El fundamentalismo
islámico
Cardenal Joseph Ratzinger
En lo referente en lo que se ha dado en llamar
"Mundo islámico" –cuyo rostro multiforme no puede ser descrito aquí ni siquiera
de manera aproximada- quiero solo referirme de forma crítica de uno de los lemas
del debate contemporáneo, que se ofrece gustoso como la clave general para el
esclarecimiento de los procesos actuales: la expresión "fundamentalismo".
Si, en primer lugar, nos aseguramos de forma muy
breve acerca de las bases sobre las cuales se apoya el renacimiento actual del
mundo islámico, saltan a la vista dos causas.
En primer término, se halla el fortalecimiento
económico y, con éste, también político y militar del mundo islámico, a partir
del significado que el petróleo ha adquirido en la política internacional. Pero
mientras que en Occidente el impulso económico ha conducido a un debilitamiento
de la sustancia religiosa, en el mundo islámico se vincula al nuevo impulso
económico una nueva conciencia religiosa, en la cual se conjugan en indisoluble
unidad la religión islámica, la cultura y la política.
Esta nueva conciencia religiosa y las posturas
que se desprenden de ella se califican hoy en Occidente como fundamentalismo.
Desde mi punto de vista, se traspone un concepto del protestantismo
norteamericano, en forma inadecuada, a un mundo conformado de modo distinto por
completo, y esto no contribuye al verdadero conocimiento de las circunstancias.
El fundamentalismo es, según su sentido
originario, una corriente surgida en el protestantismo norteamericano del siglo
XIX, la cual se pronunció contra el evolucionismo y la crítica bíblica y que,
junto con la defensa de la absoluta infalibilidad de la Escritura, intentó
proporcionar un sólido fundamento cristiano contra ambos. Sin duda existen
analogías con respecto a esta posición en otros universos espirituales, pero si
se convierte en identidad la analogía, se incurre en una simplificación errónea.
De dicha fórmula se ha extraído una clave
demasiado simplificada, a través de la cual se pretende dividir el mundo en dos
mitades, una buena y otra mala. La línea del pretendido fundamentalismo se
extiende entonces desde el protestante y el católico, hasta el fundamentalismo
islámico y el marxista.
La diferencia de los contenidos no cuenta aquí
para nada. Fundamentalista es aquel que siempre tiene convicciones firmes, por
ello actúa como factor creador de conflictos y como enemigo del progreso. Lo
bueno sería, por el contrario, la duda, la lucha contra antiguas convicciones, y
con esto, todos los movimientos modernos no dogmáticos o antidogmáticos.
Pero, como se desprende del contenido, a partir
de un esquema clasificatorio puramente formal no puede interpretarse realmente
el mundo. Según mi parecer, se debería dejar a un lado la expresión
«fundamentalismo islámico», porque oculta, bajo una misma etiqueta, procesos muy
diferentes en lugar de aclararlos. Habría que diferenciar, según me parece, el
punto de partida del nuevo despertar islámico y sus diversas formas.
En lo que respecta al punto de partida, me
parece muy significativo que los primeros síntomas del viraje en Irán fueran
atentados contra los cines norteamericanos. El way of life occidental,
con su permisividad moral, fue asumido como un ataque a la propia identidad y a
la dignidad de la propia forma de vida.
El mundo cristiano había generado, en los
momentos de su mayor despliegue de poder, un sentimiento negativo en torno al
propio subdesarrollo y dudas acerca de la propia identidad, al menos en los
círculos cultos del mundo islámico. De este modo, creció el desprecio frente al
confinamiento de lo moral y lo religioso en el ámbito puramente privado, frente
a una configuración de la vida pública, en la cual sólo resultaba válido el
agnosticismo religioso y moral.
El poder con el cual ese estilo de vida fue
impuesto formalmente, sobre todo mediante la exportación de la cultura
norteamericana, un estilo de vida que debía aparecer como el único normal, fue
percibido cada vez más como un ataque contra lo más profundo de la propia
esencia. El hecho de que no sea la atea Unión Soviética, sino los Estados Unidos
de Norteamérica, tolerantes en materia religiosa y al mismo tiempo fuertemente
marcados por la religión, los que son combatidos y atacados depende de ese
choque entre una cultura moralmente agnóstica y un sistema de vida, choque en el
cual la nación, la cultura, la moral y la religión aparecían como una totalidad
indivisible.
Las configuraciones concretas de esa nueva
autoconciencia son muy variadas. El aferrarse fanáticamente a las tradiciones
religiosas se vincula en muchos sentidos al fanatismo político y militar, en el
cual la religión se considera de forma directa como un camino de poder terrenal.
La instrumentalización de las energías religiosas en función de la política es
algo muy cercano sin duda a la tradición islámica.
En consonancia con esto, se ha desarrollado, en
relación con el fenómeno de la resistencia palestina, una interpretación
revolucionaria del Islam que roza la teología cristiana de la liberación, y que
ha hecho con facilidad una mezcla del terrorismo occidental, inspirado por el
marxismo, y el islámico. Lo que de manera superficial se denomina
«fundamentalismo islámico» se podría vincular sin dificultad con las ideas
socialistas acerca de la liberación: el Islam es presentado como el verdadero
conducto de la lucha por la liberación de los pueblos oprimidos. Por esta vía,
por ejemplo, ha encontrado Roger Garaudy su camino del marxismo al Islam. Ve en
este último el portador de las fuerzas revolucionarias contra el capitalismo
dominante.
En contraposición con esto, un mandatario
fuertemente marcado por la religión como es el rey Hassam de Marruecos ha
expresado su profunda preocupación por el futuro del Islam: una interpretación
del Islam que considere como su núcleo la entrega a Dios está reñida con una
interpretación político-revolucionaria, en la cual la cuestión religiosa se
convierte en parte de un chauvinismo cultural y con ello se subordina a lo
político. No deberíamos disponernos con tanta ligereza al análisis de un
fenómeno tan completo como éste.
El Islam, tan seguro de sí mismo, actúa desde
lejos sobre el Tercer Mundo como algo más fascinante que un cristianismo
dividido consigo mismo.
Este artículo es gentileza de
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