, como instancia de sentido último y fuerza estructurante fundamental. De este modo la inculturación de la fe no puede prescindir del encuentro con las religiones, que se debería dar sobre todo a través del diálogo interreligioso”[13].

 

            Además, muchas veces el diálogo interreligioso es el único modo posible de hacer conocer el Evangelio: “Sabiendo que no pocos misioneros y comunidades cristianas encuentran en la vía difícil y a menudo incomprendida del diálogo la única manera de dar sincero testimonio de Cristo y generoso servicio al hombre, deseo animarlos a perseverar con fe y caridad, también allí donde sus esfuerzos no encuentran acogida y respuesta. El diálogo es un camino hacia el reino y con seguridad dará sus frutos, aunque los tiempos y momentos están reservados al Padre (cf. Act.1,7)”[14].

 

Todo cristiano debe empeñarse en esta tarea, concientes, además, de que “pueden sacar provecho para sí mismos de este diálogo aprendiendo a conocer mejor ‘cuanto de verdad y de gracia se encontraba entre las naciones, como por una casi secreta presencia de Dios’”[15].

 

   

            IV.2 Características generales

 

¿Cuál es el modo en que este diálogo debe ser llevado a cabo? Indicaciones más prácticas y algunos ejemplos presentaremos en el último capítulo. Pero ahora, siguiendo la inspirada doctrina de Pablo VI, daremos algunas características generales del modo en el que el diálogo interreligioso debe ser conducido.

 

Si dijimos que el diálogo es reflejo de la actividad condescendiente que Dios entabló con el género humano, el modo en que debe ser llevado deberá también imitar el modo que Dios usó para acercarse al hombre. “Hace falta que tengamos siempre presente esta inefable y dialogal relación, ofrecida e instaurada con nosotros por Dios Padre, mediante Cristo en el Espíritu Santo, para comprender qué relación debamos nosotros, esto es la Iglesia, tratar de establecer y de promover con la humanidad”[16].

        

            “El diálogo de salvación fue abierto espontáneamente por iniciativa divina: ‘Él nos amó primero’ (1Jn. 4,10)”[17]. Por lo tanto no debemos esperar a que los miembros de las demás religiones se acerquen a nosotros o nos llamen, sino que somos nosotros los que debemos tomar la iniciativa, avecinándonos a nuestros hermanos de otras religiones e iniciando, respetuosamente, un coloquio esencial.

 

            “Los seguidores de Cristo deben tener un corazón humilde y cordial como el del Maestro, nunca soberbio ni condescendiente, cuando participan en el diálogo con los demás (cf. Mt.11,29). ‘Las relaciones interreligiosas se desarrollan mucho mejor en un marco de apertura a otros creyentes, voluntad de escucha y deseo de respetar y comprender a los demás en sus diferencias. Por eso, es indispensable el amor a los demás. Eso debería llevar a la colaboración, a la armonía y al enriquecimiento mutuo’”[18].

 

El diálogo de salvación instaurado por Dios nació de la caridad: “Dios es amor” (1Jn. 4,8.16) y “tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único” (Jn. 3,16). Por lo tanto el motor de nuestro diálogo no puede ser otro que el amor. No debemos olvidar que definimos el diálogo como “un impulso interior de caridad” que tiende a hacerse “un don exterior de caridad”.

 

Al inclinarse hacia nosotros en actitud coloquial, Dios ciertamente que no se fijó en nuestros méritos ni en nuestras virtudes, ni en nuestra bondad moral, como tampoco pensó en los resultados que conseguiría su actitud o en su posibilidad de fracaso. Por lo tanto nuestro diálogo debe ser “sin límites y sin cálculos”[19].

 

El diálogo de salvación fue dirigido a todos; también el nuestro debe ser universal, es decir, católico, “a no ser que el hombre rechace o finja insinceramente acogerlo”[20].

 

El diálogo debe manifestar “un propósito de corrección, de estima de simpatía y de bondad; excluye la condenación a priori, la polémica ofensiva y habitual, la vanidad de la conversación inútil. Aunque es verdad que no trata de obtener de inmediato la conversión del interlocutor, porque respeta su dignidad y su libertad, busca sin embargo su provecho y quisiera disponerlo a una comunión más plena de sentimientos y convicciones”[21].

 

Por otro lado el cómo del diálogo interreligioso estará condicionado por las circunstancias concretas en que debe darse y por las características del interlocutor. Es decir que el diálogo interreligioso estará sugerido por el tiempo presente, “por el dinamismo transformador de la sociedad moderna, por el pluralismo de sus manifestaciones, como también por la madurez del hombre, religioso o no, capacitado por la educación civil para pensar, para hablar y para tratar con la dignidad del diálogo”[22].

 

En otras palabras, el diálogo debe ser conducido con una delicadeza exquisita en el respeto a fondo de la conciencia de todo ser humano: “La relación de la Iglesia con las otras religiones está inspirada por un doble respeto: respeto por el hombre en su búsqueda de respuestas a las preguntas más profundas de la vida y respeto por la acción del Espíritu en el hombre”[23].

 

Por todo lo que acabamos de decir el diálogo interreligioso se configura como “un arte de comunicación espiritual”[24]. Pablo VI enumera cuatro características concretas de este arte:

 

1)      “La claridad ante todo: el diálogo supone y exige la inteligibilidad, es un intercambio de pensamiento, es una invitación al ejercicio de las facultades superiores del hombre (...); basta esta su exigencia inicial para estimular nuestra diligencia apostólica a revisar todas las formas de nuestro lenguaje, para ver si es comprensible, si es popular, si es escogido.

2)      “Otro carácter es además la afabilidad, la que Cristo nos exhortó a aprender de sí mismo. ‘Aprended de mi que soy manso y humilde de corazón” (Mt.11, 29); el diálogo no es orgulloso, no es hiriente, no es ofensivo. Su autoridad es intrínseca por la verdad que expone, por la caridad que difunde, por el ejemplo que propone, no es un mandato ni una imposición. Es pacífico, evita los modos violentos, es paciente, es generoso.

3)      “La confianza, tanto en el valor de la propia palabra como en la disposición para acogerla por parte del interlocutor (...).

4)      “Finalmente la prudencia pedagógica que tiene muy en cuenta las condiciones sicológicas y morales del que oye (cf. Mt.7,6); se esfuerza por conocer su sensibilidad y por adaptarse razonablemente y modificar las formas de la propia presentación por no serle molesto e incomprensible”[25].

 

Todas las indicaciones que da Pablo VI respecto a cómo debe ser conducido el diálogo son, a mi modo de ver, una prolongación del Himno a la Caridad compuesto por S. Pablo (1Cor.13,1-8). El amor será siempre el núcleo de la ética cristiana y por lo tanto será siempre la explicación última a la conducta requerida a todos los discípulos de Cristo. El diálogo interreligioso no escapa a esta lógica del amor.


 


[1] Cf. RM, 56.

[2] Cf. DA, 41.

[3] JUAN PABLO II, Testimoniar a Dios Padre, en diálogo con todos los hombres religiosos, Catequesis durante la Audiencia General, n. 3, en L’O.R. 30-IV-99, p. 3.

[4] CORBELLE, J. M., Il dialogo interreligioso alla luce..., en op. cit., p. 47.

[5] Cf. RM, 55.

[6] Hablamos de área espacial y temporal, porque aún cuando la Iglesia sea, en comparación numérica con el conjunto del resto de las religiones, un “pequeño rebañito” (Lc.12,32), sigue siendo, sin embargo, forma mundi; sigue siendo para el mundo entero, lo que el alma al cuerpo, como tan bien y con tantos detalles lo expone la Carta a Diogneto. “Valores de este tipo no son cuantificables en cifras”  (JUAN PABLO II, Cruzando..., p. 116)

[7] NA, 1.

[8] ESQUERDA BIFET, El Cristianismo y las Religiones de los Pueblos, B.A.C., Madrid, 1997, p. 9.10.

[9] NMI, 55.

[10] DA, 38.

[11] Cf. Mt. 13,31-32: la parábola de la semilla de mostaza.

[12] LG, 17.

[13] CR, 26.

[14] RM, 57.

[15] CEC, 856.

[16] ES, 35.

[17] ES, 35.

[18] EAs, 31.

[19] ES, 35.

[20] ES, 35.

[21] ES, 36.

[22] ES, 36.

[23] RM, 29.

[24] ES, 37.

[25] ES, 37.