CAPÍTULO IV
VALOR PROPIO Y CARACTERÍSTICAS GENERALES DEL DIÁLOGO
INTERRELIGIOSO
P.
José Antonio Marcone, VE
IV.1 Valor propio
Una vez que hemos
dejado sentado con toda claridad la única mediación salvífica de Cristo, y que
la fe explícita en Él y la pertenencia a la Iglesia Católica es lo directa y
primariamente querido por Dios, como así también que el diálogo no excluye sino
que, al contrario, exige el anuncio de Cristo, podemos ahora acentuar sin miedo
y sin peligros el valor intrínseco y la necesidad del diálogo interreligioso.
El diálogo
interreligioso no tiene motivaciones de táctica o interés, sino que tiene sus
propias motivaciones, sus propias exigencias y su propia dignidad.
Por el solo hecho de ser diálogo de salvación y de estar tendiente a la
conversión del interlocutor, el diálogo posee ya, de por sí, un valor propio.
Y por eso es que el diálogo interreligioso “es fundamental para la Iglesia y
expresa su misión salvífica”.
“Es vasto el campo que se abre delante del diálogo interreligioso, que tiene
valor en sí mismo y que en las circunstancias actuales adquiere una urgencia
especial”.
El diálogo
interreligioso, en cuanto forma parte de ese movimiento más amplio que es la
misión ad gentes y en cuanto debe ser compaginado dentro de ella,
es una actividad típica y definida que posee métodos propios y objetivos
precisos que la especifican.
En primer lugar, hay
una necesidad práctica urgente de entablar el diálogo interreligioso que surge
de un hecho que se desarrolla dentro de la historia actual de la humanidad. Se
trata del contacto y de la interdependencia cada vez mayores de los diferentes
pueblos y culturas, portadores cada una de ellas de sus propias religiones. Este
contacto más cercano y más intenso con el resto de las religiones, producto de
la extraordinaria rapidez de las comunicaciones y de la tecnología, como así
también de algunos fenómenos sociales como las migraciones, hacen al cristiano
de hoy más concientes de ellas, al mismo tiempo que generan un mejor
conocimiento recíproco. Al mismo tiempo esto hace tomar conciencia al seguidor
de Cristo de lo limitada que es aún el área espacial y temporal de influencia de
la Iglesia.
Esta realidad, unida al hecho de que la Iglesia, desde el Concilio Vaticano II,
quiere “fomentar la unidad y la caridad entre los hombres”, poniendo atención,
ante todo, en “aquello que es común a los hombres y conduce a la mutua
solidaridad”,
obliga a entablar un diálogo sincero con los miembros de otras religiones.
“Por primera vez en milenios, la sociedad humana comienza a ser en todas partes
pluricultural, plurirracial, plurilingüística y plurirreligiosa. Y es ahora
precisamente, en el inicio del tercer milenio, cuando todos esos pueblos,
culturas, razas y religiones, se encuentra con el cristianismo, deseando
compartir las experiencias de relación con Dios y el sentido de la existencia
(...). Hay que reconocer que el encuentro interreligioso es un desafío para el
cristianismo y para toda experiencia religiosa auténtica”.
“El
diálogo debe continuar. En la situación de un marcado pluralismo cultural y
religioso, tal como se va presentando en la sociedad del nuevo milenio, este
diálogo es también importante para proponer una firme base de paz y alejar el
espectro funesto de las guerras de religión que han bañado de sangre tantos
períodos en la historia de la humanidad”.
El diálogo, por otra
parte, como dijimos al principio, expresa de la mejor manera posible la relación
entre Dios y el hombre e incluso la naturaleza misma de la Iglesia. Por eso es
que “la razón fundamental del empeño de la Iglesia en el diálogo no es meramente
de naturaleza antropológica, sino principalmente, teológica”.
En el acercamiento al hombre para salvarlo el diálogo interreligioso ocupa un
lugar importantísimo.
Además, la doctrina de
las semina Verbi tal como la hemos presentado más arriba, con su
consecuente misterio de unidad, nos impulsa a mantener este diálogo con
las demás religiones. Por sí mismas estas semillas del Verbo atraen la
atención del cristiano católico y crean en él ciertas exigencias: la exigencia
de conocerlas lo más profundamente posible, la de amarlas intensamente y la de
desear y trabajar para que se nutran, se fortalezcan, crezcan y lleguen a ser lo
que el Espíritu Santo pensó: el árbol del Evangelio, el árbol del Reino de Dios.
Es a la Iglesia a quien corresponde “que todo lo bueno que se encuentra sembrado
en el corazón y en la mente de los hombres, no sólo no perezca, sino que sea
sanado, elevado y perfeccionado”.
Por otro lado, la
necesidad de que la fe se haga cultura y de que toda cultura se deje informar
por la fe, es un poderoso motivo para entablar el diálogo con las religiones, ya
que la religión es el elemento más determinante de toda cultura. “ ‘Una fe que
no se ha hecho cultura es una fe que no ha sido plenamente recibida, no ha sido
enteramente pensada, no ha sido fielmente vivida’. Estas palabras de Juan Pablo
II (...) dejan clara la importancia de la inculturación de la fe. Se constata
que la religión es el corazón de toda cultura, como instancia de sentido último
y fuerza estructurante fundamental. De este modo la inculturación de la fe no
puede prescindir del encuentro con las religiones, que se debería dar sobre todo
a través del diálogo interreligioso”.
Además,
muchas veces el diálogo interreligioso es el único modo posible de hacer conocer
el Evangelio: “Sabiendo que no pocos misioneros y comunidades cristianas
encuentran en la vía difícil y a menudo incomprendida del diálogo la única
manera de dar sincero testimonio de Cristo y generoso servicio al hombre, deseo
animarlos a perseverar con fe y caridad, también allí donde sus esfuerzos no
encuentran acogida y respuesta. El diálogo es un camino hacia el reino y con
seguridad dará sus frutos, aunque los tiempos y momentos están reservados al
Padre (cf. Act.1,7)”.
Todo cristiano debe
empeñarse en esta tarea, concientes, además, de que “pueden sacar provecho para
sí mismos de este diálogo aprendiendo a conocer mejor ‘cuanto de verdad y de
gracia se encontraba entre las naciones, como por una casi secreta presencia de
Dios’”.
IV.2 Características generales
¿Cuál es el modo
en que este diálogo debe ser llevado a cabo? Indicaciones más prácticas y
algunos ejemplos presentaremos en el último capítulo. Pero ahora, siguiendo la
inspirada doctrina de Pablo VI, daremos algunas características generales del
modo en el que el diálogo interreligioso debe ser conducido.
Si dijimos que el
diálogo es reflejo de la actividad condescendiente que Dios entabló con el
género humano, el modo en que debe ser llevado deberá también imitar el modo que
Dios usó para acercarse al hombre. “Hace falta que tengamos siempre presente
esta inefable y dialogal relación, ofrecida e instaurada con nosotros por Dios
Padre, mediante Cristo en el Espíritu Santo, para comprender qué relación
debamos nosotros, esto es la Iglesia, tratar de establecer y de promover con la
humanidad”.
“El diálogo de
salvación fue abierto espontáneamente por iniciativa divina: ‘Él nos amó
primero’ (1Jn. 4,10)”.
Por lo tanto no debemos esperar a que los miembros de las demás religiones se
acerquen a nosotros o nos llamen, sino que somos nosotros los que debemos tomar
la iniciativa, avecinándonos a nuestros hermanos de otras religiones e
iniciando, respetuosamente, un coloquio esencial.
“Los
seguidores de Cristo deben tener un corazón humilde y cordial como el del
Maestro, nunca soberbio ni condescendiente, cuando participan en el diálogo con
los demás (cf. Mt.11,29). ‘Las relaciones interreligiosas se desarrollan mucho
mejor en un marco de apertura a otros creyentes, voluntad de escucha y deseo de
respetar y comprender a los demás en sus diferencias. Por eso, es indispensable
el amor a los demás. Eso debería llevar a la colaboración, a la armonía y al
enriquecimiento mutuo’”.
El diálogo de
salvación instaurado por Dios nació de la caridad: “Dios es amor” (1Jn. 4,8.16)
y “tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único” (Jn. 3,16). Por lo tanto
el motor de nuestro diálogo no puede ser otro que el amor. No debemos olvidar
que definimos el diálogo como “un impulso interior de caridad” que tiende a
hacerse “un don exterior de caridad”.
Al inclinarse hacia
nosotros en actitud coloquial, Dios ciertamente que no se fijó en nuestros
méritos ni en nuestras virtudes, ni en nuestra bondad moral, como tampoco pensó
en los resultados que conseguiría su actitud o en su posibilidad de fracaso. Por
lo tanto nuestro diálogo debe ser “sin límites y sin cálculos”.
El diálogo de
salvación fue dirigido a todos; también el nuestro debe ser universal, es
decir, católico, “a no ser que el hombre rechace o finja insinceramente
acogerlo”.
El diálogo debe
manifestar “un propósito de corrección, de estima de simpatía y de bondad;
excluye la condenación a priori, la polémica ofensiva y habitual, la
vanidad de la conversación inútil. Aunque es verdad que no trata de obtener de
inmediato la conversión del interlocutor, porque respeta su dignidad y su
libertad, busca sin embargo su provecho y quisiera disponerlo a una comunión más
plena de sentimientos y convicciones”.
Por otro lado el
cómo del diálogo interreligioso estará condicionado por las circunstancias
concretas en que debe darse y por las características del interlocutor. Es decir
que el diálogo interreligioso estará sugerido por el tiempo presente, “por el
dinamismo transformador de la sociedad moderna, por el pluralismo de sus
manifestaciones, como también por la madurez del hombre, religioso o no,
capacitado por la educación civil para pensar, para hablar y para tratar con la
dignidad del diálogo”.
En otras palabras, el
diálogo debe ser conducido con una delicadeza exquisita en el respeto a fondo de
la conciencia de todo ser humano: “La relación de la Iglesia con las otras
religiones está inspirada por un doble respeto: respeto por el hombre en su
búsqueda de respuestas a las preguntas más profundas de la vida y respeto por la
acción del Espíritu en el hombre”.
Por todo lo que
acabamos de decir el diálogo interreligioso se configura como “un arte de
comunicación espiritual”.
Pablo VI enumera cuatro características concretas de este arte:
1)
“La
claridad ante todo: el diálogo supone y exige la inteligibilidad, es un
intercambio de pensamiento, es una invitación al ejercicio de las facultades
superiores del hombre (...); basta esta su exigencia inicial para estimular
nuestra diligencia apostólica a revisar todas las formas de nuestro lenguaje,
para ver si es comprensible, si es popular, si es escogido.
2)
“Otro
carácter es además la afabilidad, la que Cristo nos exhortó a aprender de
sí mismo. ‘Aprended de mi que soy manso y humilde de corazón” (Mt.11, 29); el
diálogo no es orgulloso, no es hiriente, no es ofensivo. Su autoridad es
intrínseca por la verdad que expone, por la caridad que difunde, por el ejemplo
que propone, no es un mandato ni una imposición. Es pacífico, evita los modos
violentos, es paciente, es generoso.
3)
“La
confianza, tanto en el valor de la propia palabra como en la disposición
para acogerla por parte del interlocutor (...).
4)
“Finalmente
la prudencia pedagógica que tiene muy en cuenta las condiciones
sicológicas y morales del que oye (cf. Mt.7,6); se esfuerza por conocer su
sensibilidad y por adaptarse razonablemente y modificar las formas de la propia
presentación por no serle molesto e incomprensible”.
Todas las indicaciones
que da Pablo VI respecto a cómo debe ser conducido el diálogo son, a mi modo de
ver, una prolongación del Himno a la Caridad compuesto por S. Pablo
(1Cor.13,1-8). El amor será siempre el núcleo de la ética cristiana y por lo
tanto será siempre la explicación última a la conducta requerida a todos los
discípulos de Cristo. El diálogo interreligioso no escapa a esta lógica del
amor.
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