Encuentro del Santo
Padre
con el mundo judío en
Tierra Santa
R.P.
Luis Montes VE
"Con una nueva apertura recíproca, los cristianos y los hebreos deben cumplir
esfuerzos valientes para remover todas las formas de prejuicio. Tenemos que
luchar para presentar siempre y en todos los sitios el auténtico rostro de los
hebreos y del hebraísmo, como también de los cristianos y del cristianismo".
Con estas palabras, dirigidas al Presidente de Israel Ezer Weizman, comenzó el
Santo Padre, una serie de contactos con el mundo judío en Israel, que queremos
relatar de modo especial por los frutos que produjo. No en vano dijo Monseñor
Marini, de este viaje de Juan Pablo II: "Se trata, sin lugar a dudas, del
viaje más significativo de cuantos ha realizado hasta ahora el Santo
Padre".
Para
mejor entender la importancia de los hechos y dichos del Sumo Pontífice vamos a
presentar brevemente los hechos previos al viaje, así como algunos datos que
explican la situación religiosa de Tierra Santa.
Momentos previos
Antes del viaje fue mucho lo que se hizo y dijo. En primer lugar la Santa Sede
no dejaba de insistir que era una visita "inspirada únicamente en motivos
religiosos", y se insistía en el carácter de peregrinación: el Santo
Padre "quiere rezar en esos lugares y llevar a la Iglesia con él dentro
del Tercer Milenio, siguiendo los pasos de Jesús", explicaba el portavoz
vaticano, Joaquín Navarro Valls, el 17 de marzo en un encuentro con
periodistas.
Evidentemente el mismo Papa era consciente de la influencia que su viaje podría
llegar a tener en la vida pública de Israel y Palestina. En la misma
conferencia de prensa, Navarro Valls, dijo claramente que el Papa desea que éste
sea un peregrinaje a los lugares bíblicos ligados con la vida de Jesús, y un
regreso, de alguna manera a las raíces de nuestra fe; una continuación de los
senderos que ha emprendido en busca de la unidad de los cristianos y del diálogo
entre los creyentes de las religiones; y finalmente, un paso en búsqueda de la
paz en Medio Oriente.
Gran parte de la prensa, tanto de Tierra Santa, como fuera de ella, simplificaba
la cuestión, no entendiendo la concepción de un viaje espiritual con frutos de
paz y unidad, y afirmaba que era un viaje político.
Por su parte, los gobiernos israelí y palestino, repitieron reiteradas veces su
bienvenida al Pontífice, con palabras y con hechos: las calles fueron adornadas
con banderas, y se realizaron obras para facilitar los movimientos del Papa. No
faltaron, sin embargo, palabras menos felices, como por ejemplo, las del alcalde
de Jerusalén, Ehud Olmert, quien se permitió lanzar una advertencia al Papa:
es mejor que durante su visita no toque la cuestión del estatuto de la Ciudad
Santa, capital eterna del Estado de Israel.
Finalmente estaba el parecer de los grupos integristas islámicos y
especialmente judíos que rechazaban la venida del Papa. Estos últimos, dieron
un dolor de cabeza a las autoridades por dos hechos vandálicos realizados pocos
días antes de la llegada de Juan Pablo II: el 19 de marzo, algunos militantes
del grupo de ultraderecha Kaj pintaron cruces esvásticas y leyendas agraviantes
en la plataforma donde debía aterrizar el helicóptero del Papa. Destruyeron
los carteles de bienvenida, rompieron ocho luces de aterrizaje, mancharon con
pintura roja la bandera del Vaticano y realizaron pintadas con aerosol.
"Fuera el Papa" y "¿Dónde estabas durante el Holocausto?"
eran algunas de ellas. Uno de los dirigentes de esta organización ilegal había
dicho: "haremos todo lo posible por sabotear la visita del Papa".
El otro escándalo y alarma se dio en la madrugada del 21 de marzo (el Papa se
encontraba en Jordania), cuando un grupo de rabinos y seguidores judíos
ultraortodoxos pronunciaron una "maldición mortal" contra Juan Pablo
II, Yasser Arafat, y el presidente de Siria, rezando por la muerte de estos, en
una ceremonia llevada a cabo en un cementerio de la ciudad de Safed, en Galilea.
La ceremonia fue transmitida por la segunda red de televisión israelí. Muchos
recordaron que otra maldición mortal precedió al asesinato del primer ministro
israelí Yitzak Rabin en noviembre de 1995 por parte de fanáticos religiosos
contrarios a los acuerdos de paz con los palestinos.
Se realizaron además, pegatinas donde se decía: "No a la herejía contra
Dios", y "Bendito el que se opone a la idolatría".
Esto obligó a los rabinos mayores de Israel, el askenazi Meir Lau
(representante de los judíos inmigrados de distintos países de Europa
Oriental) y el sefaradí Mordechai Bakshi-Doron (representante de los
descendientes de los antiguos judíos expulsados de España, quienes han
mantenido lengua y tradiciones propias) a condenar estas manifestaciones de
intolerancia que van contra "el interés de los judíos que viven entre los
cristianos en numerosos países", e invitar a los judíos ortodoxos a
recibir al Papa calurosamente.
Por todo esto, el operativo "Viejo amigo" de seguridad que montó el
gobierno de Israel, fue el más grande de toda su historia: 18000 policías y
4000 soldados. Cada día seguían al Santo Padre entre 5000 y 6000 policías.
Encuentro del
Santo Padre con el mundo judío
Ante todo hay que aclarar que la expresión "mundo judío" no se debe
tomar como una unidad de pensamiento: en Israel encontramos desde judíos que
rechazan al mismo estado israelí (pues sólo Dios puede establecer un estado
para el pueblo elegido) hasta ateos que no siguen las tradiciones judías. En el
medio encontramos a los ortodoxos o ultrareligiosos (que son los que más se
oponían a la venida del Papa), y a los laicos que practican su religión cada
uno a su modo. Estos dos últimos grupos están en oposición constante, de tal
modo que la opinión común en Israel, es que, cuando acaben los problemas con
los árabes va a haber un recrudecimiento de la disputa laicos-ortodoxos.
El conocimiento que tienen los judíos en Israel sobre el cristianismo es –por
lo general— bastante pobre: sólo el 63 por ciento de los ciudadanos de Israel
saben que en 1994 la Santa Sede reconoció oficialmente al Estado de Israel y
actualmente mantiene con él relaciones diplomáticas. Sólo el 44 por ciento de
los israelíes sabe cuál es la posición oficial de la Iglesia sobre el
antisemitismo. Estos son algunos de los datos revelados por un estudio de opinión
realizado por la empresa internacional, Gallup, que explican las declaraciones
ofrecidas a la agencia vaticana "Fides" por el padre David Jaeger, un
judío nacido en Israel en 1955 que después de haberse convertido al
cristianismo entró en la Orden Franciscana en 1981. Es también jurista y por
ello participó en la Comisión bilateral de la Santa Sede e Israel, que dio
vida a los mutuos acuerdos: "Hay que decir que en Israel se ignoran casi
completamente todos los progresos que se han dado desde el Vaticano II en las
relaciones entre los católicos y los hebreos –afirma--. En las negociaciones
futuras entre Israel y la Santa Sede queremos hablar de esto: ¿Qué es lo que
hay que hacer para que todas estas grandes conquistas se den a conocer a la
población judía? Se necesita una obra de educación de la población judía".
Incluso catedráticos de la Universidad de Tel Aviv, añade, se sorprenden
positivamente al conocer documentos que fueron publicados hace ya treinta años
y que desconocen.
En este contexto, el pedido de perdón del Papa, realizado el primer domingo de
cuaresma, por los pecados presentes y pasados de la Iglesia, entre otros, contra
el pueblo judío; constituyó, por su significado y repercusiones, uno de los
acontecimientos que sirvieron como preparación a su viaje-peregrinación a
Tierra Santa.
En dicha ceremonia litúrgica, el Santo Padre pronunció cinco "nunca más",
para que la Iglesia entre en el Tercer Milenio rechazando con vigor los pecados
que algunos de sus hijos cometieron a lo largo de la historia.
"Nunca más contradicciones en el servicio de la verdad; nunca más gestos
contra la comunión de la Iglesia; nunca más ofensas hacia cualquier pueblo;
nunca más recurrir a la lógica de la violencia; nunca más discriminaciones,
exclusiones, opresiones, desprecio de los pobres y de los últimos", dijo
al finalizar la ceremonia.
En cuanto al pedido de perdón por los pecados cometidos contra el pueblo de
Israel, la monición decía así: "Oremos para que al recordar los
sufrimientos padecidos por el pueblo de Israel a lo largo de la historia, los
cristianos reconozcan los pecados cometidos por no pocos de ellos contra el
pueblo de la Alianza, de esta manera, purificarán sus corazones".
Si bien los rabinos europeos reaccionaron positivamente (para dar un par de
ejemplos, el Presidente de la Conferencia de Rabinos Europeos, Joseph Sitruk, y,
entre los laicos, el pensador judío francés Bernard-Henry Levy), no fue así
en Israel. El rabino mayor Meir Lau (ya citado) consideró el pedido de perdón
del Papa como "inaceptable", por no haber mencionado de modo explícito
el Holocausto y no haber condenado a Pío XII: "No fue la Iglesia la que
cometió las atrocidades del nazismo, pero tampoco hizo nada para detenerlas, y
esto faltó decirse en el público pedido de perdón del Papa", y "Es
cierto que la solución final fue obra de los nazis y no de la Iglesia, pero
quien la dirigía entonces, Pío XII, no hizo lo necesario para denunciarla y
combatirla", fueron sus palabras. Avner Shalev, director del Museo del
Holocausto Yad Vashem, tampoco quedó conforme con el mea culpa del Sumo Pontífice.
Es de notar que al momento de decir esto, ya estaba programado que ambos debían
recibir al Papa en la Sede del Gran Rabinato y en el Museo del Holocausto,
respectivamente.
Como
se puede ver claramente por lo dicho, se podía esperar muchas cosas. Muchos temían
por la salud del Papa, ya sea por su edad o peor aún por un atentado. Otros
desconfiaban de las declaraciones que pudiera hacer sobre Jerusalén, o sobre
los palestinos. Otros querían una condena de la Iglesia por parte del Papa por
su actuación durante el Holocausto, o al menos una condena a Pío XII.
¿Cómo respondió
el Papa a las expectativas?
Sus
declaraciones a los palestinos: si bien hubo una línea hebrea que buscaba
hurgar cada palabra del Papa a los palestinos para encontrar motivo de queja,
sin embargo, la opinión general entendió bien el mensaje del Papa. Lo expresó
correctamente el ministro Haim Ramón al decir que "el Papa ha reiterado la
posición del Vaticano y no hay que tratar de ver y rever cada una de sus
palabras para criticarlas".
Sus encuentros con las autoridades israelíes: fueron varias, en clima de
cordialidad, y en todas ellas el gobierno de Israel se mostró agradecido por la
visita del Santo Padre. En especial se destacan las que tuvo con el presidente
Ezer Weizman y el primer ministro Ehud Barak. Este último, en varias ocasiones,
tuvo palabras de reconocimiento a la labor del Pontífice. Además de reconocer
la labor del Papa por la paz, insistió con fuerza en su gestión por el
acercamiento de la Iglesia con el pueblo hebreo. En el museo del Holocausto
dijo: "Usted ha hecho más que nadie para aplicar el histórico cambio de
la Iglesia hacia el pueblo hebreo, cambio iniciado por el buen Papa Juan
XXIII".
Su visita a la sede del Gran Rabinato de Jerusalén: lo recibieron los dos
rabinos mayores de Israel: "Bendito seas al llegar y bendito seas al
partir". A esta altura del viaje (23 de marzo) ya la imagen del Papa era
mejor vista por todo Israel. Pidió el Santo Padre reciprocidad a los judíos,
para que así como él trabajaba para que no haya más antijudaísmo entre los
cristianos también ellos trabajen para que no haya anticristianismo entre los
hebreos.
Su visita al Yad Vashem, el memorial del Holocausto en Jerusalén: rindió
homenaje a los millones de judíos muertos en el Holocausto, y renovó el pedido
de perdón que ya había hecho en Roma. "Como Obispo de Roma y Sucesor del
apóstol Pedro, aseguro al pueblo judío, que la Iglesia Católica, motivada por
la ley evangélica de la verdad y del amor y no por consideraciones políticas,
se siente profundamente entristecida por el odio, los actos de persecución y
las manifestaciones de antisemitismo contra los judíos por parte de los
cristianos en todo tiempo y lugar. La Iglesia rechaza cualquier forma de racismo
que considera una negación de la imagen del Creador intrínseca a cada ser
humano".
Se puede afirmar que, en general, el pueblo de Israel comprendió que esta
actitud del Papa era por convicción y no por cálculo político. La prensa
hebrea dio mucho realce al hecho y muchos prejuicios se evaporaron. Fue un
gran paso adelante en la relación de la Iglesia con el pueblo de Israel.
"El Papa nos ha dado el máximo", dijo un ministro respondiendo a las
críticas de los hebreos ortodoxos, que pretendían que el Papa ataque a la
Iglesia en sí misma. Fiel a la verdad el Papa, mostró en los hechos aquello
que ya había afirmado antes: "la verdad se impone por la misma fuerza de
la verdad". Y la verdad brilla con Karol Woltyla porque él no la oscurece
sino que la deja resplandecer en su misma vida. Con la fuerza del ejemplo movió
también el Papa en el Yad Vashem: pudo reencontrarse con dos judíos que dieron
testimonio de su amor sin discriminaciones.
En primer lugar con un amigo de la escuela, Yossef Bainenstock, con el cual no
se veía desde entonces. "Desde hace tiempo quería pedirle una audiencia
en el Vaticano, pero tenía la esperanza de que antes o después podría volver
a ver aquí, en Israel, a mi antiguo compañero de juegos". El Papa le
preguntó por su familia en gran parte desaparecida en Auschwitz y Dachau, los
mismos campos de exterminio en los que fue confinado Yossef. En un reportaje
concedido a la prensa, dijo sobre su amistad: "Yo era judío y él
cristiano pero no veíamos nada de extraño en nuestra amistad". En segundo
lugar, con Edith Zirer, mujer judía que fue salvada por el Papa cuando era éste
un joven seminarista. Liberada en enero de 1945, abandonó el campo de
Skarzysko-Kaienna totalmente debilitada por la tuberculosis y por otros
sufrimientos que prácticamente la impedían moverse. Karol Wojtyla, que la
encontró, le ofreció algo de pan y una taza de té. Después, se la llevó a
hombros durante tres kilómetros, desde el campo de concentración hasta la
estación de ferrocarriles, donde la dejó en manos de una familia judía. Tras
pasar por un orfanato de Cracovia y por un sanatorio francés, en 1951, emigró
a Israel, donde se casó. Cuando Karol Wojtyla fue elegido Papa ella lo reconoció
y quiso agradecerle. Y en el Memorial del Holocausto, donde se recuerda el
horror que ella misma tuvo que vivir, pudo recibir a su "buen
samaritano".
El encuentro inter-religioso en el Instituto Pontificio Notre Dame: con líderes
judíos, musulmanes y cristianos. Acá se vio que todavía falta mucho para un
acercamiento religioso judío-musulmán. Shmuel Haddas, el primer embajador del
Estado de Israel ante la Santa Sede había manifestado su confianza en que
"la visita puede contribuir a mejorar la atmósfera, motivar el diálogo
entre todos", pues hasta ahora el "diálogo palestino-israelí prácticamente
no existe". Desgraciadamente ninguna de las dos partes supo aprovechar la
ocasión. Por el contrario, lo único que hicieron fue repetir sus exigencias (y
en un tono duro) creando un ambiente tenso en el encuentro interreligioso.
Durante el mismo, uno de los dos rabinos principales de Israel declaró que lo
importante para los cristianos era que reconociesen que Jerusalén es la capital
del Israel moderno, declaración que además de ser netamente política,
sostenida unilateralmente de dicho modo es contraria a las resoluciones
internacionales hasta ahora adoptadas y contraria a la posición tradicional de
la Iglesia sobre la ciudad santa. El muftí, según parece, había reaccionado
violentamente, con un discurso en árabe que no fue traducido, pero que era todo
lo contrario que conciliatorio, y se retiró inmediatamente. Bien distintas
fueron las palabras del Santo Padre: "Cada una de nuestras religiones
conoce, de una forma u otra, esta regla de oro: ‘Compórtate con los demás
como quisieras que los demás se comporten contigo’. Por más valiosa que sea
esta regla de conducta, el verdadero amor al prójimo va más allá. Se basa en
la convicción de que cuando amamos a nuestro prójimo mostramos amor a Dios, y
cuando lo ofendemos, ofendemos a Dios. Esto significa que la religión no admite
la exclusión y la discriminación, el odio y la rivalidad, la violencia y el
conflicto. La religión no es, y no debe llegar a ser, un pretexto para la
violencia, especialmente cuando la identidad religiosa coincide con la identidad
cultural y étnica. ¡La religión y la paz van juntas!".
Su
visita al Muro de los Lamentos: habíamos dicho que después de su visita al
Museo del Holocausto un ministro había dicho: "El Papa nos ha dado el máximo".
Pues bien, volvió el Santo Padre a superar los cálculos humanos. Se acercó al
Muro de los Lamentos, leyó un papel en silencio, lo colocó en el muro (como
hacen los judíos que presentan peticiones allí a Dios), y se santiguó. La
televisión seguía todo de cerca, y nadie sabía que decía el papel. No bien
se supo, todos quedaron asombrados una vez más: por tercera vez públicamente
el Papa imploraba perdón a Dios por los pecados de algunos hijos de la Iglesia
contra el pueblo de Israel.
El texto decía así: "Dios de nuestros padres. Habéis elegido a Abraham y
sus descendientes para llevar vuestro nombre a las naciones. Estamos
profundamente afligidos por el comportamiento de aquellos que, en el curso de la
historia, hicieron sufrir a vuestros hijos y os pedimos vuestro perdón.
Deseamos comprometernos en una auténtica fraternidad con el pueblo de la
Alianza".
El papel fue trasladado al Museo del Holocausto. "Esta carta será guardada
en el memorial de la Shoah por la eternidad. Entre cristianos y judíos ha
nacido una nueva época" dijo el ministro Haim Ramón.
Después de lo dicho, podemos afirmar, que el viaje del Papa tuvo un éxito
insospechado en sus relaciones con el judaísmo. Hadas, el presidente israelí
del Consejo para las Relaciones Interreligiosas, afirmó: "el mensaje
extraordinario que ha transmitido el Papa a católicos y judíos no puede ser
ignorado y fue una gran sorpresa positiva para los israelíes. Juan Pablo II
demostró que quien llegaba a Tierra Santa era un gran amigo de Israel y del
pueblo judío".
Además, su aporte por la paz fue hecho con una discreción notable. La
prudencia del Santo Padre supo manejarse en una de las zonas más conflictivas
del planeta, destruyendo prejuicios e iniciando una era de diálogo que puede
traer frutos de paz para Medio Oriente y aún para el mundo entero. Porque como
dice la Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Asia: "La paz de
la región, e incluso en el mundo, depende en gran medida de la reconciliación
y de la paz por largo tiempo ausente en Jerusalén" (n°11).
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