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Los judíos, Pío XII y la leyenda
negra
P. Luis Montes VE
La publicación del documento
"Nosotros recordamos: una reflexión sobre la Shoah", por parte de la Santa Sede,
desencadenó un verdadero alboroto. Citamos sólo dos opiniones en contra y dos a
favor para dar una idea (Cf. págs. 13-14).
Entre las reaciones negativas se
destacan la del rabino jefe asquenazi de Israel, Meir Lau, el cual tildó al
documento de "inaceptable" y acusó al Vaticano de "no haber hecho bastante".
También la del historiador George Mosse, quien refiriéndose a Pío XII afirmaba:
"El silencio fue su culpa". Y muchas otras.
Las reacciones positivas también
fueron abundantes. Tullia Zevi, presidenta de la Unión de Comunidades Judías
Italianas afirmó: "Este documento corona cincuenta años de diálogo" y "demuestra
el coraje de Juan Pablo II, que más que cualquier otro Papa ha encontrado
palabras de fuego para condenar el antisemitismo". Massimo Caviglia, director de
Shalom, el mensual más difundido y acreditado de la comunidad hebrea italiana,
explicaba: "Creo que Pío XII no pudo actuar de otra manera: sabía que si tomaba
una posición oficial contra Hitler la persecución se habría vuelto también
contra los católicos. Sin embargo, en privado ayudó a los judíos, dándoles asilo
en edificios eclesiásticos. También mis padres se salvaron en un convento".
Después de citar estas opiniones se
pregunta el A.:
"La diversidad de las valoraciones,
así como las interpretaciones contrapuestas sobre el papel ejercido por la
Iglesia durante la ocupación nazi en Europa, sugieren una infinidad de
preguntas: ¿Habría podido evitar el Holocausto que la Santa Sede hubiera
denunciado públicamente las atrocidades nazis? ¿Habría podido la Iglesia
Católica hacer más por los judíos durante la persecución? ¿Las múltiples
iniciativas de los católicos para salvar a los judíos eran acciones aisladas o
formaban parte de un plan general?
Para responder a estos
interrogantes es por lo que comencé la investigación de la que ha nacido este
libro" (págs. 14-15).
Investigación concienzuda como verá
todo el que lea el libro: el A ha consultado los testimonios documentados de la
época, ha consultado diarios y revistas, ha leído decenas de libros, y, lo que
no es menos importante, ha buscado los testimonios vivos de aquella época
tormentosa: aquellos que expusieron su vida para salvar a los judíos de los
campos de exterminio, y los testimonios de los mismos judíos que no habrían
sobrevivido sin la ayuda de estos "ángeles de la caridad".
En definitiva, un estudio histórico
consistente, que nos revela la veracidad del documento de la Santa Sede sobre la
Shoah.
Se divide el libro en siete
capítulos:
Los dos primeros dedicados a lo que
hizo la Iglesia para salvar a los judíos de la ciudad de Roma después de su
ocupación por los nazis.
El tercero contempla la red de
asistencia a los judíos en el resto de Italia.
El cuarto está dedicado a aquellos
que Israel honra con el título de Justos entre las Naciones.
El quinto explica como nació la
"leyenda negra" contra Pío XII.
El sexto trata del pontificado de
Pío XII, especialmente en los años de la guerra.
El séptimo, finalmente, analiza la
naturaleza pagana, racista y profundamente antihumana del régimen nazi.
Damos a continuación una breve
reseña de cada capítulo.
Capítulo primero: La caridad
cristiana frente a la barbarie nazi
Después de presentar el número de
bajas que sufrió el clero católico por su empeño en salvar a los perseguidos por
los nazis, y de presentar testimonios de judíos en defensa de la acción de la
Iglesia en el período de la guerra,
comienza a exponer algunos ejemplos preclaros de caridad cristiana heroica en
favor de los hebreos: la obra pontificia para la emigración de los judíos, el
Seminario de Letrán, las Hermanas de Sión, la Iglesia del Buen Pastor, la
Providencia en Via di Donna Olimpia, la Iglesia Santa María in Vallicella, las
Hermanas Compasionistas Siervas de María, las hermanas de María Niña, la obra de
Don Orione. Todos estos casos son conocidos no tanto por aquellos que
arriesgaron su vida (que en general prefieren mantener su buena obra en
silencio, y sólo han aceptado testimoniar en beneficio de la verdad histórica),
sino especialmente por los testimonios de los hebreos que ellos salvaron. Muchos
de ellos han recibido agradecimientos oficiales o del Estado de Israel o de
organizaciones judías italianas.
Se destaca en esta capítulo la
historia de Israele Zolli, ex rabino jefe de la comunidad judía romana,
perseguido por el nazismo, salvado por católicos. Obtuvo, después de la guerra
una entrevista con Pío XII para agradecerle oficialmente todo lo que la Iglesia
había hecho en favor del pueblo judío. A fines de julio del 44 presentó su
renuncia como gran rabino. Le fue ofrecido el cargo de director del Colegio
Rabínico, puesto que no se "dudaba en afirmar que en la comunidad judía no había
una persona más competente y preparada para tan delicado oficio y, a la vez, tan
estimada y apreciada por su honestidad y doctrina", en palabras del presidente
de la comunidad judía. De manera cortés y decidida Zolli rehusó todo cargo. El
13 de febrero de 1945 fue bautizado en Santa María de los Ángeles y tomó el
nombre de Eugenio en reconocimiento a Pío XII.
Capítulo segundo: Escondidos en la
Catacumbas como los primeros cristianos
En este capítulo siguen los
testimonios de hechos heroicos en favor de los judíos en la ciudad de Roma. La
comunidad Salesiana de San Calixto, las Hermanas de la Caridad, las Pías
Maestras Filipinas, Sor Gertrude, y varios obispos entre los que se destacan
Mons. O'Flaherty, Mons. Palazzini, Mons. Ronca, y Mons. Barbieri. Este último
era llamado "el más grande falsificador del mundo", pues con una imprenta
clandestina, logró falsificar treinta y siete mil carnets de identidad, de los
cuales llegaron a usarse en favor de lo prófugos más de veinte mil.
Capítulo tercero: Una red de asitencia judeocristiana.
Una doble organización permitió
extender esta red de asistencia durante la guerra a toda Italia. En primer lugar
la Iglesia católica en cuanto tal. Sin la autorización, más aun, sin el pedido
expreso de Pío XII hubiera sido imposible que los sacerdotes y religiosos
trabajasen en semejante coordinación en un período tan caótico. Así lo expresó
el entonces rabino de Roma al enterarse de la muerte de Pío XII.: "Más que
ninguna otra persona, hemos tenido ocasión de experimentar la gran bondad y
magnanimidad del papa durante los infelices años de la persecución y del terror,
cuando parecía que para nosotros no habría ninguna salvación. La comunidad
israelí de Roma, donde siempre ha sido muy vivo el sentimiento de gratitud por
lo que la Santa Sede ha hecho en favor de los judíos romanos, nos autoriza a
referir de manera explícita la convicción de que cuanto hizo el clero, los
institutos religiosos y las asociaciones católicas para proteger a los
perseguidos, no puede haber tenido lugar sino con la expresa aprobación de Pío
XII" (pág. 74).
Pero la labor de protección y
salvamento de los judíos por parte de la Iglesia no habría sido posible sin la
existencia de la organización de asistencia judía llamada Delasem. "Sin este
lazo habría sido difícil para la Iglesia católica haber entrado en contacto con
todos los judíos que tenían necesidad de ayuda" (pág. 75).
Después de las leyes raciales que
entraron en vigor el 17 de noviembre de 1939 se creó la Delegación de Asistencia
a Emigrantes Judíos. Ésta desempeñó una intensa actividad de socorro hasta el 8
de setiembre, después de lo cual pasó a la clandestinidad. "Fue en ese momento
cuando la Iglesia sustituyó a los dirigentes judíos, expandiendo la labor de
socorro entre crecientes peligros y dificultades" (pág. 78).
El que tomó la dirección de la
Delasem en Roma fue el P. capuchino Marie Benoit du Borg d'Ire, conocido
simplemente como P. Benedetto, o más aún como "padre de los judíos". La
impresionante obra de este sacerdote está contada en las páginas 78-81, así como
los testimonios judíos de agradecimiento a su persona.
El resto del capítulo está dedicado
a la obra de la Delasem en el resto de Italia, y también a la acción de los
obispos franceses.
Capítulo cuarto: Quien salva una
vida es como si salvara al mundo entero
"En 1953, el Parlamento judío creó
el título de Justos entre las Naciones para recordar a aquellos que habían
salvado la vida a uno o más judíos destinados a los campos de exterminio. Se
trata del más alto reconocimiento otorgado a ciudadanos no judíos. Son alrededor
de quince mil las personas de todo el mundo que han obtendido este título...
'Para los judíos, este reconocimiento equivale a vuestra causa de
beatificación', sostiene Emanuele Pacifici, presidente italiano de la asociación
Amigos del Yad Vashem" (pág. 103).
El que instruye la causa es el
judío salvado del Holocausto, quien pide al Yad Vashem que reconozca como
"justo" a aquel que se arriesgó para salvarlo.
Para conseguir este reconocimiento
hace falta haber salvado a los judíos de la persecución, haber arriesgado la
vida y no haber recibido nada a cambio.
De acuerdo a las investigaciones
históricas hechas por Lucien Lazare "resulta que fueron al menos tres las
categorías profesionales más comprometidas en la protección y salvación de los
judíos, en este orden: los miembros del clero, los diplomáticos, y los
funcionarios de las localidades y de la policía" (pág. 104).
Todas las historias que trae el
autor están perfectamente documentadas. En ellas se ve el heroísmo del amor
cristiano, que no dejó de utilizar los medios más originales para salvar una
vida más. Impresionante capítulo en el que no faltan los casos de aquellos que
perdieron su vida por esta causa.
Capítulo quinto: La "Leyenda Negra"
que oscurece el pontificado de Pío XII
Cuando murió Pío XII el 9 de
octubre de 1958, llegaron al Vaticano demostraciones de afecto y admiración
procedentes de todo el mundo. Entre ellas se destacan muchas y muy importantes
del mundo judío.
Por el contrario, actualmente, una
leyenda negra ha caído sobre la vida y la obra de este gran Papa. Con ocasión de
la publicación del documento de la Santa Sede sobre la Shoah, han sido muchas
las voces de protesta por la defensa que hace el documento del Papa Pacelli.
Para llegar a la verdad, se remonta
el autor a las fuentes originales. En 1964 Pablo VI autorizó la publicación de
los documentos de la Santa Sede relativos a la segunda guerra mundial: se
conservan los dossiers gracias a los cuales es posible recorrer hora a hora las
actividades del Papa. Están los discursos y mensajes del Papa; las cartas
intercambiadas entre los nuncios y los dignatarios civiles y eclesiásticos; las
notas de la Secretaría de Estado; la correspondencia diplomática entre la
Secretaría de Estado, los embajadores acreditados ante la Santa Sede, los
representantes del Vaticano en el extranjero y los delegados apostólicos.
"Todo este material fue recogido en
12 volúmenes y publicado en los años 1965-1982, con el título de Actes et
Documents du Saint-Siège relatifs à la Seconde Guerre Mondiale" (pág. 135).
Son 12 mil páginas desconocidas
para la mayoría. Por este motivo el P. Blet (uno de los encargados de la
publicación) ha publicado un ágil volumen: Pie XII et la Seconde Guerre Mondiale
d'après les archives du Vatican.
Es el mismo P. Blet el encargado de
refutar, en este capítulo, las calumnias levantadas contra Pío XII: la acusación
de que no intentó detener la guerra, sus presuntas simpatías filogermánicas, su
cobardía por no denunciar públicamente al nazismo, el no haberse movido para
salvar a los judíos perseguidos, su negativa de publicar la encíclica contra el
racismo pedida por Pío XI, y su presunta correspondencia con Hitler. Trae
después el autor testimonios de testigos oculares de los hechos los cuales
refutan, también, la acusación del robo por parte del Vaticano del oro de los
judíos croatas.
Capítulo sexto: Justicia para Pío
XII
Se destaca en este capítulo el
testimonio del P. Gumpel quien "al tener que afrontar la relación entre la Santa
Sede y los judíos durante el régimen nazi, a su excelente preparación y
competencia... añade una experiencia personal. Heredero de una de las familias
más importantes de Alemania, Gumpel sufrió lo indecible durante el régimen
hitleriano por motivos políticos.
Muchos de sus familiares fueron
asesinados, su madre encarcelada, y por dos veces él mismo tuvo que huir al
extranjero para no caer víctima de los nazis" (pág 164).
Comenta Gumpel que "quien acusa a
Pío XII, nunca lo hizo mientras él estaba vivo. Muchos de los que hoy atacan a
Pío XII, o eran muy jóvenes o ni siquiera habían nacido cuando el nazismo
cometía sus crímenes".
La leyenda negra contra Pío XII
comenzó con una obra teatral representada por primera vez en Alemania con el
título Der Stellvertreter El Vicario, de Rolf Hochhuth. Se afirma en dicha obra
que Pío XII era un cobarde y un pronazi. Tras la publicación de El Vicario
muchas voces se levantaron como protesta, incluídas la de varios judíos, no
precisamente benévolos con la Iglesia Católica. La calumnias eran muy burdas.
En cuanto a la credibilidad de las
investigaciones históricas de Hochhuth hay otros datos interesantes: en otra
obra acusó a Churchill de haber mandado matar al general polaco Sikorski, muerto
tras la caída de su avión en Gibraltar. Hochhuth estaba convencido de que no
había sobrevivientes del accidente, pero el piloto que estaba vivo lo desmitió.
Dura fue la reacción de la BBC y de los periódicos ingleses contra Hochhuth
quien no fue tomado en serio, desde entonces, por nadie, y, sin embargo, sus
calumnias sobre Pío XII se utilizan todavía.
Analiza, también el P. Gumpel, la
cuestión del silencio de Pío XII, concluyendo que una protesta oficial contra
Hitler habría desencadenado más aun su locura, trayendo como consecuencia más
victimas cristianas y judías.
Capítulo séptimo: La Iglesia entre
antijudaísmo, "mea culpa", y martirio
Importantísimo este capítulo que
analiza la acusación más grave que han hecho algunos judíos contra la Iglesia
Católica: que por culpa del antisemitismo católico fue posible el Holocausto. O
más directamenta aún, que la actitud de la Iglesia contra los judíos fue la
causa de la aparición del nazismo.
A este respecto encontramos por
ejemplo, las siguientes afirmaciones:
"El genocidio nació en el corazón
de la crisitandad", Elie Wiesel, premio nobel de la paz.
El antijudaísmo de la Iglesia
"preparó el terreno al Holocausto", Efraim Zuroff, director del centro
Wiesenthal de Israel.
"La Iglesia enseñó a
despreciarnos", Rabino David Rosen, de la Anti Defamation League.
Semejantes generalizaciones merecen
una aclaración.
Dice le texto de la Santa Sede
sobre la Shoah: "No se puede ignorar la diferencia que existe entre el
antisemitismo... y... (aquello) que llamamos antijudaísmo" (IV).
El antisemitismo, está "basado en
teorías contrarias a la enseñanza constante de la Iglesia sobre la unidad del
género humano y la igual dignidad de todas las razas y de todos los pueblos". El
llamado antijudaísmo consiste en "los sentimientos de sospecha y de hostilidad
existentes desde siglos" contra los judíos.
De esto último la Iglesia reconoce
que pecaron algunos de sus hijos. Más concretamente, se refiere el documento, a
los países occidentales de tradición cristiana, incluidos algunos de América del
Norte y del Sur, que "dudaron mucho en abris sus fronteras a los judíos
perseguidos". Ello constituye "un grave peso de conciencia para dichas
autoridades".
También reconoce el documento la
falta de muchos cristianos que "constataron con horror la desaparición de sus
vecinos judíos, pero no tuvieron la fuerza suficiente para elevar su voz de
protesta".
Pero, no se puede, por respetar
simples generalizaciones o contentar ciertos intereses acusarse de lo que no se
ha hecho. Por ello, "frente al racismo antisemita del régimen hitleriano rechaza
(la Iglesia) todo tipo de implicación" (pág. 184).
Para probar esta verdad analiza el
autor el caracter pagano, inhumano, y también anticristiano -no sólo antijudío-
del régimen de Hitler: su racismo contrario a la enseñanza de la Iglesia, las
teorías que lo sustentan, el Estado como Dios que señala el bien y el mal, los
medios aberrantes que utiliza.
Considera además la persecución que
sufrió la Iglesia por oponerse al régimen nazi.
Al final del libro trae el autor el
texto mismo: Nosotros recordamos: una reflexión sobre la Shoah.
En conclusión: las preguntas que
hacía el autor en la Introducción encuentran satisfactorias respuestas. El
libro, sin perder su agilidad, es profundo y bien documentado.
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