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Arabia y los árabes en la época pre-islámica

 

 

Situación geográfica

 

La península arábica estaba situada a la periferia del mundo civilizado. A pesar de esto, para los grandes imperios que la bordeaban, era muy importante:

 

1- Porque era un cruce tanto de productos como de gente.

2- Por el comercio.

3- Arabia era considerada una fuente de recursos humanos.

 

Los árabes tenían gran experiencia en el desierto, por lo que eran importantes para los grandes imperios tanto como aliados como enemigos.

 

La Arabia pre-islámica puede ser dividida en cuatro regiones geográficas:

1- Al oeste, a lo largo del Mar Rojo está la tierra alta llamada Hijaz. Aquí es donde se encuentran Medina, Knaybar y Mecca.

2- La más fértil y alta es Yemen en el suroeste. La región más importante en la antigüedad (lluvias monzónicas y plantas aromáticas).

3- En el interior, vastos desiertos.

4- La parte oriental de Arabia, caliente y húmeda. El duro clima era mitigado por la existencia de abundante agua en la superficie.

 

 

Origen

 

Durante una larga serie de siglos, que se extiende desde el más remoto período que registra la historia hasta el siglo séptimo de la era cristiana, esa gran lengua o península formada por el Mar Rojo, el Éufrates, el Golfo de Persia y el Océano Índico, y conocida bajo el nombre de Arabia, permaneció inalterable y casi no afectada por los acontecimientos que conmovieron el resto de Asia y sacudieron a Europa y África hasta su mismo centro.

 

Los árabes hacen remontar las tradiciones de su país a la más remota antigüedad. Fue habitado, dicen, muy poco después del diluvio, por la progenie de Sem, el hijo de Noé, progenie que gradualmente se fue agrupando en varias tribus, de las cuales las más conocidas son los Aditas y los Thamuditas. De todas estas tribus primitivas se dice que han sido barridas de la tierra en castigo de sus iniquidades, o bien se han diluido en subsiguientes modificaciones de las razas, de modo que muy poco queda concerniente a ellas, salvo algunas borrosas tradiciones y unos pocos pasajes del Corán. Son mencionados ocasionalmente en la historia oriental como los viejos árabes primitivos, de las tribus perdidas.

 

La población de la península es atribuida a Khatan o Joctan, un descendiente de Sem de la cuarta generación. Su posteridad se extendió sobre la parte sur de la península y a lo largo del Mar Rojo. Yarab, uno de sus hijos, fundo el reino del Yemen, en el territorio que se llamó Arabia por su nombre (Yarab), de quien los árabes hacen derivar su propio nombre y el de su país. Jurham otro hijo, fundó el reino de Hedjaz, sobre el cual reinaron sus descendientes por muchas generaciones.

 

Agar y su hijo Ismael fueron recibidos bondadosamente por estas gentes cuando el patriarca Abraham les hizo dejar su hogar. Con el correr del tiempo Ismael se casó con la hija de Modad, un príncipe reinante del linaje de Jurham, y así un extranjero, se halló injertado en el originario tronco árabe. La mujer de Ismael le dio doce hijos, que adquirieron mando sobre el país, y cuya prolífera raza, derivada de doce tribus, expulsó o subyugó y anuló la primitiva estirpe de Joctan.

 

Tal es la explicación dada por los árabes peninsulares acerca de su origen; y los autores cristianos la citan como conteniendo el pleno cumplimiento del pacto de Dios con Abraham, como está registrado en las Sagradas Escrituras. Y Abraham dijo a Dios: “¡Oh! Que Ismael pueda vivir en tu presencia. Y Dios dijo: En cuanto a Ismael te he oído. Mira lo he bendecido, y lo haré fructífero, y lo multiplicaré con exceso: Doce príncipes engendrará, y haré de él una gran nación”. Gen. XVII,18,20.

 

Esos doce príncipes con sus tribus son mencionados más adelante en la Escrituras (Gen. XXV,18), como ocupando el país “desde Havilah hasta Shur, esto es, antes de Egipto, cuando vas hacia Asiria”; región identificada por los especialistas como parte de Arabia. La descripción que se hace de ellos concuerda con la de los árabes actuales. Algunos son mencionados como habitantes de ciudades y castillos, otros como viviendo en tiendas o formando aldeas en el desierto.

 

Nebaioth y Cedar, los dos hijos mayores de Ismael, son señalados entre los príncipes por su riqueza en rebaños y ganados, y por la fina lana de sus ovejas. De Nebaioth vienen los Nabateos que habitaron la Arabia pétrea, mientras que el nombre de Cedar es usado ocasionalmente en la Sagrada Escritura para designar a toda la nación árabe: ¡Pobre de mí!, dice el Salmista, que resido en Mesech, que habito en las tiendas de Cedar.

Ambos, Nebaioth y Cedar, parecen haber sido los progenitores de los árabes nómadas y pastores, los libres piratas del desierto. La nación rica, dice el profeta Jeremías, que mora sin cuidados; no tiene puertas ni barreras, que vive sola.

 

 

Sociedad

 

Una fuerte diferencia se acentúa entre los árabes que tienen ciudades y castillos y los que viven en tiendas.

Algunos de los primeros ocuparon los fértiles valles, donde los castillos y ciudades eran rodeados por viñedos y por huertos, sembrados, y ricos campos de pastoreo. Otros de esta clase se dedicaron al comercio, teniendo puestos y ciudades a lo largo del Mar Rojo; y de las costas del sur de la península y del Golfo de Persia, mantenían comercio con el extranjero por medio de barcos y caravanas. Tal vez especialmente el Yemen o Arabia Feliz, tierra de especias, perfumes y goma aromática, la Saba de los poetas, la Sheba de las Sagradas Escrituras.

 

Eran contados entre los más activos mercaderes de los montes orientales. Sus naves traían a sus costas la mirra y el bálsamo de la opuesta costa de Berbería con el oro, las especias y otros ricos productos de la India y del África tropical. Todo esto junto con sus propios productos eran transportados por las caravanas a través de los desiertos hasta los estados semi-arábicos de Ammon, Moab y Edom o Idumea, o hasta los puertos fenicios del Mediterráneo y desde allí distribuido por el mundo occidental.

 

Las caravanas del Yemen eran generalmente equipadas, conducidas y defendidas por los árabes nómadas, los moradores de tiendas, quienes proveían los innumerables camellos requeridos y también contribuían a la carga con las finas lanas de sus incontables majadas. Los escritos de los profetas muestran la importancia, en tiempos de la Escritura, de esta cadena interior de comercio por la cual las ricas naciones del sur, India, Etiopia y la Arabia Feliz se hallaban unidas con la vieja Siria.

Ezequiel, en sus lamentaciones por Tiro, exclama: “Arabia, y todos los príncipes de Cedar, comerciaron contigo en corderos, y carneros y cabras; en esto fueron ellos tus mercaderes. Los mercaderes de Sheba y de Ramah traficaron en tus ferias con toda clase de especias y con oro y todas clases de piedras preciosas. Haran y Canaan y Eden, los mercaderes de Sheba, Assur y Chelmad fueron tus mercaderes”. E Isaías, hablando de Jerusalén, dice: “La multitud de los camellos te cubrirá; los dromedarios de Midia y Efah; vendrán todos los de Sheba; te traerán oro e incienso... Todos los rebaños de Cedar se reunirán en torno tuyo; en ti serán sacrificados los carneros de Nabaioth” (Isaías LX, 6,7).

 

Los árabes agricultores y mercaderes, moradores de pueblos y ciudades, nunca han sido considerados como verdadero tipo de su raza. Se suavizaron por la vida sedentaria y las ocupaciones pacíficas, perdieron mucho de su carácter primitivo por el intercambio con los extranjeros.

 

Fue entre los árabes de la otra clase, los moradores de las tiendas, muchos más numerosos, donde el carácter nacional se conservó en toda su primitiva fuerza y frescura. Nómadas en sus costumbres, pastoriles en sus ocupaciones, llevaban una vida vagabunda, errando de un sitio a otro en busca de aquellos pozos y manantiales que habían sido frecuentados por sus antepasados de los días de los patriarcas; acampaban doquiera pudieran hallar palmeras que les diesen sombra, y sustento y pastaje para sus rebaños, ganados y camellos; y mudando de residencia cuando el temporario sustento se agotaba.

 

Estas tribus nómadas estaban divididas y subdivididas en innumerables tribus ínfimas o familias, cada una con su jeque o emir, que hacía las veces de patriarca de otras y cuya lanza, plantada junto a  su tienda, era la insignia de mando. Su cargo aunque continuaba durante muchas generaciones en la misma familia, no era estrictamente hereditario, sino que dependía de la benevolencia de la tribu. Podía ser depuesto y ser elegido en su lugar otro de diferente familia. También su poder era limitado y dependía de su mérito personal y de la confianza depositada en él. Sus atribuciones consistían en conducir las negociaciones de paz y de guerra, guiar su tribu contra los enemigos, elegir el lugar del campamento y recibir y agasajar a los huéspedes de consideración.

 

No obstante lo numerosas y menudas que pudieran ser las divisiones de una tribu, los lazos de parentesco eran tenidos en cuenta cuidadosamente por cada sección. Todos los jeques de una misma tribu reconocían a un jefe común, llamado Jeque de los jeques, el cual podía reunir bajo su bandera todas las ramas dispersas, en cualquier emergencia que afectara el patrimonio común.

 

La multiplicación de estas tribus errantes, cada una con su pequeño príncipe y su pequeño territorio, pero sin cabeza nacional, era causa de frecuentes colisiones. La venganza, además, era casi un principio religioso entre ellos. Vengar la afrenta hecha a un pariente era el deber de la familia, y a menudo envolvía también el honor de la tribu; y estas deudas de sangre a veces permanecían pendientes por varias generaciones originando enemistades mortales.

 

La necesidad de estar siempre alerta para defender sus rebaños y ganados, había familiarizado al árabe del desierto desde su infancia con el ejercicio de las armas. Nadie podía superarlo en el manejo del arco, de la lanza y de la cimitarra, ni en el diestro y grácil manejo del caballo. Era también un guerrero rapaz pues, en ocasiones estaba contratado al servicio del mercader, proveyéndolo de camellos y de guías y conductores para el transporte de sus mercaderías, era más apto para fijar tributos a las caravanas o saquearlas en su trabajosa marcha a través del desierto. Todo esto era mirado por él como un legítimo ejercicio de las armas, considerando a los afanosos hijos del trabajo como una raza inferior, rebajada por sórdidos hábitos y preocupaciones.

 

Tal era el árabe del desierto, el morador de las tiendas, en quien se realizaba el profético destino de su antecesor Ismael: Será un hombre salvaje; su mano se alzará contra todo hombre, y la mano de cada hombre contra él.

 

 

Religión

 

En cuanto a religión, los árabes, durante lo que ellos llaman los Días de Ignorancia, participaron ampliamente de dos credos, el Sabeo y el Mago, que en esa época prevalecían en el mundo oriental. El Sabeo, fue el que tuvo más adeptos entre ellos.

 

En su primitivo estado, la fe sabea era pura y espiritual; inculcaba la creencia en la unidad de Dios, la doctrina de una vida futura con recompensas y castigos, y la necesidad de una vida virtuosa y santa para obtener una inmortalidad feliz. Tan profundo era el respeto de los sabeos al Ser Supremo que jamás pronunciaban su nombre, ni se atrevían a dirigirse a El, sino por medio de inteligencias intermedias o ángeles. Estos se suponían que habitaban y animaban los cuerpos celestes, en la misma forma en que el cuerpo humano es habitado y animado por el alma. Al dirigirse a las estrellas y demás luminares celestes no las adoraban como divinidades, sino solamente buscaban hacer propicios a sus angélicos ocupantes como intercesores ante el Ser Supremo, mirando a través de estas cosas creadas a Dios, el gran Creador.

 

Gradualmente esta religión perdió su simplicidad y pureza originarias, y se fue oscureciendo por misterios y degradada por idolatrías. Los sabeos, en lugar de mirar los cuerpos celestes como las habitaciones de agentes intermediarios, los adoraron como divinidades, pusieron imágenes grabadas en los bosques sagrados y en las profundidades de las selvas; finalmente encerraron estos ídolos en templos y los adoraban como si estuvieran animados de divinidad.

 

La fe sabea también sufrió cambios y modificaciones en los diversos países en que fue difundida.

La secta rival de los Magos o Guebres (adoradores del fuego) tuvo origen en Persia, donde después de un tiempo, sus doctrinas orales fueron puestas por escrito por su maestro Zoroastro en su libro Zendavesta. Su credo, como el de los sabeos, era originariamente simple y espiritual, inculcando en la creencia de un Dios supremo y eterno, en quien y por quien existe el universo; de él salieron, durante su labor creadora, dos principios activos: Ariman el ángel de las tinieblas o del mal, y  Ormuz, el príncipe o ángel de la luz y del bien. Estos formaron el mundo con una mezcla de sus elementos opuestos, y estaban trabados en una perpetua lucha por el gobierno de los asuntos del mundo. De aquí las alternativas del bien y del mal, según que el ángel de la luz o el de las tinieblas lleve la ventaja; esta guerra continuaría hasta el fin del mundo, y entonces habría una resurrección general y un día de juicio; el ángel de las tinieblas y sus seguidores serían desterrados a un lugar de tormentos y sombras, y sus contrincantes entrarían al reino bienaventurado de la luz eterna.

 

Los ritos primitivos de esta religión eran en extremo simples. Los magos no tenían templos, ni altares, ni símbolos religiosos de ninguna clase sino que dirigían sus plegarias e himnos directamente a la divinidad, en lo que creían era su residencia: el Sol. Reverenciaban este luminar por ser su morada, y por ser la fuente de la luz y el calor, de los cuales se componían los demás cuerpos celestes; y de noche encendían fuegos sobre las cimas de las montañas para implorar luz durante su ausencia. Zoroastro fue el primero que introdujo el uso de templos, en los cuales el fuego sagrado, que se pretendía provenía del cielo, era conservado perpetuamente encendido por el cuidado de los sacerdotes, que lo vigilaban día y noche.

 

Con el andar del tiempo, esta secta, como la de los sabeos, perdió de vista el principio divino en el símbolo, y vino a adorar la luz o al fuego como una verdadera divinidad, y a odiar a la oscuridad como a Satán o el demonio. En su celo fanático, los magos llegaban a apoderarse de los infieles y ofrecerlos en las llamas para tornar propicia a su divinidad ígnea.

 

A las creencias de estas dos sectas se hace referencia en aquel hermoso texto de la Sabiduría de Salomón: “Necios por naturaleza son con seguridad todos aquellos hombres que ignoran a Dios, y no pudieron considerando la obra, descubrir a su autor; sino que imaginan que el fuego o el viento, o el aire, o el círculo de las estrellas, o el agua impetuosa, o las luces del cielo, son dioses que gobiernan el mundo”.

 

De estos dos credos, el sabeo prevalecía por mucho entre los árabes, pero en una forma muy degenerada, mezclada con toda clase de abusos y variando en las diferentes tribus. El credo mago prevalecía entre aquellas tribus que, por su posición fronteriza, tenían frecuentes intercambios con Persia, mientras que otras tribus participaban de las supersticiones e idolatrías de las naciones con las cuales lindaban.

 

El judaísmo se había introducido en Arabia en una época muy remota, pero vaga e imperfectamente. No, obstante, muchos de sus ritos y ceremonias habían quedado implantados en el país. Más tarde, cuando la Palestina fue arrasada por los romanos, muchos judíos se refugiaron en comunidades, adquirieron la posesión de fértiles comarcas, edificaron castillos y fortalezas y llegaron a tener un poder e influencia considerables.

 

La religión cristiana tenia asimismo adherentes entre los árabes. El mismo San Pablo declara en su Epístola a los Gálatas que poco después de haber sido llamado a predicar el cristianismo entre los gentiles, fue a “Arabia”. También las disensiones que estallaron en la Iglesia Oriental, al comienzo del siglo tercero, dividiéndola en sectas, condujeron a muchos al exilio en las remotas regiones del Oriente, llenando los desiertos en varias de las principales tribus.