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El Templo de Jerusalén y los judíos de hoy

 

 

  En el primer libro de los Reyes (9,3-9) Dios dice a Salomón: «He escuchado la plegaria y la súplica que has dirigido delante de mí. He santificado esta Casa que me has construido para poner en ella mi Nombre para siempre; mis ojos y mi corazón estarán en ella siempre. Ahora, si andas en mi presencia como anduvo David tu padre, con corazón perfecto y con rectitud, haciendo todo lo que te ordene y guardando mis decretos y mis sentencias, afirmaré para siempre el trono de tu realeza sobre Israel como prometí a David tu padre cuando dije: ‘Ninguno de los tuyos será arrancado de sobre el trono de Israel’. Pero si vosotros, y vuestros hijos después guardáis los mandamientos y los decretos que os he dado, y os vais a servir a otros dioses postrándoos ante ellos, yo arrancaré a Israel de la superficie de la tierra que les he dado; arrojaré de mi presencia esta Casa que yo he consagrado a mi Nombre, e Israel quedará como proverbio y escarnio de todos los pueblos. Todos los que pasen ante esta Casa sublime quedarán estupefactos, silbarán y dirán: ‘¿Por qué ha hecho así Yahveh a esta tierra y a esta Casa?’ Y se responderá: ‘Porque abandonaron a Yahveh su Dios, que sacó a sus padres de la tierra de Egipto, y han seguido a otros dioses, se han postrado ante ellos y les han servido, por eso ha hecho venir Yahveh todo este mal sobre ellos’».

 

1. El problema

 

El Templo había representado para los judíos el único lugar destinado al culto legítimo y oficial de Dios desde la época de Salomón. Su destrucción por Nabucodonosor en el año 586 a. de C. acongojó mortalmente a la nación judía; su reconstrucción en el año 516 a. de C. produjo en todos gran alegría. La destrucción definitiva llevada a cabo por los romanos en el año 70 d. de C. señaló la dispersión del pueblo judío. Todos los tentativos por reconstruirlo fracasaron inexorablemente con toda clase de dificultades.

 

Un ejemplo de estos intentos fallidos lo tenemos en el tentativo de restauración llevado adelante por el emperador Juliano el Apóstata alrededor del 363, de lo cual tenemos varios testimonios, principalmente dos cartas del mismo Juliano dirigida a los judíos. La primera, clasificada como número 25, recuerda haber escrito al patriarca Hillel II, y pide oraciones a Dios para su reino, y promete que si vuelve victorioso de la campaña contra los persas, reconstruirá la ciudad santa de Jerusalén. La segunda carta, publicada por Stern, habría sido escrita en el 363 en Antioquía, con alusiones a las destrucciones precedentes del Templo: «El Templo de los judíos fue destruido tres veces y actualmente no está levantado. Yo mismo tengo la intención, después de un cierto espacio de tiempo, de reconstruirlo en honor a Dios que está asociado a él». Este intento fracasó estrepitosamente, con la presencia de signos prodigiosos, como repentinos fuegos que consumieron a los obreros, terremotos y tempestades. Testimonio de esto lo tenemos en los relatos no sólo de cristianos (San Efrem el Sirio –en los últimos cuatro poemas contra Juliano–, San Gregorio Nacianzeno –en el segundo sermón contra Juliano–, en San Ambrosio de Milán –en una carta al emperador–, Agapito de Membidj –en un escrito árabe del siglo X), sino de paganos, como es un texto de Amiano Marcelino, historiador y admirador de Juliano, y que vivía justamente en la corte imperial de Antioquía.

 

Desde 1520 los judíos recomenzaron a orar ante el muro Occidental, pero no más allá. Después que el distrito judío de Jerusalén cayó, en 1948, los árabes impidieron a los judíos utilizar el muro Occidental o incluso mirarlo desde lejos. Este impedimento duró diecinueve años. Con la reconquista judía de la Ciudad Vieja en 1967, el muro pudo ser usado de nuevo, y durante la primer fiesta que hubo, 250.000 judíos ortodoxos quisieron orar allí todos al mismo tiempo. Todo el sector que está enfrente se despejó y se creó un espacio abierto pavimentado. Pero nada pudo hacerse en relación con la entrada de los judíos en el propio Monte del Templo. De parte de algunos se apeló a toda clase de ingeniosos argumentos para permitir que los judíos entraran por lo menos en una parte del sector. Pero en definitiva, el consenso de la opinión rabínica fue que todo el lugar debía quedar fuera de los límites donde era lícito el ingreso. De modo que el Rabinato Supremo y el Ministerio de Religiones fijaron anuncios que prohibían a los judíos acercarse al monte bajo pena de Karet ('extirpación' o pérdida de la vida eterna).

 

Advierte Paul Johnson que «la actitud de los judíos hacia el monte del Templo, cuando lo recuperaron, con el resto de la Ciudad Vieja, durante la guerra de los Seis Días en 1967, fue un ejemplo destacado del respeto por la observancia rigurosa de los ritos y elementos de la Ley. Restaurar el antiguo gueto, de donde los judíos de Jerusalén habían sido expulsados en 1948, fue una decisión sencilla. Pero el Templo suscitaba dificultades. Una autoridad como Maimónides, siglos antes, había dictaminado que, pese a la destrucción, el asiento del Templo conservaba eternamente su santidad. La Shekinah nunca desaparecía, y por eso los judíos siempre acudían a orar cerca del sitio, especialmente junto al muro Occidental, que, según se creía tradicionalmente, estaba próximo al extremo oeste del Santo de los Santos. Pero como el asiento del Templo conservaba toda su santidad, también exigía que los judíos tuviesen pureza ritual antes de entrar efectivamente en él. Las normas de pureza relacionadas con el Templo eran las más rigurosas de todas. El Santo de los Santos está prohibido a todos salvo al sumo sacerdote, e incluso él entraba allí una vez al año, el Día del Perdón. Como se equiparaba el área del Templo al 'campo... de Israel', que rodeaba al santuario en el desierto, las normas de pureza del Libro de los Números le eran aplicables [...] Una persona se mancillaba tocando un cadáver, una tumba o un hueso humano, o permaneciendo bajo el mismo techo que cualquiera de estas cosas [...] Y para el inmundo debían tomar un poco de ceniza de la quema de la ofrenda por el pecado, y echarle encima agua corriente en una vasija. Y un hombre limpio debía tomar el hisopo y hundirlo en el agua, salpicando con él la tienda y todas las vasijas y las almas que estaban allí, y a aquel que tocó un hueso o a uno que fue muerto, o un cadáver, o una sepultura.

 

Por otra parte, los rabinos de Jerusalén deseaban desalentar, en la mente de los judíos comunes, cualquier equiparación de los triunfos militares sionistas, por ejemplo la reconquista de la Ciudad Vieja, con el cumplimiento mesiánico. El mismo argumento se aplicó también a las propuestas relacionadas con la reconstrucción del Templo mismo. Por supuesto, un plan de este género habría tropezado con la oposición violenta de todo el mundo musulmán, pues la plataforma del Templo estaba ocupada por dos construcciones islámicas de inmensa importancia histórica y artística».

 

2. Las razones principales

 

La pregunta acerca de la posibilidad y conveniencia de reconstruir el Templo viene tanto de sectores laicos pero nacionalistas, y de sectores religiosos, particularmente los ortodoxos. En los primeros tenemos una finalidad puramente política, en la que la reconstrucción del Templo sirve de unión con la historia antigua de Israel y borra, en cierto modo, el largo período de ausencia de los judíos de Jerusalén. Para los religiosos, por el contrario, a la pregunta por la reconstrucción acompaña también una larga serie de cuestiones, relativas a los ritos de purificación, a los sacrificios, a la legitimidad del sacerdocio, etc.

 

Así, las razones más importantes de la falta de entusiasmo que encontramos en amplios sectores de la sociedad judía y de las vacilaciones de los israelitas observantes respecto a la reedificación del Templo fueron expuestas por R. J. Werblowsky, profesor de Religiones Comparadas, de la Hebrew University of Jerusalem, en un artículo publicado el 25 de agosto de 1967 en The Jerusalem Post Weekend Magazine. Éstas serían: la falta de datos precisos y seguros sobre el lugar exacto del emplazamiento del antiguo Templo; la ignorancia –al menos parcial– del auténtico ritual de los sacrificios; la dificultad de poder observar muchas de las prescripciones del ritual de los sacrificios; la repugnancia de la mentalidad moderna hacia el tradicional culto de los sacrificios; la dificultad de encontrar los auténticos descendientes de Aarón.

 

De hecho, poco después del año 70 de la era cristiana, los judíos comenzaron a perder lenta y gradualmente el contacto interior y vital con el ritual de los sacrificios. Durante algunos siglos, ante la impotencia absoluta de poder realizarlos ellos mismos, los judíos ingenuamente esperaron a que el mismo Dios, a su debido tiempo, reconstruyese el Templo. En esta espera, los rabinos no dejaron de discutir sobre las pequeñeces del ritual referente a los sacrificios y dieron un conjunto de prescripciones detalladísimas, pero ninguno ha sido capaz de transmitirnos el ritual tradicional exacto, usado por los sacerdotes en los sacrificios ofrecidos en el Templo de Jerusalén.

 

Pero, ¿acaso los judíos, por mandato divino, no habían reconstruido el Templo al regreso de su primer exilio en Babilonia, y no era éste un precedente que debía seguirse ahora que el Gran Exilio había concluido? No: el precedente era aplicable sólo cuando la mayoría de los judíos 'viven en la tierra', y eso aún no había sucedido. Pero, en la época de Esdras, ¿no se había reconstruido el Templo a pesar de que el número de judíos que habían retornado de Babilonia era más reducido que hoy? Sí, pero no se ha recibido un mandato divino; el Tercer Templo será erigido de un modo sobrenatural por la intervención directa de Dios. El Primer Templo, sin duda construido por Salomón, también era atribuido a Dios. Por otra parte, el Templo no pudo ser construido en tiempos de David porque él era un guerrero; tuvo que esperar hasta el tiempo de paz de Salomón. Lo mismo sucede hoy: no se construirá un Tercer Templo mientras no se llegue a una paz definitiva. Incluso entonces, será necesario un auténtico profeta que inspire la acción, aunque sólo sea porque los detalles, comunicados por Dios a David con Su propia mano, se han perdido... Pero los detalles del Tercer Templo están en el libro de Ezequiel... Quizás; pero al margen de los argumentos técnicos, la generación actual no estaba preparada para restaurar el Templo y su modo de culto, ni dispuesta a hacerlo: para llegar a eso, se necesitaría un despertar religioso. Exactamente: ¿y qué mejor modo de lograrlo que comenzar a construir de nuevo el Templo? Así continuan los argumentos, que condujeron a la opinión mayoritaria de que aún no podía hacerse nada.

   

3. La situación actual

 

De ahí que muchos judíos en nuestros días sean proclives a una 'evolución' de la doctrina referente al Templo y a los sacrificios, es decir, el significado del Templo y de los sacrificios debe ser espiritualizado. Esta espiritualización no impondría, evidentemente, ni la reconstrucción del Templo ni la restauración de los antiguos sacrificios. En esta línea encontramos a los variados exponentes del judaísmo moderno (liberales, reformados, progresistas, etc.).

 

Actitudes extremistas no han faltado. El 15 de agosto de 1967 el capellán del ejército israelí, el rabino Salomón Goren, presidió un servicio religioso en el recinto de Haram esh-Sharif (la explanada del Templo). El mismo Goren fundó en 1986 con otros rabinos famosos el Consejo Supremo del Monte del Templo, intentando publicar un decreto que permita a los judíos observantes entrar y rezar en la explanada del Templo, en contra de la orden de prohibición del Gran Rabinato, y construir una sinagoga en la explanada. La reacción del Consejo Supremo Musulmán fue inmediata: declaró que nunca se permitirá a los judíos rezar en Haram esh-Sharif, y que están dispuestos a morir por esa causa.

 

De todos modos, la mayoría de los grupos ortodoxos en gran medida se apoyan en una leyenda rabínica popular, nacida después de la destrucción del segundo Templo, que afirma que el nuevo Templo será reedificado por Dios mismo en la redención final de Israel. Este nuevo Templo, a diferencia de los anteriores, durará eternamente, por ser obra de Dios. En la espera de un nuevo Templo y de un nuevo altar que descenderán milagrosamente del cielo, todo tentativo humano que quisiera sustituir a la obra de Dios sería un acto de arrogancia.

 

«A diferencia de toda esta situación, para los cristianos, la adoración a Dios no está ya limitada ni centrada en un punto geográfico determinado. El Cuerpo de Cristo resucitado es, en efecto, el centro del culto en espíritu y en verdad (cf. Jn 1,14; 2,18-22; 4,21ss.), es el Templo de donde mana la fuente de agua viva (cf. Jn 7,37-39; 19,34). Y la Santa Misa es el único y definitivo sacrificio que sustituye a los sacrificios figurativos del Antiguo Testamento», es el sacrificio profetizado por Malaquías: desde donde sale el sol hasta el poniente, grande es mi Nombre entre las naciones, y en todo lugar se ofrece a mi Nombre un sacrificio de incienso y una oblación pura... dice Yavé Sebaot (1,11).

 

 

 


 

1 Cf. las referencias aportadas por Frédéric Manns, 'Tentativo di Giuliano l’Apostata di ricostruire il Tempio di Gerusalemme', La Terra Santa 1-2-1988, pp. 26-36.

2 Cf. A. Vasiliev, PO 7, pp. 580-581.

3 Cf. Paul Johnson, La historia de los judíos, Buenos Aires 1991, pp. 556-558.

4 Acerca de las discusiones sobre la legitimidad del ingreso al Templo, cf. Immanuel Jacobovits, The Timely and the Timeless, Londres 1977, pp. 291-294.

5 Como prescribe el libro de los Números, cap. 19, la ternera que se ofrendaba para la purificación tenía que ser roja y 'sin mancha ni mancilla, y nunca haber sentido el yugo'. Lo que era más importante, la parte crítica de la operación debía ser ejecutada, para evitar la contaminación, por Eleazar, el heredero visible de Aarón. Cuando éste había elaborado la mezcla, se la guardaba 'en un lugar limpio' para el momento en que fuese necesaria. Las autoridades insistían en que las terneras debían ser raras y costosas: si sólo dos pelos del animal no eran rojos, las cenizas carecían de valor... Después de la destrucción del Templo fue imposible preparar nuevas cenizas. Quedó una provisión, y al parecer se la utilizó para purificar a quienes habían estado en contacto con los muertos todavía en el período anterior. Después se agotó y la purificación ya no fue posible, hasta que llegara el Mesías para quemar la decimotercera y preparar una nueva mezcla. Como las normas de pureza, sobre todo en relación a los muertos, eran y son tan rigurosas, la opinión rabínica coincide en que todos los judíos son ahora ritualmente impuros. Y como no existen cenizas para purificarlos, ningún judío puede entrar en el monte del Templo.

6 Incluso la propuesta de ofrecer un sacrificio ritual del cordero pascual fue rechazada, porque no podía descubrirse cuál había sido el lugar exacto en que estaba el altar, había dudas sobre las credenciales de la estirpe sacerdotal de los actuales cohen o kohanîm, y (no menos importante) se sabía muy poco de las vestiduras sacerdotales para recrearlas exactamente. Cf. Encyclopaedia Judaica, XV, 994.

7 Esta cuestión fue discutida seriamente en el siglo pasado, particularmente por los rabinos Mathan Adler y Zevi Hirsch Kallischer.

8 Ignacio Mancini, '¿Tendrá Israel su Templo?', Tierra Santa, Mayo 1968, p. 30.