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La oración en la vida religiosa del Islam

 

por el R.P. Lic. RICARDO ELOY CLAREY, V.E.

La enseñanza que Mahoma ha comunicado supuestamente de parte de Dios fue recogida en el Corán, libro sagrado en el que está escrita y fijada la misma revelación divina para el Islam. Mahoma afirma haber recibido abundantes mociones divinas, inspiraciones, conversaciones con el arcángel Gabriel y con voces divinas, etc. A lo largo de los 114 capítulos o suras, con un variable número de versículos o aleyas, se contiene, sin orden propiamente, la predicación mahometana. Las fuentes de la revelación son, para el creyente musulmán, el Corán y la Tradición. La Tradición contiene, en primer lugar, la propia vida del Profeta, modelo para sus seguidores, y en segundo lugar, sus respuestas a diversas cuestiones que se le planteaban, acompañadas por consejos, advertencias, exhortaciones, etc., a lo que sigue como última parte la narración del estilo de vida de los acompañantes de Mahoma. Junto a la Tradición, se encuentran los comentarios al Corán, si bien no poseen de ninguna manera el valor que tiene el Libro sagrado.

Es significativo que a lo largo de la historia se han producido en el ámbito del mundo musulmán multitud de escuelas teológicas (tradicionalistas, mutazilíes, asharíes, etc.), jurídicas (malikitas, hanafitas, shafiitas, hanbalitas) y las denominadas sectas (sunitas, jariyíes, chiítas, etc.).

Es esencial en el Islam la concepción de Dios como Juez que remunera a cada uno según sus obras. En la escatología islámica se admite un doble juicio: uno particular en el momento de la muerte, y uno final. Se afirma la existencia de un purgatorio, que será para los judíos y cristianos, quienes teniendo parte de la revelación no aceptaron su plenitud. El cielo, por su parte, contiene un grado variable de visión de Dios, según la decisión exclusivamente divina, para sus elegidos, y una variedad de goces y placeres terrenos. Respecto al infierno, está reservado para los ateos, los incrédulos, los apóstatas, y aquellos que obraron el mal (quienes, sin embargo, si tenían fe en Dios, serán extraídos por Mahoma y llevados al cielo). En el infierno encontramos también una cierta división en pena de daño y penas de sentido.

La teología islámica renuncia a estudiar los misterios divinos, remarcando aún más su unívoca insistencia en la trascendencia divina. Es prioritaria la via negationis: se ignora más de lo que se sabe, por lo que la discusión teológica y el intento de argumentar sólo indicaría terquedad en la ignorancia. El Islam no es considerado tanto una vía para el conocimiento de Dios, cuanto un camino de salvación, es justamente sumisión a la Voluntad de Dios.

Pues bien, en este camino de salvación tenemos en la oración un elemento capital. Más particularmente encontramos en la ascética islámica una oración de asombro, de alabanza, de agradecimiento, de sumisión. Al no poder penetrar en los misterios de Dios, y al rechazar el dogma de la Santísima Trinidad, el creyente musulmán no entra propiamente en la vida íntima de Dios. Su relación con Dios es la de criatura-creador, o esclavo-amo; no será la relación cristiana fundamental de hijo-Padre. De hecho, la filiación divina no puede predicarse ni metafóricamente.

La oración en el Islam es de dos tipos: ritual y privada. El llamado a la oración se verifica cinco veces al día: al amanecer, al mediodía, a media tarde, al anochecer, y en la noche. La oración ritual debe estar precedida de abluciones del cuerpo (tahaÑ ra), a fin de purificarlo previamente a la purificación del alma que realiza la misma oración. Esta práctica de devoción consiste fundamentalmente en la recitación, con intención orante, de la kalîma, testimonio o profesión verbal de la afirmación de la unicidad de Dios (AllaÑ h) y de la misión profética de Mahoma. El lugar propio es la mezquita, en un lugar destinado al culto. El descalzarse manifiesta que se está pisando el lugar del culto. Se realiza en dirección a la Meca, lugar sagrado por excelencia. En todos los lugares sagrados y de culto, esta orientación está indicada por el mihrab. Así mismo, el mediodía del viernes el creyente debe realizar la oración en común obligatoriamente, en las mezquitas o al aire libre.

Según la explicación de Al-Gazel, la oración es "celebración de Dios", y alcanza sus "valores íntimos" gracias a la "presencia del corazón, la comprensión, el temor reverencial, la esperanza y la vergüenza". En el pensamiento místico del islamismo medieval, la oración otorga un conocimiento de Dios no adquirido sino recibido (ma’rifa), que sin embargo no es suficiente para pasar a los grados del abandono. Se requiere previamente el arrepentimiento, al cual mueve también la oración. Este posee diversos grados: "El vulgar dirige su arrepentimiento a la culpa, los privilegiados a la tibieza y los profetas a la vista de su impotencia para alcanzar lo que otros han alcanzado" (Al-Misrî, muerto en el 859).

A la oración acompaña en la religiosidad islámica el ayuno, particularmente en el mes de Ramadán (con abstención de todo alimento y bebida en tanto dure la luz del día, en un marco de renuncia temporal, incluso a los placeres sexuales), en el que se trata de recordar vivamente que sólo el Señor es previsor de los hombres, y se busca participar del hambre y sed de los pobres.

La oración, pilar de la religión, según Mahoma, intenta poner en práctica el deseo del abandono en Dios, que pone seguridad en el creyente. Este abandono supone tres grados, expuesto de la siguiente manera por el pensador musulmán Al-Kalâbâdhî (muerto en el año 999): "el primero, que menciona el Corán, consiste en la confianza que se pone en el procurador divino. El segundo es más fuerte: el comportamiento con Dios altísimo es parecido a la actitud del niño con su madre; el que está en el segundo grado se abandona por completo y no será capaz de dar explicaciones a las palabras ni de hacer un análisis mental, pues de lo contrario perdería su estado de abandono. El tercer grado es el más elevado: consiste en estar en las manos de Dios altísimo, tanto en el movimiento como en el descanso, lo mismo que el cadáver en manos del que lava los muertos".