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HOME / Judaísmo / La caridad cristiana frente a la barbarie nazi, primer capítulo del libro 'Los judíos, Pío XII, y la leyenda negra'
 

La caridad cristiana frente a la barbarie nazi

 

 

 

Presentamos el primer capítulo del excelente libro "Los judíos, Pío XII y la Leyenda Negra", del periodista Antonio Gaspari. Agradecemos al autor la gentileza que ha tenido al dejarnos publicar este material.

 

 

La obra pontificia para la emigración de los judíos

Judíos y antifascitas en el seminario

Las Hermanas de Sión

La iglesia del Buen Pastor en la EUR

La Providencia en Via di Donna Olimpia

En la iglesia Nueva, habitaciones cegadas y universidades falsas para salvar a los judíos

Y por vestido un hábito de monja

La poco conocida historia de Villa Giorgina

La estatua de "María Salus Populi Romani", esculpida por un artista judío

El rabino amigo del Papa

 

Eran las 5.30 de una lluviosa mañana del 16 de octubre de 1943 cuando el silencio se rompió por el ruido de las botas militares que golpeaban sobre el empedrado, por las órdenes impartidas en voz alta y en alemán, por los gritos de los niños, mujeres y ancianos que fueron sacados de la cama de manera brusca y violenta.

 

Las tropas nazis se presentaron en el gueto de Roma, en las calles de Turín, Génova, Milán y Trieste, para capturar a los judíos y llevarlos a Auschwitz. La barbarie nazi no perdonó a nadie: enfermos, viejos, hombres, mujeres y niños. El racismo como política de Estado estaba a punto de alcanzar su culmen con la «solución final».

 

La caída del fascismo y el armisticio firmado el 8 de septiembre deberían haber librado al país de los sufrimientos de la guerra. Por el contrario, Italia fue ocupada por los nazis.

 

En aquel momento, cuando para los judíos parecía que el destino estaba marcado, aparecieron brazos amigos, se abrieron puertas de par en par. Iglesias, conventos, colegios, universidades pontificias se abrieron para acogerlos y esconderlos como “hermanos”.

 

El árbol de la vida, tan duramente golpeado por las ofensas de la guerra, por la división política y por la intolerancia racial, continuó alimentándose gracias a la valentía y la caridad de miles de «héroes desconocidos».

 

La obra de asistencia de las instituciones eclesiásticas a los refugiados políticos y a los perseguidos por motivos raciales es poco conocida y, sin embargo, ha tenido una dimensión enorme; fue una obra inmensa. Según el historiador Emilio Pinchas Lapide, en otro tiempo cónsul general de Israel en Milán: «La Santa Sede, los nuncios y la Iglesia católica han salvado de la muerte entre setecientos mil y ochocientos cincuenta mil judíos[1].»,

 

Una labor silenciosa, sin proclamas, que salvó a centenares de miles de vidas humanas y que fue vivo testimonio de caridad cristiana, con la conciencia de que se arriesgaba la propia vida y la de los hermanos. Miles de historias increíbles, casi todas anónimas, que sólo en estos últimos años están saliendo a la luz.

 

Si bien hoy la crítica se concentra mucho más sobre los presuntos silencios de Pío XII, la historia no puede borrar cuanto de grande y de audaz hicieron la Santa Sede y los católicos para salvar a los judíos. Según Luciano Tas, representante autorizado de la comunidad judía de Roma: «Si el porcentaje de judíos deportados no es tan alto en Italia como en otros países, se debe sin duda a la ayuda activa de la población italiana y de cada una de las instituciones católicas... Centenares de conventos, siguiendo la orden del Vaticano en tal sentido, acogieron a los judíos, millares de sacerdotes los ayudaron, y otros prelados organizaron una red clandestina para la distribución de documentos falsos[2].

 

En aquellos momentos de extremo peligro, en los que la vida humana valía tan poco, sacerdotes, religiosos, párrocos, católicos comprometidos y ciudadanos normales se esforzaron por salvar la vida de aquellas personas de las que les separaba la religión y la ley.

 

En esta labor, la Iglesia sufrió bajas. En toda Europa, los religiosos deportados a los campos fueron más de 5500[3]. Según el Martirologio del clero italiano[4], fueron 729 los sacerdotes, seminaristas y hermanos laicos que perdieron la vida en el período que va de 1940 a 1946. Sólo en la región del Lacio fueron 24 los sacerdotes que pagaron con su vida su compromiso de caridad: 13 párrocos, 5 capellanes militares, 6 de otros oficios y 5 seminaristas[5]. De las 729 víctimas, no menos de 170 sacerdotes fueron asesinados en las represalias durante la ocupación por haber ayudado a antifascistas y judíos. Muchos fueron golpeados, torturados hasta la muerte, fusilados, colgados o degollados por los nazifascistas.

 

El historiador Renzo de Felice ha escrito que «el auxilio de la Iglesia a los judíos fue muy importante y siempre en aumento, un auxilio prestado no sólo por los católicos particulares sino también por casi todos los institutos católicos y por muchísimos sacerdotes. Un auxilio que, por lo demás, ya se llevaba a cabo en los países ocupados por los nazis -tanto en Francia como en Rumania, en Bélgica como en Hungría- y que, más allá de la mera ayuda material y del socorro a perseguidos concretos, se había hecho público, al menos desde 1941, con algunos pasos dados por el padre Tacchi Venturi y monseñor Borgoncini Duca ante el gobierno fascista a favor de los judíos en los territorios ocupados por las tropas italianas»[6].

 

 

La obra pontificia para la emigración de los judíos (volver arriba)

 

Antes del 8 de septiembre, la Santa Sede, a través sobre todo de la Obra de San Rafael, que durante la guerra socorrió a veinticinco mil necesitados, ayudó a unos mil quinientos judíos a emigrar procurándoles los visados necesarios.

 

Fundada en 1871 para ayudar a los emigrados de diversos países, la Obra de San Rafael era dirigida por los palotinos[7]. A causa de las leyes raciales, desde 1939 la Obra prestó asistencia a miles de judíos que buscaban ayuda para huir de Europa. El padre Antonio Weber, auxiliado por tres hermanos de su congregación, consiguió que emigraran mil quinientos judíos alemanes, polacos, austríacos y yugoslavos. Un judío que logró salvarse de la persecución describía así esta gran obra de caridad: «Por decenas afluían a San Rafael judíos que hablaban diez lenguas, y que no sabían dónde refugiarse. Había maridos que habían huido mientras sus mujeres se habían quedado en los campos de concentración. Padres que no sabían qué había ocurrido con sus hijos. Allí estaban quienes habían visto su casa destruida y conocido el horror de los campos de concentración. Familias que habían tenido una vida cómoda y digna se encontraban ahora en la calle, sin nada, sin ni siquiera el dinero necesario para pagar el billete que les llevara a un país donde por lo menos pudieran tener la seguridad de vivir. A todos éstos proveía la Obra de San Rafael, escuchando sus historias, haciendo lo posible para que las mujeres alcanzaran a sus maridos, ocupándose de los pasaportes, de los documentos, de todos los innumerables papeles que era necesario poseer para lograr ser finalmente libres de ir más allá del mar. Cada uno de estos infelices representaba un cúmulo de gestiones por diversas oficinas, de ir y venir por diversos ministerios, de conversaciones no siempre agradables, de aguardar en salas de espera. Pasaban semanas y meses hasta que uno de ellos estaba vivo y a salvo.»[8]

 

Pruebas todavía más evidentes de esta gran obra de asistencia se encuentran en el Museo de 1a Liberación de Roma, en la Via Tasso, número 145. El museo está instalado simbólicamente en el mismo edificio utilizado por la Gestapo durante la ocupación de Roma para torturar a los prisioneros contrarios al régimen. En las habitaciones que entonces se empleaban como celdas, todavía se conservan los graffiti dejados por los infortunados prisioneros. Entre los objetos salvados están las camisas y vestidos ensangrentados de las víctimas de la persecución.

 

En la celda número diez del tercer piso, pegada a la pared, hay una lista de 155 instituciones entre centros religiosos, instituciones de la Iglesia, parroquias y colegios que, sólo en la ciudad de Roma durante la ocupación nazi, ocultaron, alimentaron y salvaron 4447 judíos.

 

De ellos, 680 fueron hospedados en locales pertenecientes a iglesias e institutos religiosos, por pocos días, a la espera de un lugar más seguro; otros 3700 encontraron refugio durante meses en cien congregaciones religiosas femeninas y 55 parroquias, institutos, casas y hospederías de religiosos. Solamente los franciscanos de San Bartolomé en la isla Tiberina ocultaron cuatrocientos judíos.

 

Por los testimonios recogidos por Emilio Pinchas Lapide resulta, además, que: «No menos de tres mil judíos encontraron refugio en la residencia veraniega del Papa en Castelgandolfo, sesenta vivieron durante nueve meses en la Universidad Gregoriana, dirigida por los padres jesuitas, y una media docena durmió en el sótano del Pontificio Instituto Bíblico, cuyo rector era entonces Agustín Bea. Los guardias palatinos, que en 1942 constituían una fuerza de trescientos hombres, contaban en diciembre 1943 con cuatro mil poseedores del precioso pase palatino; al menos cuatrocientos de ellos eran judíos, de los que 240 residían dentro de los recintos vaticanos.»[9]

 

 

Judíos y antifascistas en el seminario (volver arriba)

 

Es en este ambiente de hospitalidad donde tienen lugar los hechos del Seminario Mayor Romano, situado junto a la basílica de San Juan de Letrán. Gracias a su prerrogativa de zona extraterritorial, según artículo 13 del tratado entre la Santa Sede e Italia, se convirtió en centro de refugio no sólo para los judíos, sino también para altos cargos del gobierno Badoglio y para representantes del Comité de Liberación Nacional (CLN).

 

El Seminario de Letrán se convirtió en centro de asistencia para los perseguidos de todo género, primero de militares en fuga, después de políticos y, por último, de numerosos judíos que llegaban sobre todo después del 16 de octubre de 1943, cuando los nazis deportaron a 1007 ciudadanos del gueto.

 

En el edificio se habían preparado tres departamentos para los refugiados, separándolos por categorías y motivaciones: en la planta baja los hombres del gobierno Badoglio, en el primer piso algunos miembros importantes del Comité de Liberación Nacional (CLN) y, en el piso más alto del edificio, los ex oficiales, los judíos y los perseguidos políticos.

 

Entre los miembros más representativos del CLN que se encontraban allí refugiados: Mauro Scoccimarro del Partido Comunista, Alcide de Gasperi de la Democracia Cristiana, que en la posguerra fue presidente del gobierno ocho veces, Giuseppe Saragat del Partido Socialdemócrata y después presidente de la República, Pietro Nenni del Partido Socialista e Ivanhoe Bonomi, primer presidente del gobierno y presidente del CLN. Entre otros personajes ilustres estaban el futuro ministro de Defensa, Alessandro Casati, el director del Banco de Italia, Giovanni Acanfora, el director general del Ministerio de Asuntos Exteriores, Amedeo Giannini, el futuro ministro del Tesoro, Marcello Soleri, el director del Giornale d’Italia, Alberto Bergamini. Entre los judíos estaban el profesor Federico Enriques, famoso matemático, los hermanos Paolo y Pier Ettore Olivetti, el ingeniero Gino Cohen, y miembros de las familias Piperno, Sonnino, Tesoro, Veneziano, etcétera.

 

Organizando la red de asistencia estaba el rector monseñor Roberto Ronca, un sacerdote romano que se ordenó después de hacer la carrera de ingeniero. Tenía contactos diarios con personalidades políticas confiadas al cuidado de don Pietro Palazzini.

 

El mismo Palazzini contaba que, un día de septiembre, monseñor Ronca le dijo que fuera a casa de monseñor Pietro Barbieri (un sacerdote empleado en la curia, pero encargado de dirigir los huéspedes al Seminario Mayor). «Me iban a presentar a una persona a la que debía llevar al seminario empleando toda precaución posible. Fui a la Via Cernaia, número 14, donde me presentaron a la persona en cuestión; dije que no tenía a mi disposición ningún medio de transporte y que, por lo tanto, no quedaba más remedio que coger el tranvía número 16. El desconocido se puso unas gafas de sol y subimos al tranvía. El viaje transcurrió sin incidentes. Llevé al nuevo huésped a la habitación que monseñor Ronca me había indicado. Aquel huésped era Pietro Nenni. También iba a refugiarse en el seminario el honorable Bruno Buozzi, pero fue arrestado la tarde anterior del día acordado para su traslado.»[10]

 

Según los documentos recogidos posteriormente, por lo demás incompletos, los refugiados en el Seminario Mayor fueron alrededor de doscientos, de los cuales cerca de 85 eran judíos. Si se añaden los demás establecimientos de Letrán se alcanza la cifra de 1068 huéspedes.

 

El cardenal Palazzini ha contado que «la Secretaria de Estado estaba siempre informada. El 16 de diciembre de 1943 se le entregó una lista a monseñor Giovanni Battista Montini. También Domenico Tardini estaba al corriente del tema, tanto que sus parientes más cercanos estaban todos escondidos en Letrán».

 

La labor asistencial no careció de riesgos. Monseñor Elio Venier, en un libro en el que narra sus vivencias de aquella época,[11] escribió que en febrero de 1944 la Gestapo arrestó a un oficial que bajo tortura confesó tener relación con los refugiados de Letrán. «Fue entonces cuando el fanático fascista Pietro Koch, que ordenó la entrada en el Instituto Oriental, en el Seminario Lombardo y en la basílica de San Pablo, ordenó que se tomaran posiciones. Un día dispuso seguir a monseñor Ronca hasta el patio del Santo Oficio.» Surgió entonces el problema de defender el seminario de una posible irrupción que hubiera dejado de lado la extraterritorialidad. Por eso se organizó un plan de emergencia en caso de que llegaran los nazis. Se dispuso una estrecha vigilancia nocturna. Ante una señal de alarma, todos los refugiados debían dirigirse a los escondrijos preparados. Algunos detrás de puertas y paredes falseadas, otros en los subterráneos, y otros en los locales abandonados y escondidos. De Gasperi y Nenni se encontraron en una galería subterránea donde se unían las cloacas. Los nazis no encontraron ni el tiempo ni la ocasión para entrar en el seminario, de manera que todos los refugiados estaban sanos y salvos cuando los aliados llegaron a Roma.

 

Entre aquellos que vivieron esta experiencia hay que recordar también el testimonio del cardenal Vincenzo Fagiolo, que se encontraba en el seminario en aquella época.

 

«Estudiaba el quinto año de Teología. Durante mi estancia en el Seminario Romano constaté cómo el rector, a instancias de la Santa Sede, se ocupó de asistir de forma ejemplar a todos aquellos que por un motivo u otro eran perseguidos. La atención no se dirigió solamente a los opositores del régimen nazifascista, sino también hacia los judíos en peligro de muerte por culpa de las persecuciones nazis. Estoy seguro de ello porque yo mismo fui protagonista de un episodio. Un día me llamó monseñor Ronca y me dijo: "Vete a la parada del tranvía número 16, en la plaza de San Giovanni, y estáte allí sin decir nada. Se acercará a ti una persona que tú no conoces, te dirá una palabra, tú sólo debes responder: Ven conmigo." Yo no sabía de qué se trataba, por lo que tuve muchas dudas en el trayecto hacia el seminario. La persona temblaba continuamente, estaba pálido, blanco como la cera. A lo largo de la calle estaban los SS alemanes con las armas preparadas, a una distancia de quince a veinte metros unos de otros. La persona que me acompañaba se impresionó y mostraba señales de mucho miedo. Viéndolo tan abatido y tembloroso, intenté bromear un poco con él, quise charlar algo distendidamente reía también de modo ostentoso para que los alemanes vieran que no teníamos nada que ocultar, quería evitar sospechas y mostrar calma. Por fin, llegué al seminario, el rector lo acogió, y se salvó. Sólo después supe que se trataba de un judío, porque, después de cuarenta años, la embajada de Israel ante el Vaticano me envió una carta invitándome a recibir la medalla de los Justos entre las Naciones.»[12]

 

En 1983, tanto el cardenal Pietro Palazzini como el cardenal Vincenzo Fagiolo recibieron la medalla de los Justos entre las Naciones y se plantó un árbol con sus nombres en la calle del Recuerdo, en la colina al oeste de Jerusalén, donde se levanta el memorial Yad Vashem.

 

 

Las Hermanas de Sión (volver arriba)

 

También sor Augustine, superiora de las Hermanas de Nuestra Señora de Sión, fue reconocida con el título de Justos entre las Naciones. En el convento de Via Garibaldi, 28 fueron escondidos y salvados 187 judíos.

 

Sor Dora Rutar, que se encontraba en Roma como novicia, contaba que «el 16 de octubre de 1943, cuando comenzó la persecución de los judíos, muchas familias se presentaron ante la verja de nuestra casa para pedir asilo. Cada día venían más, por lo que alcanzamos rápidamente el número de 187. El dormitorio y el locutorio se llenaron. La gente dormía en el suelo, en las escaleras, no había un espacio libre. La superiora los acogió a todos porque eso significaba salvarles la vida. Había problemas para hospedar a los hombres, y entonces se prepararon catres y colchones en los sótanos. Al principio se creía que la persecución duraría poco; por el contrario, tuvimos que sobrellevar la situación durante nueve meses. De esta manera comenzaron las dificultades, no teníamos bastante comida y pedimos ayuda al Vaticano. Fue así cómo monseñor Bellando, monseñor Montini y sor Pascalina organizaron el abastecimiento de comida. La madre Pascalina nos ayudó mucho. Una vez vino ella misma con una furgoneta para traernos alimentos. Éramos muchos, las tarjetas de racionamiento eran pocas y por cada una de ellas podíamos tener ochenta gramos de pan al día. Sin la ayuda del Vaticano hubiera sido imposible dar de comer a todos. En un momento dado se creó el problema de impedir eventuales irrupciones de soldados alemanes. La secretaría de Estado nos dio una hoja en la que estaba escrito “propiedad del Vaticano”, de manera que se pudiera impedir cualquier injerencia. Pegamos esta hoja en la entrada principal y, a la vez organizamos un plan de emergencia. En caso de peligro, el portero tenía que hacer sonar un timbre escondido. En mayo de 1944 intentaron entrar. La hermana utilizó             la hoja de la Secretaria de Estado para detenerlos y ellos se fueron, también porque estaban a punto de llegar los aliados».

 

«Hubo también momentos agradables -añade sor Rutar-. Recuerdo que el 14 de diciembre de 1943, cuando hice la profesión, los judíos asistieron a la misa, la capilla estaba llena, y muchos de ellos cantaron en el coro.»

 

«Fue algo conmovedor», añade sor Luisa Girelli, hermana en religión de sor Rutar, porque «a pesar del riesgo tan grande que corríamos, los judíos celebraron con nosotros una fiesta que no les pertenecía. Lo hicieron para demostrarnos su gratitud».

 

 

La iglesia del Buen Pastor en la EUR (volver arriba)

 

Para salvar a los judíos se aprovechó cualquier oportunidad. Don Andrea Damino, un padre paúl, cuenta que «en la casa parroquial del Buen Pastor en Roma se acogió a una veintena de refugiados, entre los que estaban siete judíos que intentaban huir de las deportaciones nazis. Todos vestían sotana y vivían, con la esperanza de que los aliados llegasen pronto, aunque durante meses se quedaron bloqueados en los frentes de Cassino y Anzio. Se vivía con estrecheces, comida había poca, también porque los refugiados carecían de tarjeta de racionamiento, pero para muchos el miedo era más fuerte que el hambre. Para defendemos de pesquisas inesperadas, además de proporcionarles una sotana, preparamos a los refugiados para que pudieran responder a un interrogatorio. A los hermanos de fe hebrea les enseñamos las oraciones, el catecismo, la misa. Los habíamos instruido sobre los superiores paúles en el sur, porque ellos tenían que decir que habían escapado del sur de Italia porque subían los americanos.

 

»El domingo 14 de mayo de 1944 sufrimos un registro -continúa don Damino-. Vimos numerosos soldados que rodeaban la casa y que entraron resueltamente. Teníamos miedo de que alguien se hubiera enterado de que en casa había refugiados y lo hubiera denunciado. En temerosa espera empezamos a rezar el rosario. En una pausa del rosario intenté fortalecer a los refugiados, en especial a los judíos que estaban aterrados. Dije: "Estad tranquilos; sabéis lo que tenéis que decir, no os ocurrirá nada." A mis palabras un judío respondió: "A vosotros no os ocurrirá nada. A nosotros nos pueden descubrir, estamos circuncidados." Después de un instante de estupor exclamé: "¡Pero no llegarán a tanto!" Él, moviendo la cabeza, me dijo: "Han llegado ya otras veces." Recuerdo que dentro de mí decía: "María, protégenos a todos y especialmente a estos pobrecitos, que después de todo son de tu estirpe y además te están rezando."

 

»Finalmente, las cosas se aclararon y pudimos respirar con tranquilidad. Aquel pelotón de soldados no nos buscaba a nosotros sino una imprenta donde se producía material "comunista derrotista".»[13]

 

La parroquia del Buen Pastor la dirigía don Pier Luigi Occelli, más conocido como don Pedro, el cual contó a monseñor Venier que los judíos escondidos fueron muchos, hasta alcanzar la cantidad de veintitrés. Fueron presentados por párrocos del centro de Roma y por alguno de los primeros huéspedes que intercedían por sus conocidos. El personaje más notorio fue el abogado Romanelli. También había dos jóvenes, Sergio y Aldo Terracini. La mayoría eran comerciantes de tejidos, como Pace y De Benedetti. Aquellos muchachos que fueron salvados no lo olvidaron y, en diciembre de 1956, la comunidad israelita de Roma entregó a don Pedro un certificado de «benemérito y reconocimiento por cuanto hizo a favor de los judíos en el periodo de la persecución racial».

 

 

La Providencia en Via di Donna Olimpia (volver arriba)

 

«Hemos hecho caridad, pero ¿qué hay de raro en ello?[14] dijo una vez Giovanni Battista Franzoni, abad de San Pablo. De hecho, es interesante señalar que muchas de las historias de heroísmo que tuvieron lugar en aquella época han sido divulgadas por los ciudadanos judíos que se beneficiaron de ellas. Los católicos han mantenido su discreción, como muestra el caso de monseñor Elio Venier. Originario de la Alta Carnia, monseñor Elio Venier era el segundo de cuatro hermanos. Uno de ellos murió en Rusia, otro, Walter, fue uno de los dirigentes de la «Brigada Osoppo» en Carnia. Ordenado sacerdote en febrero de 1940, comenzó su misión en la parroquia de Santa María Madre de la Providencia en la Via di Donna Olimpia, parroquia dirigida por don Ferdinando Volpino, ayudado por don Angelo Vallegiani, un friulano que posteriormente dirigiría el Seminario Romano.

 

Fue en septiembre de 1943 cuando don Elio llevó a cabo, junto a don Volpino y a don Vallegiani, la obra de ayuda a 65 judíos que huían de la persecución. Familias judías enteras se refugiaron en la iglesia de la Via di Donna Olimpia, y allí permanecieron hasta la llegada de los aliados. La labor de asistencia de los tres sacerdotes era tan conocida que el mismo rabino de Roma, Elio Toaff, que se encontraba en Ancona, pensó en trasladarse y esconderse allí, aunque después cambió de idea. Toaff recuerda que «mis amigos me dijeron: "te indicaremos un lugar seguro y simpático", y me dieron la dirección de la Divina Providencia».

 

Al volver a recordar aquellos días, monseñor Elio todavía se conmueve. Entre las muchas poesías que ha compuesto hay una dedicada a la Virgen de la iglesia de Santa María del Milagro que dice así:

 

César, Mario, el Duque, David, Septimio,

Rina, Constanza, Fiorella,

amigos míos y de la pequeña iglesia

  de Donna Olimpia,

que fue casa y templo a lo largo de nueve interminables meses,

oponiendo al odio

la única riqueza del respeto y del amor,

aquí os veo pasar en imagen,

iluminados por esta consanguínea judía,

cargada con vuestro pasado,

pródiga con vuestras esperanzas,

por el misterio soberano de la confianza.

Es aquí en su primera misa, donde el padre Kolbe aprendió el arte

del amor que se sacrifica.

Podéis tener confianza, amigos, ¡es siempre una Madre![15]

 

Al recordar aquel período, monseñor Venier ha hecho notar que fue de gran importancia la solidaridad que se estableció entre todas las personas que frecuentaban la parroquia. Los nazifascistas pagaban mil liras por cada una de las personas que se denunciaran. Por una familia de cuatro judíos la recompensa era de cinco mil liras. Sumas considerables si pensamos que pocos años antes una de las canciones más populares decía: «Si pudiera tener mil liras al mes...» Y sin embargo «nadie nos traicionó nunca», afirmó monseñor Venier.

 

 

En la iglesia Nueva, habitaciones cegadas y universidades falsas para salvar a los judíos (volver arriba)

 

Una mañana de octubre de 1943, el padre Paolo Caresana, párroco de la iglesia Nueva, Santa Maria in Vallicella de Roma, se dirigía hacia la puerta de salida de la iglesia. Vio a un hombre atemorizado esconderse detrás de la puerta. Comprendió que aquel hombre huía de los alemanes que estaban registrando el Corso Vittorio. Aquel hombre era judío y estaba en juego su vida, si lo hubieran cogido habría sido su fin. Se trataba del doctor Caló, médico judío que trabajaba en la cárcel de Regina Coeli. «Venga conmigo», le dijo el padre Caresana. Todavía aterrorizado, el doctor Caló siguió al sacerdote que, después de haber recorrido un pasillo y doblado hacia la sacristía, lo introdujo en su habitación, situada en el primer piso de la casa, y le dijo: «Desde este momento usted es mi huésped.»[16] El doctor Caló permaneció allí hasta la llegada de los aliados. No fue el único judío escondido en la iglesia Nueva ni aquélla la primera vez que se hacía el bien a los judíos. La familia de los hermanos Bondi fue escondida en una habitación tapiada. Por una trampilla se les pasaba todo lo necesario para alimentarse y vestirse. Al final de la guerra dijeron que nunca habían estado tan tranquilos como en aquellos seis meses en que permanecieron tapiados.

 

Más detalles sobre cuanto ocurrió en la iglesia Nueva los ha recogido el padre Carlo Gasbarri: «En los momentos críticos, los refugiados llegaron a ser setenta, pero no todos permanecieron durante todo el período de la ocupación.»[17] El problema más grave que había que resolver era el de los documentos falsos y las correspondientes tarjetas de racionamiento. Por este motivo, el padre Caresana y el padre Gasbarri se inventaron una universidad. «Hacia los primeros meses del año 1944 -recuerda el padre Gasbarri- tuvo lugar en Roma una especie de censo. Las autoridades enviaron a los cabezas de familia y a los institutos un módulo con muchas casillas para cumplimentar, combinadas de tal manera que si uno no decía la verdad terminaba por delatarse.» Fue así cómo para justificar la presencia de tanta gente en la iglesia, los padres concibieron la idea de un «Colegio Superior de Estudios Filipinos», donde los jóvenes transformados en clérigos serían los alumnos y los más ancianos los profesores. Como es lógico, existiría una secretaría y unos bedeles. De esta manera fue posible presentar una plantilla de unas cuarenta personas. Según la acreditación de esta universidad fantasma, se solicitaron las tarjetas de racionamiento, con sus respectivas fotografías pero con los datos personales inventados. Para evitar ser descubiertos, al pasar por los pasillos, con frecuencia los padres preguntaban a quemarropa generalidades a los jóvenes para ver si estaban preparados para responder.

 

 

Y por vestido un hábito de monja (volver arriba)

 

«Ha habido mártires de la fe, que haya mártires de la caridad»,[18] con estas palabras sor María Goglia, ayudada por sus hermanas en religión, de manera especial por sor Valeria Bortone, comenzó su actividad de ayuda a los judíos en el mes de septiembre de 1943. Las Hermanas Compasionistas Siervas de María, respondiendo a la invitación del Papa Pío XII, abrieron su casa de Roma, en la Via Alessandro Torlonia, 14, y allí acogieron a sesenta mujeres judías con sus hijas y a veinte familiares de oficiales italianos. Acoger a tantas personas no fue tarea fácil puesto que la escuela, por motivos obvios, debía funcionar con regularidad. Se llenó todo el espacio y así, entre habitaciones y salones, se podría decir que se ocupó cada hueco. «Nuestras huéspedes -recuerda sor Valeria- eran inscritas con regularidad en el registro de la comunidad con el título de hermanas y tenían su hábito religioso para vestirlo en caso de alguna visita no deseada. Ésta tuvo lugar, pero sor María Goglia, reconociendo en el grupo de soldados a un joven de Castellammare, logró que los alemanes sólo requisaran un coche de una familia milanesa, huéspedes nuestros, y no a la señora judía que querían llevarse. Algunos nombres, verdaderos o falsos, eran Ottolenghi, Fiorentino, Di Nepi. Muchos recibían nombres convencionales, como Nueva Italia, porque tenían un negocio con ese nombre, o indicaban a los huéspedes con la habitación ocupada por ellos.»

 

Después de algunos meses, las familias de los oficiales encontraron otro alojamiento; los judíos adultos, sobre todo los maridos de las mujeres huéspedes de la comunidad de las hermanas compasionistas, fueron acogidos por varias congregaciones eclesiásticas y por los padres Siervos de María de la Piazza Salerno y de San Marcello.

 

Monseñor Emilio Ruffini, canónigo de San Pedro, ahora con noventa y cinco años, era en 1943 párroco de la Natividad. «En aquel período -cuenta monseñor Ruffini- conocí a un comerciante de tejidos judío, un cierto Sonnino, al que le había aconsejado que se viniera a esconder en la Natividad, pero dudó en hacerlo, fue apresado por los alemanes y deportado a Alemania con su familia. Más afortunado fue otro comerciante de telas de Rocca Priora, de quien recuerdo el nombre, Marco, que se presentó con lágrimas en los ojos, suplicándome que le escondiera a él y a su familia. Después se le unieron otros quince judíos, que alojamos en las pequeñas habitaciones sobre la parroquia.»[19]

 

Para defender a sus huéspedes, monseñor Ruffini había hecho fijar en su puerta un letrero que decía: «Ésta es la casa del Papa.» Si los nazis hubieran descubierto cuánta gente se escondía en aquel lugar, los habrían fusilado allí mismo.

 

 

La poco conocida historia de Villa Giorgina (volver arriba)

 

Al final de la guerra hubo innumerables manifestaciones de agradecimiento por parte de los judíos que se habían salvado gracias a la obra de asistencia de las instituciones eclesiásticas. Una de las historias es la de Abraham Jacob Isaia Levi, hombre ilustre y de ética elevada, senador del reino hasta la promulgación de las leyes raciales. Durante la ocupación nazi fue escondido por las hermanas de María Niña en la casa que tienen al lado del Augustinianum en la parte derecha de la plaza de San Pedro y, como reconocimiento, donó al pontífice Pío XII Villa Giorgina, actual sede de la Nunciatura Apostólica en Italia.

 

El hecho me fue narrado por su excelencia monseñor Andrea Cordero Lanza di Montezemolo, nuncio apostólico en Italia. Monseñor Di Montezemolo ha sido testigo ocular, además de víctima, de aquellos años terribles por cuanto que su padre, el coronel Giuseppe di Montezemolo, medalla de oro al Valor Militar, fue asesinado por los SS alemanes en la masacre de las Fosas Ardeatinas.[20]

 

La Nunciatura Apostólica en Italia nació el 1 de febrero de 1929, cuando, gracias a los Pactos Lateranenses, fue posible instituirla. Su primera sede estuvo en la Via Nomentana, número 365, donde ahora está la embajada de Libia. En 1959, la Nunciatura Apostólica se trasladó a la actual sede de Villa Giorgina, en la Via Po, número 27. Es un bellísimo edificio situado en el centro de Roma y rodeado por un amplio parque, con un espléndido jardín. Cuenta el nuncio: «El propietario era el senador del reino (Abraham Jacob) Isaia Levi, que hizo construir la villa en los años veinte con el nombre de Villa Levi. Se convirtió después en Villa Giorgina en memoria de la joven hija desaparecida prematuramente. La mujer del senador se llamaba Nella Coen.»

 

El senador Levi murió el 6 de mayo de 1949. Su testamento se leyó el 9 de mayo de 1949 y, entre otras cosas, dice: «Dejo al pontífice reinante, Pío XII, Villa Levi, actualmente Villa Giorgina, en recuerdo de mi amada niña. Veinte mil metros cuadrados de superficie y un jardín con plantas de valor. En la villa hay restos antiguos, y cuanto de mejor existe en nuestra época. La arquitectura es de estilo neoclásico con suntuosos artesonados traídos de villas romanas del 500 y 600.»

 

En el acta de donación, el senador Levi sugirió también la finalidad de uso y propuso utilizarla como sede de la Pontificia Academia de las Ciencias o como Nunciatura Apostólica. Voluntad llevada a cabo por Juan XXIII, quien en 1959 decidió que la villa se convirtiera en sede de la Nunciatura en Roma.

 

De acuerdo con sus mismas palabras, el senador Levi donó esta villa por «haber sido preservado de los peligros de la inicua persecución racial, subversiva de toda relación con la vida humana, y agradecido por la protección que le concedieron en aquel tormentoso período las hermanas de María Niña», donde encontró hospitalidad en los momentos de mayor peligro de las persecuciones raciales.

 

El senador Levi era una persona de notable estatura moral. Antes de que las leyes raciales le obligaran a esconderse, había creado la Fundación Pan y Casa para Todos. El programa «pan para todos» funcionó hasta que llegaron los nazis, mientras que la parte relativa a «casas para todos» no tuvo tiempo de llegar a ser operativo. Dejó una parte considerable de su fortuna al hospital Mauriziano de Turín. Era muy sensible a los problemas de la juventud y luchó para que se adoptaran medidas para la protección de la infancia que hubieran llevado a una mejora social y moral de la sociedad. Al final de la guerra, con el amoroso apoyo de su mujer, el senador Levi se convirtió a la religión cristiana pero no se olvidó nunca de sus compañeros. Donó una gran suma de dinero a los judíos ancianos, incapacitados y que vivían en estado de pobreza.

 

 

La estatua de «Maria Salus Populi Romani» esculpida por un artista judío (volver arriba)

 

El famoso escultor judío Arrigo Minerbi se salvó junto con su familia gracias a la Obra de don Orione. Como ha contado él mismo: «Bajo un diluvio de agua, un coche me dejó en Roma el 7 de diciembre de 1943.» Fugitivo con el nombre falso de Arrigo della Porta, fue acogido en el Instituto de San Filippo. Mientras los alemanes rastreaban Roma, Arrigo Minerbi, junto a otros compañeros militares y antifascistas, fueron ocultados por la labor de sublime caridad de aquellos sacerdotes que arriesgaban la vida. En el instituto había un gran número de profesores y maestros: eran perseguidos camuflados. Un magnífico ejemplo de discreción prohibía a todos, laicos, religiosos y seminaristas, incluso la más pequeña petición de información. Sólo el director sabía y velaba por todos.

 

«Mi admiración aumentaba al ver que los sacerdotes no tenían descanso -recuerda Minerbi-, ninguna comodidad ni descanso. Se privaban de todo sin dudarlo a una indicación del superior; ninguna labor, ningún oficio, ni el más vil, rechazaban.»

 

Para agradecer todo cuanto la Obra de don Orione había hecho por él, el escultor Arrigo Minerbi forjó El don Orione agonizando y la más famosa Maria Salus Populi Romani, una estatua de once metros de altura, situada en el monte Mario, uno de los puntos más elevados de la ciudad. Una copia de esta Virgen, The Queen of the Universe, fue colocada en Boston, Estados Unidos. Fue así cómo este escultor judío se convirtió en el autor de dos estatuas de María que son objeto de una gran devoción popular.

 

La idea de dedicar una estatua a María nació de un grupo de «amigos de don Orione» que, reunidos en un domicilio particular, hicieron el voto de que si la ciudad de Roma se salvaba de las atrocidades de la guerra y de la violencia de las bombas, encontrarían el modo de levantar un monumento a la Virgen. El voto se dio a conocer a otras personas y, en poco tiempo, se recogió la adhesión de más de un millón de fieles. Al final de la guerra, todos los jóvenes de don Orione y las personas que habían formulado el voto se ocuparon de reunir restos de bronce. Minerbi hizo el boceto copiando los rasgos de la Sábana Santa, con la idea de que el rostro de la Virgen debería tener de alguna manera los rasgos de Jesús. El trabajo de pasar el modelo original esculpido por Minerbi al modelo en yeso, y la ejecución en bronce repujado, lo llevó a cabo una firma de Milán, la misma que había hecho la puerta oriental del Duomo, modelada por el mismo Minerbi.

 

La estatua fundida en Milán llegó a Roma en abril de 1953. Había salido discretamente de la capital lombarda evitando todo tipo de publicidad. El 5 de abril de 1953, apareció en Roma María Salus Populi Romani, la estatua de la Virgen que desde la altura del monte Mario domina la ciudad.

 

 

El rabino amigo del Papa (volver arriba)

 

Israele Zolli, rabino jefe de la comunidad judía romana, fue uno de los protagonistas de aquellos años terribles y trágicos. Hombre de cualidades elevadas, advirtió con antelación el peligro nazi, y luchó para que todos los judíos se escondieran a tiempo, y sería recordado como un héroe si no se hubiera convertido al catolicismo. Se bautizó el 13 de febrero de 1945, tomando el nombre de Eugenio, en reconocimiento a cuanto el papa Pacelli había hecho por salvar a sus hermanos de raza. Fue un acto que hirió profundamente a la comunidad judía mundial. Todavía hoy, 42 años después de la muerte de Zolli, es difícil hablar de aquel suceso sin herir el orgullo judío, pero no se puede hacer un cuadro completo de la realidad de aquellos años y, sobre todo, no se puede conocer a fondo el debate que se desarrolló dentro de la comunidad judía sin recordar la figura de Zolli.

 

Israele Zoller, su verdadero nombre de nacimiento, era de origen polaco. La madre, perteneciente a una familia de rabinos con más de cuatro siglos, deseaba ardientemente que uno de sus cinco hijos llegara a ser rabino; y su deseo se cumplió, aunque la muerte la alcanzó antes de que el más joven de sus hijos, Israele, fuera nombrado rabino. El joven Israele frecuentó primero la Universidad de Viena, después la de Florencia, donde se doctoró en Filosofía, estudiando a la vez en el Colegio Rabínico. En 1920 se convirtió en rabino jefe de Trieste. En 1933 logró la nacionalidad italiana y, a causa de las leyes fascistas, tuvo que cambiar su apellido de Zoller a Zolli. Obtuvo la cátedra de Lengua y Literatura Hebreas en la Universidad de Padua, pero con la aplicación de las leyes raciales tuvo que abandonar la enseñanza. En 1940 fue nombrado gran rabino de Roma, donde desarrolló una misión de paz en la comunidad judía, dividida entre aquellos que se declaraban antifascistas y aquellos que, por el contrario, esperaban evitar males mayores ofreciendo una cierta colaboración. Zolli no se fiaba de los fascistas y, por eso, propuso a los líderes de la comunidad que se quemaran los registros y se hiciera huir a la gente. No le creyeron, porque en aquel momento el jefe de la policía, Carmine Senise, daba noticias tranquilizadoras.[21]

 

Después del 8 de septiembre de 1943, la situación empeoró rápidamente para los judíos. El 27 de septiembre, el teniente coronel Kappler, jefe de la policía alemana en Roma, exigió que los responsables de la comunidad judía le entregaran en veinticuatro horas cincuenta kilos de oro, con la amenaza, en caso contrario, de deportar a todos los hombres de fe hebrea residentes en Roma. La noche de aquel día los judíos habían podido recoger treinta y cinco kilos; faltaban quince. Zolli fue al Vaticano para pedir ayuda al Papa. Pío XII lo tranquilizó, la Santa Sede proporcionaría el oro que faltaba. El 29 de septiembre, el comendador Nogara, delegado de la Administración Especial de la Santa Sede, escribía al cardenal Maglio, secretario de Estado: «El doctor Zolli vino ayer a las 14 horas a decirme que habían encontrado los quince kilos en la comunidad católica, y que, por lo tanto, no habían tenido necesidad de nuestra ayuda. Sin embargo, rogaba que no se le cerrase la puerta en el futuro.[22]

 

Pero el oro no aplacó la ferocidad de los nazis. La barbarie racista tenía necesidad de la sangre de los judíos; así, el 16 de octubre comenzaron las deportaciones. Zolli fue acogido por dos jóvenes esposos cristianos, de condición obrera, que habían perdido a sus padres, y lo asistieron como a un padre hasta la liberación de Roma. Su mujer, Emma Majonica, y su hija Miryam fueron escondidas en lugar seguro. Tras la llegada de los aliados, Zolli volvió a su puesto de gran rabino, y en julio de 1944 celebró en la sinagoga una solemne ceremonia, que fue transmitida por radio, para expresar públicamente el reconocimiento de los judíos al Sumo Pontífice, además de al presidente de Estados Unidos, por la ayuda prestada a la comunidad judía durante la ocupación nazi. El 25 de julio pidió y obtuvo una audiencia con Pío XII para agradecerle oficialmente todo cuanto él, personalmente y por medio de los católicos romanos, había hecho a favor de los judíos, abriéndoles conventos y monasterios, dispensando de la ley canónica de la clausura papal a muchos monasterios femeninos, para que los judíos pudieran ser acogidos y librados del furor de los nazis.[23]

 

Tras haber compartido con sus hermanos de raza los sufrimientos de la persecución, a finales de julio de 1944 Zolli escribió al presidente de la comunidad judía presentando su dimisión como gran rabino. La petición llegó de manera inesperada y causó gran extrañeza. El presidente de la comunidad tomó nota con disgusto de la dimisión, pero pidió a Zolli que aceptase el cargo de director del Colegio Rabínico, puesto que «no dudaba en afirmar que en la comunidad judía no había una persona más competente y preparada para tan delicado oficio y, a la vez, tan estimada y apreciada por su honestidad y doctrina.»[24] La carta del presidente de la comunidad concluía diciendo que, si el motivo del rechazo era de naturaleza económica, estaba dispuesto a tratar el asunto del mejor modo, con tal de que aceptase la invitación. De manera cortés y decidida Zolli rehusó todo cargo.

 

El 15 de agosto de 1944, Zolli manifestó al rector de la Pontificia Universidad Gregoriana, el jesuita Paolo Dezza, su intención de convertirse al cristianismo. Recuerda el cardenal Dezza, ya con noventa y siete años de edad, que Zolli se presentó con gran humildad y sinceridad diciendo: «Padre, mi petición de bautismo no es un do ut des. Pido el agua del bautismo y nada más. Soy pobre, los nazis me lo han quitado todo; no importa, viviré pobre, moriré pobre, tengo confianza en la Providencia.»

 

El 13 de febrero de 1945, en la capilla contigua a la sacristía de Santa María de los Ángeles, con la presencia de unas quince personas, Zolli fue bautizado por su excelencia monseñor Traglia, vicegerente de la diócesis de Roma. Israele Zolli tomó el nombre de Eugenio, en reconocimiento a Pío XII, que tanto se había prodigado a favor de los judíos, y su mujer añadió a su nombre de Emma el de María.

 

La conversión levantó un enorme escándalo. El cardenal Dezza cuenta que «el nombre de Zolli fue incluso borrado de la lista de los rabinos de Roma, el semanal judío salió rayado de luto y la familia fue objeto de llamadas telefónicas cargadas de insultos». Hospedado en la Gregoriana, Zolli recibió numerosas visitas de amigos y enemigos. Vinieron algunos judíos americanos a convencerlo para que volviera al judaísmo, ofreciéndole la suma que él quisiera, pero permaneció firme en su propósito.

 

Hacia mediados de febrero, Zolli fue recibido en privado por Pío XII. La conversación se desarrolló en alemán. En aquella ocasión, el ex rabino pidió al papa si no era posible quitar de la liturgia del Viernes Santo el adjetivo «pérfidos» atribuido a los judíos.[25] El papa respondió con una declaración en la que explicaba que el adjetivo «pérfidos» quería decir incrédulos, sin las connotaciones peyorativas que el término tiene en el lenguaje común.

 

Todavía no estaban maduros los tiempos para las modificaciones litúrgicas que se llevaron a cabo sólo tras el Concilio Vaticano II.

 

Hombre de estudio, Zolli volvió a su trabajo docente. Fue profesor de Lengua y Literatura Hebreas en el Instituto Bíblico de la Gregoriana, e impartió cursos y conferencias no sólo en Roma; en 1953 fue a Estados Unidos invitado por la Universidad de Notre Dame de Indiana para un ciclo de conferencias.

 

A quien le acusaba de traición, Zolli respondía: «No he renegado de nada; tengo la conciencia tranquila. El Dios de Jesucristo, de Pablo, ¿no es acaso el mismo Dios de Abraham, Isaac, Jacob? Pablo es un convertido. ¿Acaso abandonó al Dios de Israel? ¿Dejó de amar a Israel? Sólo pensarlo es absurdo.»

 

Antes de que las fuerzas lo abandonaran, a la edad de setenta y cinco años, Zolli escribió numerosos artículos y también un libro, Before the Dawn («Antes del alba»).

 

 

 

 

 



[1] Emilio Pinchas Lapide, Three Popes and the jews, Souvenir Press, Londres, 1967.

[2] Luciano Tas, Storia Degli ebrei italiani, Newton Compton Editori, Roma, 1987.

[3] Lorenzo Gilardi, «I religiosi italiani nei lager nazisti: una memoria ritrovata», La Civiltá Cattolica, núm. 3531/3532, Roma, 2-16 de agosto de 1997, p. 264.

[4] Martirologio del clero italiano, 1940-1946, editado por la Acción Católica italiana, Roma, 1963.

[5] Angelo Zema, «La caritá sotto le bombe», Roma Sette, 31 de mayo de 1998, p. 1.

[6] Renzo de Felice, Storia degli ebrei italiani sotto il fascismo, Giulio Einaudi Editori, 1972, p. 466.

[7] Nombre con que se conoce en Italia a los miembros de la Sociedad  para las Misiones de África.

[8]  «Un'Opera Pontificia per l'emigrazione degli ebrei», L'Osservatore Romano della Domenica, número especial monográfico, 28 de junio de 1964, pp. 69-70.

[9] Emilio Pinchas Lapide, Roma e gli ebrei. L’azione del Vaticano a favore delle vittime del Nazismo, Milán, 1967, p. 191.

[10] Pietro Palazzini, Il clero e l'occupazione tedesca di Roma, Editrice Apes, Roma, 1995. Bruno Buozzi, antiguo diputado parlamentario, era entonces el secretario del CGIL, el principal sindicato antifascista.

[11] Elio Venier, «Il Clero romano durante la Resistenza», extraído de la Rivista Diocesana di Roma, Colombo, Roma, 1972.

[12] Antonio Gaspari, «1943, La lista del Laterano », Avvenire, 11 de febrero de 1998, p. 21.

[13] Antonio Gaspari, «Nei conventi dei Giusti», Avvenire, 19 de febrero de 1998, p. 20.

[14] Angelo Zerna, «La caritá sotto le bombe», Roma Sette, 31 de mayo de 1998, p. 1.

[15] Elio Venier, A ritroso una vita una poesia, Belardetti Editore, Roma, 1990, p. 111.

[16] P. P. (Roma), «Schindler cattolici/2», carta enviada al Avvenire el 20 de febrero de 1998, p. 26.

[17] Carlo Gasbarri, «Chiesa Nuova 1944», publicado por la Strenna dei Romanisti, 21 de abril de 1969, pp. 184-193.

[18] P. Davide Femando Panella (Benevento), «Schindler cattolici», carta publicada en el Avvenire el 14 de marzo de 1998, p. 24.

[19] Fabrizio Condó, «Ebrei e sfollati nascosti nella cripta», Roma Sette, 31 de mayo de 1998, p. 4.

[20] El 23 de marzo de 1944, los partisanos mataron a 33 jóvenes reclutas de las SS en la Via Rasella de Roma. Como represalia, los nazis apresaron a 335 hombres y muchachos y los mataron de un tiro en la nuca en las Fosas Ardeatinas el 24 de marzo.

[21] Stefano Zurlo, «Il rabbino che difese papa Pacelli dalle accuse ebraiche», Il Giornale, 31 de marzo de 1998, p. 9.

[22] Actes et Documents du Saint-Siége relatifs à la Seconde Guerre Mondiale, vol. 9, Ciudad del Vaticano, 1975, p. 494.

[23] Paolo Dezza, «Eugenio Zolli: Da Gran Rabbino a testimone di Cristo (1881-1956)», La Civiltá Cattolica, 21 de febrero de 1981, p. 342

[24] Ibídem, p. 343.

[25] En la celebración del Viernes Santo se decía entonces: «Oremus et pro perfidis Iudaeis.»