Quienes somos

Lo Nuevo

Pedido de Oraciones

 

En este sitio

 

 

 

 
HOME / Judaísmo / El Documento de la Santa Sede sobre la Shoah
 

DIÁLOGO INTERRELIGIOSO

 

EL DOCUMENTO DE LA SANTA SEDE

SOBRE LA SHOAH

 

R.P. Lic. Gabriel Zapata, V.E.

 

El documento.

 

«Es justo que, mientras el segundo milenio del cristianismo llega a su fin, la Iglesia asuma con una conciencia más viva el pecado de sus hijos, recordando todas las circunstancias en las que, a lo largo de la historia, se han alejado del Espíritu de Cristo y de su Evangelio, ofreciendo al mundo, en vez del testimonio de una vida inspirada en los valores de la fe, el espectáculo de modos de pensar y actuar que eran verdaderas formas de antitestimonio y de escándalo»1 .

Estas palabras del Papa en la Carta Apostólica Tertio millennio adveniente han sido una incisiva invitación a la revisión de algunos momentos delicados de la historia: ya sea para pedir perdón, ya sea para aclarar situaciones mal entendidas. Esto es lo que movió a la Comisión para las Relaciones con el Judaísmo a publicar el 16 de marzo de 1998 el documento «Nosotros recordamos: una reflexión sobre la Shoah».

 

Después del Vaticano II, la Iglesia Católica y los grupos internacionales que representan al pueblo judío determinaron establecer juntos un mecanismo para continuar el notable momento histórico que representó la Declaración del Concilio Nostra Aetate. El resultado fue el establecimiento del Comité Internacional de Enlace Judío-Católico (ILC). Actualmente los co-presidentes son el Cardenal Edward Idris Cassidy (presidente de la Comisión para las Relaciones con los Judíos) y el Dr. Gerhard Riegner (vice-presidente honorario del Congreso Mundial Judío).

 

El Card. Cassidy ha sido el principal responsable del presente documento. Pero ahora nos interesa conocer la opinión del otro co-presidente, el Dr. Riegner. Aseguró que la comunidad judía está profundamente impresionada por algunos pasajes muy fuertes del documento, por su firme compromiso para asegurar que un mal semejante no vuelva a ocurrir. También destacó el deseo de revisar en la historia las actitudes de «antijudaísmo». Sin embargo expresó una seria decepción, ya que el documento «evita tomar una postura clara sobre la relación directa entre la enseñanza del desprecio y el clima político y cultural que hizo posible la Shoah».

 

Habiendo pasado más de cinco meses de la publicación del documento nos proponemos volver a hacer una lectura para comprobar si hay justicia en las anteriores afirmaciones y sobre todo para que tan importante llamado a la reflexión no quede en el olvido.

La «Shoah» fue una tragedia que no debemos olvidar.

 

«Este siglo ha sido testigo de una tragedia inefable, que nunca se podrá olvidar: el intento del régimen nazi de exterminar al pueblo judío, con el consiguiente asesinato de millones de judíos(...) Esa fue la Shoah: uno de los principales dramas de la historia de este siglo, un drama que nos afecta todavía hoy».

El Pueblo judío sufrió mucho en la historia por dar testimonio del Santo de Israel y de la Ley (la Torah). «Pero la Shoah fue, ciertamente, el peor sufrimiento de todos».

 

Semejante tragedia suscita muchas preguntas de orden histórico, sociológico, filosófico, etc. Pero también es preciso valorar este acontecimiento desde un punto de vista moral y religioso, y esto es lo que pretende el documento. La Shoah se produjo en Europa, o sea en países por largo tiempo cristianos; esto lleva a la pregunta: ¿qué relación existe entre la persecución nazi y las actitudes de los cristianos?

 

Como reconoce el documento «la historia de las relaciones entre judíos y cristianos es una historia tormentosa». Al inicio del cristianismo los judíos se opusieron, a veces violentamente, a los primeros cristianos. Durante el tiempo del Imperio Romano los judíos estaban protegidos por los privilegios otorgados por el Emperador, mientras que se desataba la persecución contra los cristianos. Más tarde, cuando los emperadores se convirtieron al cristianismo, primero siguieron garantizando los privilegios del pueblo hebreo, pero hubieron grupos de cristianos exaltados que así como asaltaban los templos paganos, hicieron lo mismo con algunas sinagogas judías. En la base de estas actitudes se encontraban, según el Papa Juan Pablo II, «algunas interpretaciones erróneas e injustas del Nuevo Testamento con respecto al pueblo judío y a su supuesta culpabilidad...» 3.

 

Nos detenemos un poco en este punto. Es la declaración conciliar Nostra Aetate  la que abordó el tema: «Aunque las autoridades de los judíos con sus seguidores reclamaron la muerte de Cristo4 , sin embargo, lo que en su pasión se hizo, no puede ser imputado ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían, ni a los judíos de hoy. Y, si bien la Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios, no se ha de señalar a los judíos como réprobos de Dios y malditos, como si esto se dedujera de las Sagradas Escrituras»5.

 

En la histórica visita a la sinagoga de Roma el 13 de abril de 1986, Juan Pablo II6  reflexionaba sobre ese texto insistiendo en que no se puede imputar a los judíos como pueblo una culpa colectiva por lo que se hizo en la pasión de Jesús. De ahí que no se puede justificar teológicamente ninguna discriminación. El juicio está en manos de Dios, «el Señor juzgará a cada uno 'según las propias obras', a los judíos y a los cristianos»7 .

 

Por tanto, insiste el Papa, no es lícito decir que los judíos son «réprobos o malditos», como si se dedujera de la Sagrada Escritura. Más aún, había dicho antes el Concilio, en este mismo texto de Nostra Aetate, pero también en la Constitución Dogmática Lumen Gentium8  citando la carta de san Pablo a los Romanos (11,28s.), que los judíos 'permanecen muy queridos por Dios', que los ha llamado con una 'vocación irrevocable'.

 

Aunque la Iglesia nunca dejó de predicar la caridad a todos los hombres, surgieron sentimientos de antijudaísmo en algunos ambientes cristianos «y la brecha existente entre la Iglesia y el pueblo judío llevaron a una discriminación generalizada, que desembocó a veces en expulsiones o en intentos de conversiones forzadas»9 .

 

Hasta fines del S. XVIII, los judíos no siempre gozaron de un status jurídico, plenamente reconocido. De todas maneras, a pesar de que estaban extendidos por todo el mundo cristiano, conservaron sus tradiciones religiosas y sus costumbres propias. Entre el final del s. XVIII y el inicio del XIX los judíos lograban, por lo general, una posición de igualdad con respecto a los demás ciudadanos, y varios de ellos ocupaban puestos importantes en la sociedad. Pero, en este contexto histórico, especialmente en el s. XIX, «se desarrolló un nacionalismo exasperado y falso»10 . Los judíos fueron acusados a menudo de ejercer demasiado influjo en relación con su número. «Entonces comenzó a difundirse, con grados diversos, en la mayor parte de Europa, un antijudaísmo esencialmente más sociopolítico que religioso»11.

 

Pero ¿qué ideas se encuentran en la base de estas actitudes? Surgían en ese período teorías que negaban la unidad de la humanidad. Se afirmaba que las razas eran una diferencia fundamental y originaria. Ya lo había planteado el francés Conde de Gobineau12 el ascenso y la decadencia de las sociedades se debe a lo racial; por tanto un pueblo decaerá en cuanto se mezcla con otro. Las razas superiores progresan siempre y cuando se mantengan puras.

 

También en el siglo XIX el darwinismo suministró, aunque es de pensar que involuntariamente, las pretendidas bases científicas para explicar las desigualdades raciales y para justificar la superioridad de unos sobre otros13.

 

Pero en el siglo XX, «el nacionalsocialismo en Alemania usó esas ideas como base pseudocientífica para una distinción de las así llamadas razas nórdicoarias y supuestas razas inferiores»14. Adolfo Hitler en Mein Kampf atribuye a la providencia la voluntad de mantener la desigualdad de las razas. Para Hitler era necesario velar por la pureza de la sangre y es el Estado el guardián; por tanto se propuso controlar los nacimientos y tomar medidas eugenésicas. En su pensamiento, para cumplir bien su destino la nación alemana debía odiar a las demás razas. La decadencia de Alemania se debía a que no había respetado este plan; ahora era preciso hacerlo y el chivo expiatorio era el pueblo judío.

 

La Iglesia frente al racismo.

 

¿Cómo fue la reacción de la Iglesia frente a este racismo? En Alemania, la Iglesia, a través de la predicación, la enseñanza y del periodismo católico lanzó su condena. El mismo Papa Pío XI alzó su voz repudiando el racismo nazi en la encíclica Mit brennender Sorge, que se leyó en las iglesias de Alemania el viernes de Pasión del año 1937, lo que atrajo sanciones y ataques contra el clero. Poco importaba la consecuencia, la verdad la resumía esta frase del entonces Papa: «El antisemitismo es inaceptable. Espiritualmente todos somos semitas»15 . Y el gran Pío XII, desde su primera encíclica, Summi Pontificatus, advertía del peligro de sostener doctrinas que negaban la unidad de la raza humana y que sostenían la divinización del Estado.

 

La postura de la Iglesia fue firme: alzó su voz por medio de sus pastores y de muchos fieles cristianos condenando el racismo como anticristiano y anticientífico. Pero, ¿se le puede recriminar a los miembros de la Iglesia alguna culpa? ¿El silencio, la participación en la discriminación o en la misma persecución culpable?

 

Ante estos interrogantes el documento presenta las reflexiones más importantes. Para abordar el tema es necesario distinguir netamente para no caer en verdaderas injusticias, el antisemitismo del antijudaísmo. Este último, consiste en los sentimientos de sospecha y de hostilidad existentes desde siglos con respecto al pueblo judío, y de los cuales también son culpables los cristianos, como se mencionó al hacer el resumen histórico. Pero el antisemitismo, «basado en teorías contrarias a la enseñanza constante de la Iglesia sobre la unidad del género humano y la igual dignidad de todas las razas y de todos los pueblos», es fruto de la ideología nacionalsocialista que llega al extremo de no reconocer una «realidad trascendente como fuente de la vida y criterio del bien moral»16 . La consecuencia fue que un grupo humano se vio con el derecho de exterminar al pueblo judío. No fue sólo este pueblo el blanco de aversiones, ya que no pocos afiliados al partido nazi llegaron a manifestar un odio específico hacia Dios mismo, y por ende también a la Iglesia.

 

«Fue esa ideología extrema la que se convirtió en fundamento de las medidas tomadas, primero para expulsar a los judíos de sus casas y, luego, para exterminarlos. La Shoah fue obra de un típico régimen neopagano moderno. Su antisemitismo hundía sus raíces fuera del cristianismo y, al tratar de conseguir sus propios fines, no dudó en oponerse a la Iglesia, incluso persiguiendo a sus miembros»17 .

 

Pero, aquí llegamos a un punto difícil que el documento aborda con entereza: «El sentimiento antijudío ¿hizo a los cristianos menos sensibles, o incluso indiferentes, ante las persecuciones desencadenadas contra los judíos por el nacionalsocialismo, cuando alcanzó el poder?»18 .

 

No se puede ofrecer una única respuesta pues se trata de actitudes de muchas personas en situaciones muy distintas; por tanto, la respuesta se ha de dar caso por caso y estudiando las motivaciones precisas que movieron a cada uno en su actuación.

 

Al inicio, los jefes del Tercer Reich querían expulsar a los judíos. Aquí debemos reconocer, según nos pide el documento, una actitud poco evangélica: los gobiernos de varios países occidentales de tradición cristiana (incluidos algunos de América del Norte y del Sur) «dudaron mucho en abrir sus fronteras a los judíos perseguidos (...) En esas circunstancias, el cierre de las fronteras a la inmigración judía, sea que se debiera a la hostilidad o sospecha antijudía, o a cobardía y falta de clarividencia política, o a egoísmo nacional, constituye un grave peso de conciencia para dichas autoridades»19 .

 

Y cuando la persecución recrudeció, ¿qué ayuda dieron los cristianos a los perseguidos? Ante esta pregunta podemos individualizar dos actitudes bien opuestas: por un lado la de la cobardía y la indiferencia, y por otro la de los que aún con grandes riesgos socorrieron cristianamente. Veamos las dos actitudes comenzando por la última, la de los hombres de Iglesia, en especial Pío XII, aunque no siempre ha sido así comprendido.

 

Pío XII, blanco de ataques.

 

La propaganda anticatólica se ha cansado de desfigurar los hechos y acusar a la Iglesia de complicidad, al menos con el silencio, en tales persecuciones. Pero esto es falso, «no se debe olvidar a los que ayudaron a salvar al mayor número de judíos que les fue posible, hasta el punto de poner en peligro su vida»20 .

Juan Pablo II no dudó en recordar estos hechos en su visita a la sinagoga de Roma: «Fue ciertamente un gesto significativo el que (...) las puertas de nuestros conventos, de nuestras iglesias, del seminario romano, de edificios de la Santa Sede y de la misma ciudad del Vaticano, se abrieran para ofrecer refugio y salvación a tantos judíos de Roma, rastreados por los perseguidores»21.

 

Pero, es bien sabido que a partir de 1963, el Papa Pío XII se convirtió en el protagonista de una leyenda negra: «por cálculo político o por pusilanimidad habría permanecido impasible y silencioso ante crímenes contra la humanidad que con una intervención suya podían haberse evitado». Así resume la acusación contra el Papa el P. Pierre Blet, S.J.22, el más importante experto viviente de la historia de la Santa Sede durante aquel período polémico.

 

Estudiemos un poco el tema: la humildad evangélica nos debe llevar a reconocer nuestros pecados, no a inventarlos. Y es un bien para el diálogo con los judíos el presentar «las verdades sobre la mesa».

 

Como dice Blet, no se puede discutir cuando se trata de leyendas que se fundan en la imaginación exacerbada por la pasión o directamente en la mentira. Lo único que queda es «contraponer al mito la realidad histórica probada por documentos incontestables». Fue precisamente esa la intención de Pablo VI cuando autorizó, ya desde 1964, la publicación de los documentos de la Santa Sede referentes a la segunda guerra mundial23.

 

Cuenta el P. Blet que se dio cuenta de que los volúmenes publicados permanecían desconocidos, inclusive para los historiadores, por tanto, se dedicó entre los años 1996-1997 a recoger lo esencial y las conclusiones en un volumen de dimensiones modestas, pero lo más denso posible24.

 

Una consulta serena de tal documentación deja ver la actitud y la conducta del Papa Pío XII durante la guerra mundial y lo infundado de las acusaciones en su contra. Dejemos al mismo historiador sintetizar la acción del Papa: «Los documentos demuestran con toda evidencia cómo los esfuerzos de su diplomacia para evitar la guerra, para disuadir a Alemania de agredir a Polonia, por convencer a la Italia de Mussolini a separarse de Hitler, llegaron al límite de sus posibilidades.

No se encuentra rastro alguno de la pretendida parcialidad filogermana que el Papa habría contraído en el período transcurrido en la nunciatura en Alemania. Sus esfuerzos, junto con los de Roosevelt, por mantener a Italia fuera del conflicto, los telegramas de solidaridad del 10 de mayo a los soberanos de Bélgica, Holanda y Luxemburgo tras la invasión de la Wehrmacht, sus valientes consejos a Mussolini y al rey Vittorio Emanuele III para sugerir una paz separada, no van ciertamente en esa dirección. Sería ilusorio pensar que con las albardas de la guardia suiza o con una amenaza de excomunión el Papa hubiera podido frenar a los tanques de la Wehrmacht»25.

 

El P. Blet reporta otra de las acusaciones: «Pío XII habría mantenido contacto epistolar con Hitler. Estos documentos faltarían en la publicación de Actes y Documents por ser comprometedores. ¿Qué decir? Esa correspondencia no se publicó, sencillamente porque no existió. Alguno pensó en contactos de Pacelli (futuro Pío XII) con Hitler, mientras se desempeñaba como nuncio en Alemania. Pero resulta que las fechas lo hacen imposible: Hitler llega al poder en el 1933 y, por tanto, sólo a partir de esta fecha podría heber tenido ocasión de encontrarse con el nuncio. Pero Mons. Pacelli había vuelto a Roma en diciembre de 1929 y Pío XI le había hecho cardenal el 16 de diciembre y nombrado Secretario de Estado el 16 de enero de 1930. Pero, sobre todo, si hubiera existido dicha correspondencia, las cartas del Papa se habrían conservado en los archivos alemanes y dejado algún rastro en los archivos del ministerio de Asuntos Exteriores del Reich. Las cartas de Hitler, a su vez estarían en el Vaticano, pero habría alguna mención de ellas en las instrucciones a los embajadores de Alemania (...) De todo esto no hay rastro alguno26».

 

Otra acusación, propia de un escritor a quien «las musas» le son esquivas y que debe recurrir a retorcer a sus personajes para mantener la atención del lector, es la siguiente: la Santa Sede habría utilizado el oro nazi para ayudar a los criminales de guerra a huir a Latinoamérica, sobre todo al croata Ante Pavelic. Esto apareció en un artículo del Sunday Telegraph de julio de 1997. «En nuestra investigación en los archivos de la Secretaría de Estado, comenta Blet, no hemos encontrado mención alguna de la supuesta llegada a las arcas del Vaticano del oro sustraído a los judíos...». Es evidente que quien sostiene esa acusación debe aportar, al menos, alguna prueba documental que no hubiera quedado en los archivos del Vaticano, pero, nada de eso consta. «Consta, sin embargo, la intervención solícita de Pío XII cuando las comunidades judías de Roma fueron chantajeadas por las SS, que les exigían 50 kg de oro; el gran rabino acudió entonces al Papa para pedirle los 15 kg que faltaban y Pío XII ordenó inmediatamente a sus oficinas que hicieran lo necesario»27.

 

Pero, ¿qué decir del pretendido silencio culpable de Pío XII ante la persecución racial? Hay que afirmar que los documentos muestran a las claras los esfuerzos del Papa por oponerse a la barbarie nazi. «El aparente silencio escondía una actividad secreta a través de las nunciaturas de los episcopados para evitar, o por lo menos limitar, las deportaciones, las violencias y las persecuciones. Los motivos de tal discreción las explica claramente el mismo Papa en varios discursos, en las cartas a los episcopados alemanes o en las deliberaciones de la Secretaría de Estado: las declaraciones públicas no habrían hecho más que agravar la suerte de las víctimas y multiplicar su número»28.

 

El Papa Pío XII, en realidad, mostró una prudencia admirable en las decisiones que tuvo que tomar para ayudar a esas almas que sufrían. Las palabras del Papa Pío XII reflejan esto: «Cada palabra que dirigimos a las autoridades responsables y cada una de nuestras declaraciones públicas tuvieron que ser seriamente ponderadas y consideradas debido al interés que teníamos en los mismos perseguidos de modo tal que, inconscientemente, no hiciéramos su situación aún más dificultosa e insoportable».

 

También la Cruz Roja Internacional y el Consejo Ecuménico de las Iglesias coincidieron en que era mejor guardar silencio para no poner en peligro los esfuerzos en favor de los judíos. Sin embargo, ¿quién ataca a la Cruz Roja por su «silencio» ante el Holocausto?

 

En Amsterdam, la jerarquía católica actuó de manera diversa: en 1942 denunció vigorosamente la persecución de los judíos, y ¿cuál fue el resultado? «Los nazis respondieron redoblando las redadas y deportaciones; al final de la guerra, habían muerto el 90% de los judíos de la capital. Las organizaciones humanitarias judías estaban completamente de acuerdo con el Vaticano: una denuncia pública del Vaticano no tendría la menor influencia en los planes de Hitler, y en cambio pondría en peligro a los judíos que la Iglesia tenía escondidos»29.

 

Personalidades judías reconocen la acción del Papa y de la Iglesia.

 

He aquí un testimonio incontestable: el de Massimo Caviglia, director de la revista Shalom, el mensual más difundido y autorizado de la comunidad hebrea italiana. Así declaró: «Creo que Pío XII sólo podía actuar de la manera en que lo hizo (...) En privado ayudó a los hebreos, dándoles asilo en las estructuras eclesiásticas. Mis padres se salvaron al encontrar refugio en un convento»30.

 

Son muchos los judíos que se muestran reconocidos por la acción del Papa, inclusive varias veces destacaron oficialmente la sabiduría de la diplomacia de la Santa Sede. Prueba de esto es la gratitud expresada por comunidades y personalidades judías personalmente o a través de sus representantes.

 

Un historiador judío, Joseph Lichten, de B´nai B´rith (organización judía dedicada a denunciar las manifestaciones de antisemitismo y mantener viva la memoria del genocidio nazi) señala «que en setiembre de 1943, Pío XII ofreció bienes del Vaticano como rescate de judíos apresados por los nazis. También recuerda que, durante la ocupación alemana de Italia, la Iglesia, siguiendo instrucciones del Papa, escondió y alimentó a miles de judíos en la ciudad del Vaticano y en Castelgandolfo, así como en templos y conventos. En gran parte por esto, los judíos tuvieron en Italia una tasa de supervivencia mucho más alta que en otros países ocupados por los nazis.»

 

Pinchas E. Lapide, israelita cónsul en Italia por varios años llegó a declarar: «La Iglesia Católica salvó más vidas judías durante la guerra que todas las otras iglesias, instituciones religiosas y organizaciones de rescate juntas. Su registro (se entiende el registro de número de vidas salvadas) sobresale en alarmante contraste en comparación a los logros efectuados por la Cruz Roja Internacional y las democracias occidentales... La Santa Sede, los Nuncios y la Iglesia Católica entera salvaron unos 400.000 judíos de la muerte segura».

 

Cuando muere el Papa Pío XII, en 1958, Golda Meir, Ministra de Asuntos Exteriores del Estado de Israel, envía este mensaje: «Compartimos el dolor de la humanidad (...). Cuando el terrible martirio se abatió sobre nuestro pueblo, la voz del Papa se elevó en favor de sus víctimas. La vida de nuestro tiempo se enriqueció con una voz que habló claramente sobre las grandes verdades morales por encima del tumulto del conflicto diario. Lloramos la muerte de un gran servidor de la paz»31.

 

El silencio culpable ante la persecución racista es vergonzoso.

 

Después de habernos detenidos en leyenda negra de Pío XII, es preciso reconocer que la actitud del Papa y la de tantos otros no fue la de todos los cristianos, «no podemos saber cuántos cristianos en países ocupados o gobernados por potencias nazis o por sus aliados constataron con horror la desaparición de sus vecinos judíos, pero no tuvieron la fuerza suficiente para elevar su voz de protesta. Para los cristianos este grave peso de conciencia de sus hermanos y hermanas durante la segunda guerra mundial debe ser una llamada al arrepentimiento»32.

 

Ante estas situaciones, la Iglesia pide a sus hijos el examen de conciencia y el reconocimiento sincero de sus culpas. Pero, además, como Maestra que es, debe volver a enseñar y a repetir a los cuatro vientos las consecuencias de la verdad del Evangelio. Juan Pablo II se dirigía a los jefes de la comunidad judía de Estrasburgo en 1988: «Repito de nuevo, junto con ustedes, la más firme condena de todo antisemitismo y de todo racismo, opuestos a los principios del cristianismo».

 

Pero también es justo recordar que no ha sido la Shoah la única persecución racial o religiosa. La Iglesia católica repudia toda actitud de ese género y «condena de modo más firme todas las formas de genocidio, así como las ideologías racistas que los han hecho posibles».

El documento se ve en la obligación de nombrar hechos de violencia que son una verdadera vergüenza para la humanidad y especialmente para los hombres del siglo XX: «Recordamos, en particular, la matanza de los armenios, las innumerables víctimas en Ucrania durante la década de 1930, el genocidio de los gitanos, también fruto de ideas racistas, y tragedias semejantes ocurridas en América, en Africa y en los Balcanes. No olvidamos los millones de víctimas de la ideología totalitaria en la Unión Soviética, en China, en Camboya y en otros lugares. Y tampoco podemos olvidar el drama de Oriente Medio, cuyos aspectos son muy conocidos. Incluso mientras hacemos esta reflexión»33.

 

El documento vuelve a insistir en la necesidad de pedir perdón por las actitudes poco evangélicas, «se trata de un acto de arrepentimiento (teshuva), pues, como miembros de la Iglesia, compartimos tanto los pecados como los méritos de sus hijos»34.

 

Todo cristiano se debe comprometer a que el Evangelio impregne cada acto de su vida; con palabras del Papa: «nos arriesgamos a hacer morir nuevamente a las víctimas de muertes atroces, si no sintiéramos pasión por la justicia y no nos comprometiéramos, cada uno según sus propias posibilidades, a lograr que el mal no prevalezca sobre el bien, como sucedió a millones de hijos del pueblo judío... La humanidad no puede permitir que todo eso suceda nuevamente»35.

 

El Papa nos enseña la auténtica actitud cristiana con su palabras pero también con sus gestos. El 7 de junio de 1979 visitó el lager de Auschwitz, se recogió en oración en particular ante la lápida con la inscripción hebrea que recordaba a las víctimas: «Vengo, pues, y me arrodillo en este Gólgota del mundo contemporáneo (...). Esta inscripción suscita el recuerdo del pueblo, cuyos hijos e hijas estaban destinados al exterminio total. (...) Este pueblo que ha recibido de Dios el mandamiento de 'no matar', ha probado en sí mismo, en medida particular, lo que significa matar. A nadie le es lícito pasar delante de esta lápida con indiferencia»36.

 

Las raíces judías de nuestra fe.

 

El documento termina con una insistente llamada a que los católicos tomen mayor conciencia de las raíces judías de su fe. «Les pedimos que recuerden que Jesús era un descendiente de David; que del pueblo judío nacieron la Virgen María y los Apóstoles; que la Iglesia se alimenta de las raíces de aquel buen olivo en el que se injertaron luego las ramas del olivo silvestre de los gentiles37; que los judíos son nuestros hermanos queridos y amados; y que, en cierto sentido, son realmente 'nuestro hermanos mayores' (Juan Pablo II)»38.

 

Los obispos alemanes dijeron: «Quien se encuentra con Jesucristo, se encuentra con el judaísmo»39. El Papa no dudó en hacer suya esa expresión, agregando: «La fe de la Iglesia en Jesucristo, hijo de David e hijo de Abraham contiene de hecho lo que los obispos llaman... 'la herencia espiritual de Israel para la Iglesia40.

 

La Iglesia es consciente que tiene un particular vínculo con el Pueblo judío, relación que tenemos, como señala el Papa, sólo con esa comunidad religiosa. «Este 'vínculo' puede ser calificado de 'sagrado', ya que procede de la misteriosa voluntad de Dios»41.

 

 

 

 


 

 1 Tertio millennio adveniente, 33. Los resaltados son nuestros, así en adelante.

 2 Nosotros recordamos: una reflexión sobre la Shoah, Documento de la Comisión para las Relaciones con el Judaísmo, Ciudad del Vaticano, 16 de marzo de 1998, I.

3 Discurso a los participantes en el encuentro de estudio sobre 'Raíces del antijudaísmo en ambiente cristiano', en L´Osservatore Romano, 7 de noviembre de 1997, p. 5.

4 Cf. Jn 19,6.

5 Nostra Aetate, nº 4

6 L´Osservatore Romano, 20 de abril de 1986, p. 1.

 7 Cf. Rom 2,6.

 8 Lumen Gentium, n. 6.

 9 Nosotros..., III.

 10 Ibidem.

 11 Ibidem.

 12 Su Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas (París 1853-55) fue la fuente de donde surgieron las teorías posteriores.

 13 La concepción racista llega a su punto más alto en la obra del inglés H. St. Chamberlain (influido por R. Wagner y por Nietzsche). Se nacionalizó alemán. En su obra Fundamentos del s. XIX (1899) afirma que la raza superior es la blanca y, dentro de ella, la aria, representada sucesivamente por griegos, romanos y teutones (germanos, celtas y eslavos). Después será importante Rosenberg, para quien la caída de las antiguas culturas debe atribuirse a la mezcla de los arios con razas inferiores. ( Cf. D. Negro Pavón, Racismo en Enc. GER, T. XIX p. 600).

 14 Ibidem.

 15 La Documentation Catholique, 29 (1938), col.1460, cit. por Nosotros..., III.

 16 Nosotros..., IV.

 17 Ibidem.

 18 Ibidem.

 19 Ibidem.

 20 Ibidem.

 21 L´Osservatore Romano, 20 de abril de 1986.

 22 La leyenda ante la prueba de los archivos (artículo sobre las reiteradas acusaciones contra Pío XII, publicado en 'La Civiltà Cattolica'), L’Osservatore Romano, 10 de abril de 1998, p. 10.

 23 Actes et Documents du Saint Siège relatifs à la seconde guerre mondiale, editados por P. Blet- A. Martini - R. A. Graham (desde el vol. 3) - B. Schneider, Ciudad del Vaticano, Libr. Ed. Vaticana, 11 volúmenes en 12 tomos, 1965-1981.

 24 Cf. P. Blet, Pie XII et la seconde guerre mondiale d’aprés les archives du Vatican, Paris, Perrin, 1997.

 25 La leyenda..., p. 11.

 26 P. Blet, La leyenda..., p. 11.

 27 Idem.

 28 P. Blet, La leyenda..., p. 12.

 29 ZENIT, Roma, 27 de marzo de 1998.

 30 ZENIT, Roma, 27 de marzo de 1998.

31 Algunos testimonios más :

Por ejemplo, en 1945, Giuseppe Nathan, comisario de la Unión de comunidades judías italianas, declaró: 'Ante todo, dirigimos un reverente homenaje de gratitud al Sumo Pontífice y a los religiosos y religiosas que, siguiendo las directrices del Santo Padre, vieron en los perseguidos a hermanos, y con valentía y abnegación nos prestaron su ayuda inteligente y concreta, sin preocuparse por los gravísimos peligros a los que se exponían'.

Emilio Zolli, Rabino jefe en Roma durante la ocupación alemana: ' Ningún héroe en toda la historia fue más militante, ninguno más combatido, ninguno más heroico que Pío XII'. Zolli se convierte, después de la guerra, al catolicismo. Tan conmovido estaba por la obra de Pío XII que quiso tomar el nombre del Papa, Eugenio, como su nombre de bautismo.

Albert Einstein notó que para prevenir el holocausto, 'sólo la Iglesia podía obstaculizar suficientemente el desarrollo de la campaña sostenida por Hitler por la supresión de la verdad'.

Jeno Levai, el primer investigador del Holocausto en Hungría, dijo que el Papa Pío XII 'hizo más que cualquier otro para detener el espantoso crimen y aliviar sus consecuencias'.

Rabbi Herzog, Rabí de Jerusalén : 'El pueblo de Israel nunca olvidará lo que Su Santidad y sus ilustres delegados, inspirados por los principios eternos de la religión que forman los fundamentos de la verdadera civilización, están haciendo por nosotros, hermanos y hermanas desafortunados en la mas trágica hora de nuestra historia, lo cual es una prueba viviente de la divina providencia en este mundo.'

 32 Nosotros..., IV.

33 Nosotros..., IV. La referencia es una cita de Juan Pablo II, Discurso a los miembros del Cuerpo Diplomático (15-01-1994): 'demasiados hombres son todavía víctimas de sus hermanos'.

34 Ibidem.

35 Cit. en Nosotros..., V.

36 L’Osservatore Romano, 17 de junio de 1979, p. 13.

37 Cf. Rm. 11,17-24.

38 Nosotros..., V.

39 Declaración sobre las relaciones de la Iglesia con el Judaísmo, cit. por Juan Pablo II, Discurso a la comunidad judía en Maguncia, L’Osservatore Romano, 23 de noviembre de 1980.

40 Ibidem. De ahí que señale el Papa : 'Si los cristianos consideran a todos los hombres como hermanos y se deben comportar según esta apreciación, cuánto más vale este sagrado deber cuando se encuentran con quienes pertenecen al pueblo judío', idem.

41 Discurso a los participantes en la reunión anual del Comité Internacional de Enlace Católico-Judío, L’Osservatore Romano, 26 de enero del 1986, p. 10.