Importancia del Diálogo Interreligioso con el
Judaísmo
"La Iglesia no puede olvidar que ha recibido la Revelación del
Antiguo Testamento por medio de aquel pueblo (el pueblo elegido), con quien
Dios, por su inefable misericordia se dignó establecer la Antigua Alianza, ni
puede olvidar que se nutre de la raíz del buen olivo en que se han injertado
las ramas del olivo silvestre que son los Gentiles.
Cree, pues la Iglesia que Cristo, nuestra Paz, reconcilió por la cruz a
Judíos y Gentiles y que de ambos hizo una sola cosa en Sí mismo.
La Iglesia, juntamente con los Profetas y el mismo Apóstol espera el día,
que sólo Dios conoce, en que todos los pueblos invocarán al Señor con una
sola voz y "le servirán como un solo hombre" (Sofon., 3, 9).
Siendo, tan grande el patrimonio espiritual común a Cristianos y Judíos,
este Sagrado Concilio quiere fomentar y recomendar el mutuo conocimiento y
aprecio entre ellos, que se consigue sobre todo por medio de los estudios bíblicos
y teológicos y con el diálogo fraterno.
Por lo demás, Cristo, como siempre lo ha profesado y profesa la Iglesia,
abrazó voluntariamente, movido por inmensa caridad, su pasión y muerte, por
los pecados de todos los hombres, para que todos consigan la salvación. Es,
pues, deber de la Iglesia en su predicación el anunciar la cruz de Cristo
como signo del amor universal de Dios y como fuente de toda gracia". (Nostra
Aetate 4).
Este texto del Concilio Vaticano II habla por sí mismo. Por empezar, es
inmenso el patrimonio común de la Iglesia con el pueblo elegido.
En segundo lugar, sabemos por las palabras reveladas del Profeta Sofonías que
la unidad está en los planes de Dios. Si bien no conocemos el modo y el
momento, todo trabajo que se haga con este fin, colabora con el plan de Dios,
que se ha de cumplir cuando El lo disponga.
Finalmente, la Iglesia, de un modo explícito, haciéndose eco de esta llamada
divina, promueve y recomienda el mutuo conocimiento, "que se consigue
sobre todo por medio de los estudios bíblicos y teológicos y con el diálogo
fraterno".
Consciente de que la salvación viene por Cristo, la Iglesia afirma su deber
de anunciar la cruz de Cristo, como signo del amor universal de Dios y como
fuente de toda gracia.
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