Escondidos
en las catacumbas como los primeros cristianos
Hay muchos que desconocen el
enorme trabajo de la Iglesia para ayudar a los judíos perseguidos por el
nazismo. La campaña de calumnias contra Pío XII ha empeorado la situación,
dando la impresión que la Iglesia no sólo no ayudó a los hebreos sino que en
cierta manera fue cómplice de la masacre nazi. Presentamos a nuestros lectores
más testimonios que muestran la enorme falsedad de dichas aseveraciones. Nos
basamos en el libro “Los judíos, Pío XII, y la leyenda negra”, de Antonio
Gaspari.
Salvados en las catacumbas: arriesgando sus vidas, muchos religiosos
lograron salvar gran números de perseguidos por el nazismo, gracias a la
utilización de las catacumbas como lugar de escondite.
“... con la ocupación nazi de Italia, que tuvo lugar el 8 de
septiembre de 1943, las catacumbas dejaron de ser meta de visitantes para volver
a ser refugio de perseguidos. Después de casi dos mil años, donde antes se
escondieron los primeros cristianos, se ocultaban los judíos.
Las catacumbas de San Calixto, situadas en una área de sesenta mil
metros cuadrados de terreno con 235 locales subterráneos, propiedad de la Santa
Sede, se convirtieron en centro de acogida para todos los adversarios del régimen.
A este propósito, don Virginio Battezzati, director de la comunidad
salesiana de San Calixto, escribió: “Casi al mismo tiempo que los salesianos,
se refugian en esta propiedad de la Santa Sede hombres de diversas categorías,
que por las particulares condiciones políticas no están seguros en su casa, o
por huir de represalias y redadas. No es oportuno citar los nombres e indicar
los varios colores de los partidos a los que pertenecían. Se practicó la
caridad cristiana.”
“En la extensión de la propiedad pontificia de las catacumbas, había
dos comunidades salesianas distintas, la de San Calixto, casa de los guías y de
formación y, a trescientos metros de distancia, la de San Tarsicio, que
comprendía una escuela de iniciación agraria, una pequeña escuela elemental y
un oratorio Don Bosco.
Don Michele Valentini y don Ferdinando Giorgi se encargaron de coordinar
las actividades de asistencia.
Don Giorgi, un estudiante de conservatorio de veintinueve años, con espíritu
alegre, extravertido, emprendedor y generoso, era el “brazo”, mientras que
don Valentini, licenciado en Teología por la Pontificia Universidad Gregoriana,
y en Sagrada Escritura por el Pontificio Instituto Bíblico, era la “mente”.
Diplomático y reservado, don Valentini mantenía el contacto con la procura
salesiana, con el vicariato de Roma y con el Vaticano.
Desde el principio se refirieron a las catacumbas de San Calixto los
militares que no querían adherirse a la República de Saló, los políticos
antifascistas y también algunos judíos.
“Ha sido difícil encontrar documentación de cuanto ocurrió en
aquellos años y en aquellos lugares. Las razones son obvias: el carácter
totalmente excepcional, contingente y discontinuo de la actividad asistencial,
el tiempo y el lugar donde se desarrolló. Las circunstancias requerían que no
quedara prueba alguna de la acción clandestina, confiando la difusión de las
noticias sólo a la comunicación oral. Algo que en tiempos normales hubiera
sido transcrito. Bajo tal óptica no debe asombrar que de tal actividad sólo se
encuentren crónicas personales y recuerdos orales.
La reserva sobre la actividad asistencial, especialmente a favor de los
judíos, se mantiene aún entre los protagonistas de aquellos momentos. Para
demostrarlo basta con leer lo escrito en 1989 por monseñor Camillo Faresin,
obispo de Guiratinga (Mato Grosso, en Brasil), a su hermano don Santo Cornelio,
con ocasión de la distinción otorgada por la comunidad judía de Belo
Horizonte en Brasil: “Sabes cuánto he intentado ayudar durante la guerra y no
quería que se hablase de ello, pero, cuando menos me lo esperaba, ha salido a
la luz la historia y así sea glorificado el Señor: hemos acogido la orden de Pío
XII: "salvad a los judíos", incluso con sacrificios y peligros. No es
oportuno hacer propaganda.”
Entre los judíos refugiados en las catacumbas estaba el anciano
Giuseppe Sornaga, que se hacía llamar Giuseppe Rossi para no levantar
sospechas.
Junto a él, Sergio Morpurgo, de dieciocho años, hijo de Luciano,
originario de Spalato. Luciano Morpurgo fue editor, escritor, fotógrafo, y
estaba casado con la vienesa Nelly Fritsch. Sergio Morpurgo vive la actualidad
en el extranjero, mientras su hermana Silvana vive en Roma.
Sergio Morpulgo escribió, en una carta enviada a su padre, una relación
detallada sobre su experiencia en las catacumbas:
“Una escalera oscura y empinada, un breve pasillo, más escalones,
otro pasillo, una capilla. Estoy en las catacumbas, un cementerio subterráneo
que se extiende a través de un complicado laberinto de galerías y pasadizos,
en ocasiones acrobáticos. Es una pequeña ciudad escondida y desconocida, una
ciudad sin nombres de calles y sin luz, con tumbas en lugar de casas, calaveras
y huesos en lugar de monumentos. Se pueden recorrer kilómetros sin encontrar
una persona, sin oír un sonido, atentos siempre a los desprendimientos, yendo
tras las piedras puestas para guiarnos en el camino de vuelta, y que, si nos
perdiésemos, permitirían a alguien encontrarnos.
“Hay humedad en las catacumbas y el aire que se respira no es
ciertamente sano, pero tenemos necesidad de conocer a fondo, de explorar todos
los meandros porque no sabemos qué va a ocurrir en estos tiempos en que
vivimos. Quizá tengamos necesidad de escondernos, y no hay lugar que ofrezca
escondites más seguros que estas catacumbas oscuras, donde un hombre inexperto
no se puede aventurar sin guía. Y guías no hay, porque las catacumbas, al
menos en algunos puntos, han estado siempre cerradas al público. Sólo los
curas las conocen y ellos, más preocupados que nosotros por nuestra suerte, nos
acompañan, nos guían y nos aconsejan.
“En las catacumbas tenemos toda nuestra pequeña
organización: velas, algunos víveres, agua, jergones de paja con
mantas, algún arma, y aquí, en la espera y en el temor, en la esperanza y en
el sufrimiento, vemos surgir ante nosotros los espectros de miles de peligros
sin nombre.”
La carta del joven Morpurgo continúa presentando un cuadro detallado
del choque entre las tropas nazis y las fuerzas aliadas.
“No lejos de aquí, los alemanes, en su desatada crueldad, han
cometido la horrenda masacre de las Fosas Ardeatinas: ¿de qué otras infamias
se mancharán, antes de ahogarse en la sangre inocente que han esparcido?
“Roma, tan cercana, nos parece una ciudad muerta, más muerta que las
catacumbas que están debajo de nosotros; aquella que un día era nuestra vida
cotidiana, alegre o triste, parece un lejano sueño que no podrá revivir. Todo
lo que era bello ya no es la realidad. La realidad es la de los alemanes que
desfilan orgullosos por las vías consulares, de los alemanes que depredan,
torturan, matan. La batalla está cercana, pero sólo en el espacio, el cañón
gruñe sordo y los días pasan... 11 de mayo. La noticia que todos esperábamos.
El V y VIII ejércitos han atacado desde Cassino hasta el mar... La marea
liberadora avanza irresistiblemente, nuestra moral sube, se prepara al
entusiasmo del día tan esperado y puede que cercano. Nuestra mente todavía está
llena de aprensiones y de temores: la guerra, la batalla que traerá la liberación
se acerca cada vez más. ¿Qué harán los alemanes, derrotados por un enemigo
implacable que no concede tregua? ¿Desfogarán su ira bestial sobre la población
inerme, sobre la ciudad tan duramente golpeada? ¿Nuevas deportaciones, nuevas
masacres, nuevas devastaciones?
“Llegan los prófugos, cansados, postrados, describen sus vicisitudes:
son de Lanuvio, de Cecchina, de Padua, de Pomezia, alegres pueblos que la furia
inexorable de la guerra ha desencantado.
“¿Por qué no iba a suceder en Roma? ¿Por qué los alemanes, que no
respetan ni hombre ni Dios, iban a respetar la ciudad sagrada para la religión
y para la historia? Ni siquiera sabemos formular las respuestas a estas
preguntas y nos preparamos; la tempestad se acerca, pero hemos durado hasta
ahora, duraremos para entonces.
“Tres noches frías de catacumbas, en nuestros lechos húmedos, hechos
de paja, puestos en las tumbas de los primeros papas o de los primeros obispos,
tres noches largas, porque la noche es igual al día: la misma oscuridad, el
mismo frío, la misma ansia.
“Noche del 3 de junio, tan bella, tan distinta de todas las demás. La
última línea de defensa alemana al sur de Roma se ha venido abajo. Los aliados
avanzan irresistiblemente, la liberación está cerca. Por la Via Appia vemos
los miserables restos de aquel que había sido el ejército que llegó hasta
Estalingrado, hasta el Elbrus, hasta el cabo Norte, hasta Alejandría. Caballos
y hombres, carros y cañones, todo está cansado, destrozado, desesperado.
“Roma es nuestra, todos sabemos que será un gran día.
“Es el 4 de junio, parece un día como cualquier otro, y, sin embargo,
es tan distinto. El cañón calla, y ni siquiera un aparato surca el cielo:
parece una tregua de armas, una tregua para salvar Roma. Desde todas direcciones
se oye un único rumor: el de las minas. Son las 18.00; una explosión
formidable, imprevista. Los alemanes, los últimos gastadores, han hecho saltar
el puente de la Marrana, un pequeño puente sobre un foso, cercano al lugar del Quo
vadis donde Jesús se encontró con San Pedro. Cuatro tanques aparecen de
improviso en la Ardeatina, alguien los ve. Nos llama. ¿Serán alemanes? Extraño,
pero no tienen las estrellas. Son americanos. ¡Viva! Como un loco corro, corro,
los veo cerca de mí, los puedo tocar, no es un sueño... He estudiado el inglés
durante, meses, esperando este momento, y ahora no soy capaz de balbucear una
palabra. Pero entiendo que se ha terminado, que finalmente se ha terminado, no
importa lo que digo o balbuceo. Somos libres: el gran momento que hemos esperado
tanto ha llegado. Finalmente.”
En la casa de San Tarsicio, junto a Morpurgo y Sornaga, estaba refugiada
toda una familia judía, compuesta por cuatro personas. El mayor de los hijos se
refugió en San Tarsicio sólo en enero de 1944, después de un período de
rebeldía pasado con Sergio Morpurgo en Velletri. El padre, con el falso nombre
de Terzagora, daba clases a los muchachos del instituto. El hijo mayor tomó el
nombre de Emilio Guidotti con un certificado falso y con la tarjeta de la TODT
(organización fascista del trabajo).
Un día, la madre vio al marido caminar entre dos oficiales alemanes en
el camino central de la propiedad. Pensó en lo peor y, en cambio, el marido
simplemente hacía de guía turístico religioso a sus acompañantes gracias a
su conocimiento de la lengua alemana. La misma lengua que lo había salvado a él
y a su mujer cuando por un instante logró huir de la redada del 16 de octubre
de 1943. La familia judía permaneció con los salesianos hasta la llegada de
los americanos.
Entre los muchos que se refugiaron en las catacumbas estaba también el
general Ezio Ganbaldi, nieto del famoso Giuseppe. Diputado a la Cámara de los
fascios y de las corporaciones, cayó en desgracia durante el fascismo sobre
todo por sus intervenciones a favor de los judíos y por su hostilidad a la
alianza con los alemanes. Muy dura fue su toma de posición contra el racismo
“a la alemana”, definido por él como una “estupidez”. Después, logró
entrevistarse con Pío XII y se hizo católico junto con su esposa americana y
su hija Anita.
También el subteniente Maurizio Giglio, agente del Office of Strategic
Service (OSS) al servicio del V Ejército, estaba en comunicación con los
salesianos que llevaban la red de asistencia. Era el único oficial en contacto
con Peter Tompkins, jefe operativo del OSS llegado a Roma en enero de 1944.
Delatado, Giglio fue capturado en marzo dc 1944 por la banda de Koch. Fue
torturado pero no habló. Murió en la matanza de las Fosas Ardeatinas.
La inteligencia al servicio del prójimo:
¿cómo se organizó la Iglesia para salvar a tantos hombres a pesar de la feroz
persecución?
“Al tratarse de una propiedad de la Santa Sede, se suponía que el
espacio ocupado por las catacumbas sería inviolable. En realidad, los
milicianos nazi fascistas violaron en muchas ocasiones la extraterritorialidad.
Tuvo lugar antes de la Navidad de 1943, con la incursión en el Colegio Lombardo
y el arresto de numerosos elementos de izquierda ocultos en él, y la irrupción
en la abadía de San Pablo extramuros con el arresto de más de sesenta
refugiados, además de requisar vehículos, armas y combustible. También el
Pontificio Instituto Oriental fue visitado por 1a banda del fascista Koch. El
mayor de las SS Herber Kappler, jefe de seguridad en Roma, justificó las
intervenciones con la tesis según la cual “el abuso del derecho de asilo...
podría llevar a los alemanes a no respetar más los derechos extraterritoriales
de los edificios pontificios”.
Los religiosos y los sacerdotes no gozaban de inmunidad alguna aunque
tenían su tarjeta de identificación. Se arriesgó y se salvó el irlandés de
la congregación del Santo Oficio, monseñor Hugh O'Flaherty, conocido como la
“primavera roja del Vaticano”. Como se mostró en una famosa película,
monseñor O'Flaherty creó una organización clandestina para esconder a los
prisioneros evadidos, opositores al régimen, y conseguir disfraces y documentos
de identidad falsos. También lograron trabajar sin especiales problemas monseñor
Pietro Barbieri, monseñor Pietro Palazzini, monseñor Roberto Ronca y muchos
otros. De Palazzini y Ronca hemos hablado en la primera parte del libro, pero es
necesario conocer la gesta de Barbieri.
Durante todo el período de la ocupación nazi de Italia, monseñor
Barbieri, desde su central de la Via Cernaia, 14, tendió una formidable tela de
araña de solidaridad humana. Innumerables son los testimonios a su favor de
senadores como Bonomi, Cadorna, Nenni, De Gasperi, Andreotti, Merzagora,
Sparato, Saragat, Casati, Soleri, Gronchi, Ruini.
Si alguien volviese a levantar hoy la red de asistencia a los
perseguidos en la ciudad de Roma, señalaría al número 14 de la Via Cernaia.
Se trataba de un pequeño portón situado en el barrio umbertino. Dos o tres
series de escalones llevaban al apartamento de monseñor Pietro Barbieri, donde
entre sillones y librerías se acomodaron hasta quince camas. Otras tantas se
colocaron en las demás habitaciones. En ellas comieron y durmieron muchos de
los hombres que en la posguerra llegaron a ser presidentes del gobierno,
ministros y secretarios de Estado. El número total de estos personajes podría
formar por lo menos tres gobiernos. En el otoño y en el invierno de 1943, así
como en la primavera de 1944, nadie llamó a la puerta de la Via Cernaia sin
recibir ayuda: con frecuencia se trataba de asilo.
Monseñor Barbieri estaba
dispuesto a ceder, si era necesario, su misma habitación y retirarse al
convento cercano; o también tenía siempre a mano una dirección de alguna casa
religiosa donde el perseguido podía encontrar refugio. Muchas veces se trataba
de ayuda en dinero, alimentos o vestido. Políticos, oprimidos por el fascismo o
por el nazismo, judíos escapados de las feroces redadas de Roma, periodistas de
cualquier tendencia y opinión, todos encontraron refugio en la Via Cernaia.
Las entradas al refugio eran tres: los judíos debían entrar por una,
los militares por otra, y los políticos por la tercera.
El senador Pietro Nenni, líder del Partido Socialista Italiano, ha
escrito que fue monseñor Barbieri “quien le encontró refugio en Letrán en
un momento de gran peligro. Recuerdo su generosidad y su coraje en la época de
la ocupación nazi de Roma”. Monseñor Barbieri casó a Luciana, hija de
Pietro Nenni, y fueron Manolina y Mafalda, las gobernantas del monseñor,
quienes prepararon el ajuar proporcionado por los Coen, amigos judíos que tenían
un comercio en la Vía del Tritone. Puesto que el matrimonio Nenni había
perdido todo en la época de la deportación alemana, prepararon la recepción
en el mismo apartamento de monseñor Barbieri.
El presidente del Senado, César Merzagora, escribió de monseñor
Barbieri en el periódico Idea, en diciembre de 1963: “Guardo de él el
recuerdo de su valiosa labor
desarrollada en el
trabajoso, y
sin embargo luminoso, período de la Resistencia. La fe en la libertad,
en la democracia, en la capacidad de reacción de la patria oprimida, fueron
entonces la raíz y el sostén de cada una de sus iniciativas. Fue reacio a los
honores, nunca pidió sino para dar y no tuvo otro fin en su vida que el de
difundir a su alrededor el don de un amor que no conoce límites y que le mereció
el agradecimiento de cuantos lograron por el la salvación, la protección y el
consuelo.”
Uno de los más fieles colaboradores de la labor caritativa de monseñor
Barbieri fue el padre Francesco Merlino, quien contaba que “monseñor Barbieri
ha sido para mi un auténtico benefactor. Empezó a hospedar perseguidos de todo
tipo en el último piso del edificio de la Via Cernaia, 14, donde había
instalado las oficinas de la Enciclopedia Católica Italiana”. El padre
Merlino era el ecónomo de la Casa de la Sociedad de María (maristas), que se
encontraba cerca y debía conseguir provisiones. Recuerdo que salía con un camión
destartalado, junto con el hermano Angelo, hacia la zona de Viterbo y
precisamente hacia San Lorenzo Nuovo, donde vivían los familiares del hermano
Angelo, y allí se cargaba todo bien de Dios, alubias, patatas, aceite, siempre
con el permiso de los alemanes, que no imaginaban a quién iban destinados
aquellos víveres.”
Entre las muchas cualidades de monseñor Barbieri, la más apreciada era
su increíble capacidad de multiplicar carnets de identidad falsos, tarjetas de
racionamiento y documentos de todo tipo.
El padre Mérlino tenía un sobrino inspector en el Poligráfico del
Estado, del cual logró obtener a partir del 25 de julio de 1943, un gran número
de módulos de tarjetas que se rellenaban con falsos nombres y falsos lugares de
origen, por lo demás devastados por los bombardeos. Se instaló una imprenta
clandestina en la biblioteca de los padres maristas, en el primer piso, sobre la
sacristía; un dentista polaco llamado Giulio era el encargado: sus
colaboradores eran el general Raffaele Cadorna, el padre Merlino y el hermano
Aldo Gori. Mientras, un cierto Gino Francia se encargaba de añadir a los
ficheros romanos los nombres. Los carnets de identidad que llegaron del Poligráfico
fueron treinta y siete mil, de los que se utilizaron unos veinte mil. También
los sellos se editaban clandestinamente.
Fue quizá por esta capacidad por lo que monseñor Barbieri era llamado
“el más grande falsificador del mundo”. La capacidad organizativa de monseñor
Barbieri era impresionante. Cuenta el padre Merlino que una vez consiguió una
gran cantidad de telas de hilo para que se confeccionaran una multitud de
vestidos que después distribuía, o para disfrazar a los refugiados y huidos, o
para vestir mejor a los prófugos de la zona de Cassino y de Valmontone. Monseñor
Barbieri entregaba todo, incluso sus pantalones y su sotana, los sacerdotes que
huían de las zonas ocupadas “Un día -recuerda el padre Merlino-, monseñor
Barbieri compró a los alemanes un camión entero de arroz y pasta que habían
robado de nuestros cuarteles. Eran quince quintales, que yo mismo pagué,
tomando el dinero del Banco de Sicilia en la Via de Corso. La cantidad fue
proporcionada por el doctor Gualdi, director del Instituto Inmobiliario.” Para
ayudar a los necesitados en tiempo de guerra, en patio de la Via Castelfidardo,
donde estaban las monjas, se instaló una gran cocina en la que se distribuían
más de seis mil comidas al día. El servicio la garantizaba el Instituto
Inmobiliario, y de ello se ocupaban cinco o seis monjas y un cierto número de
chicas y peones. Por allí pasaban con su tarjeta y su puchero incluso familias
normalmente acomodadas. Muchas veces, él mismo o el sacristán cogían las
raciones para las más conocidas y las distribuían separadamente.
Un capítulo aparte se debería dedicar a la asistencia que monseñor
Barbieri prestó a los niños abandonados y, sobre todo, a los huérfanos y a
los que eran víctimas de la guerra. Comenzó esta actividad caritativa con seis
chicos, cuyos padres habían sido asesinados en las fosas Ardeatinas. Puso a
disposición de un grupo de señoras caritativas 260000 liras para que pudieran
alojarlos, vestirlos y alimentarlos. Nació así la Obra de la Infancia
Abandonada (OIA), que desde 1943 en adelante asistía de quinientos a
seiscientos huérfanos, garantizándoles, además de las necesidades vitales,
también una educación humana y cristiana.
Debido a sus actividades, monseñor Barbieri corría muchos peligros,
como cuando los cuatro hermanos judíos Sabatini tuvieron que ser salvados de
manera
precipitada, y solamente sorprendieron al anciano abuelo, para después
desaparecer en los campos de la muerte solo porqué se había retrasado en el
baño.
“Eran momentos peligrosos -recuerda el padre Merlino-. Si hubiésemos
sido descubiertos, nos habrían fusilado. Por suerte, nosotros no escondíamos
armas, sino sólo cristianos. No hemos querido tener nada que ver con armas,
incluso cuando los partisanos insistían para encontrarles un escondite.”
A pesar de sus muchas responsabilidades, monseñor Barbieri no dejó de
lado su misión sacerdotal y así casó al senador Ivanhoe Bonomi, que no era
practicante, después de años de convivencia con su esposa.
El padre Merlino ha resumido el pensamiento monseñor Barbieri con las
siguientes palabras: “Era un hombre de gran caridad. Yo hacía grandes
sacrificios, y debía hacer un gran esfuerzo para reunir de diversos sitios, de
varios conventos, alguna cosa, sobre todo aceite, que era considerado como algo
precioso y peligroso porque estaba prohibido transportarlo, y él lo daba
todo... Era de manga ancha: de ideas liberales, no había medidas en los deberes
humanitarios. Sin embargo, era recto y profundamente enraizado en los principios
religiosos. Era un verdadero sacerdote.”
La figura de Monseñor Umberto
Cuando Roma cayó en manos de los nazis, monseñor Umberto Dionisi era
capellán militar y prestaba asistencia espiritual a más de tres mil quinientos
aviadores. “Apenas comenzó la ocupación alemana cuenta monseñor Dionisi- se
creó en la zona del Trastevere el problema de los prófugos.” Las cada vez más
constantes alarmas, el pánico de las personas, el temor ante un futuro que se
presentaba cada vez más negro, motivaron a un grupo de trabajadores del barrio,
con don Umberto a la cabeza, a excavar un lugar de refugio bajo los locales de
Santa Cecilia: un amplio refugio
antiaéreo en el que no faltaba nada, y entre una broma y otra, una oración y
otra, se hacían menos tensas las horas que estaban marcando con sangre otros
barrios de Roma, como el de San Lorenzo. Fueron momentos terribles. Cuando los
alemanes se hicieron amos de la ciudad comenzó la caza de judíos. “Me
preocupé -recuerda don Umberto- por salvar como pudiera a aquellas pobres
criaturas. Me advertían de cuándo iba a tener lugar una nueva redada: la voz
pasaba de boca en boca inmediatamente. Gracias a Dios estábamos muy unidos
entonces en el Trastevere. Hacíamos rondas por turnos.” Y en la Vía dei
Salumi defendió abiertamente a algunos judíos contra una patrulla de alemanes
armados de ametralladoras: amenazando con denunciarles al Vaticano. Ellos
gritaron: “¡Siempre Faticano! ¡Siempre Faticano! Rausch.” Y no pudieron
dispararle, dispararon contra las ventanas de las viviendas de los judíos, que,
avisados, mientras los alemanes vigilaban la puerta de entrada, habían
desaparecido en el edificio de atrás a través de una puerta secreta.
La acción de don Umberto se dirigió en aquel período a cuantos no
quisieron servir a la República de Saló. Generales, altos oficiales de la
Marina, embajadores y varios judíos pasaron por un dormitorio que don Umberto
había preparado cerca de su vivienda en Santa Cecilia, precisamente en la
buhardilla de las monjas. Se trataba de monjas de clausura estricta, pero los
superiores le dieron permiso para derribar un muro, en cuya entrada, para
hacerla irreconocible, había preparado un altar móvil con muchos candelabros y
objetos sagrados. Al otro lado pasaron nueve meses de martirio una treintena de
personas. El reclutamiento de los necesitados se hacía en el vicariato, donde
muchos iban a pedir ayuda. Don Umberto había preparado dos refugios: uno en el
convento y otro, de emergencia, en un estrecho rincón, entre una buhardilla y
otra.
Al ingenio humano se unía, como siempre, una buena dosis de
Providencia. El problema más grave para don Umberto fue la búsqueda de
alimento. Todo estaba racionado y por este motivo se organizó en el Trastevere
una fábrica de tarjetas falsas. Don Umberto se puso en contacto con los
falsificadores y logró resolver el problema, multiplicando los documentos de
identidad para judíos y apátridas. Miles de atestados fueron firmados y
sellados con los tristes “certificados de arianidad”. Cuenta don Umberto que
esta actividad se desarrolló gracias a un cierto Schwartz, “un judío
inteligentísimo, agregado en la Cruz Roja y que bajo esta identidad gestionaba
una red muy amplia de relaciones y beneficencias”. En la posguerra, Schwartz
trabajó para la FAO.
Más testimonios: las Hermanas de María Niña
Las Hermanas de la Caridad, más conocidas como Hermanas de María Niña,
tienen una casa en la Vía di Sant'Uffizio, justo al lado izquierdo de la
columnata de la plaza de San Pedro. El edificio tiene un origen noble y antiguo,
y lleva esculpido en muchos lugares el escudo del Papa Urbano VIII de los
Barberini, que lo hizo construir como villa propia hacia el 1600. Utilizado como
edificio escolar, dispone de una hermosa terraza que domina la plaza de San
Pedro. También para ellas fueron años terribles, pero no dejaron de desempeñar
la caridad que es parte de su carisma. Sor Eugenia Lorenzi, que ha recogido los
testimonies de las hermanas de su comunidad, refiere que, a pesar de las garantías
de los aliados, los años de la segunda guerra mundial se caracterizaron también
en Roma por mementos terribles en los que el miedo, la angustia, el hambre, los
peligros y las tensiones marcaban la vida de la escuela. La situación empeoró
en 1943, porque tanto las alumnas como las maestras intentaron aliviar el
inmenso dolor de los refugiados y prófugos que se presentaban en la puerta del
convento.
Resumiendo del diario de guerra de sor Eugenia:
“En el primer trienio 1940-1943, ningún peligro parecía amenazar la
ciudad... Todos estaban convencidos de que los horrores de la guerra no llegarían
a la sede del Vicario de Cristo, cuna de la civilización europea. Pero el 19 de
julio de 1943, fiesta de San Vicente de Paula, la situación cambió: un
terrible bombardeo se abatió sobre Roma, quedando dañados el barrio de San
Lorenzo y el aeropuerto, provocando víctimas, muertos y heridos, y dejando a
unas cuarenta y cinco mil personas sin techo... Multitudes de afectados llaman a
nuestra puerta, entre ellos veintidós monjas españolas, pidiendo ayuda. Pronto
las aulas se convierten en dormitorios, el salón en comedor, la cocina en el
centro de gravedad de la casa... Después del bombardeo se han establecido 120
personas en la escuela: entre ellas, judíos perseguidos, personas de alto
rango, recomendadas por la Santa Sede, por la misma Secretaría de Estado que,
en nombre del Papa Pío XII, pedía que acogiésemos a familias o políticos
perseguidos...
“Cuando el espacio se llenó, se pensó en abrir una casa en la Vía
della Camilluccia, donde encontraron asilo más de treinta personas... Dar
refugio a judíos significaba exponerse a durísimas penas impuestas por las
leyes alemanas y al peligro de una pesquisa por parte de la policía alemana o
fascista, cosa que tuvo lugar el 22 de octubre: ocho soldados alemanes con un
oficial y un fascista se presentaron en nuestra puerta pero, gracias a la
protección de san José, una vez que vieron el documento que declaraba al
Colegio de María Niña propiedad extraterritorial de la Santa Sede, debidamente
regularizado por el Vaticano y por el alto mando alemán, se retiraron sin
oposición. ¡Los refugiados están salvados! Pero con qué miedo...
“El inicio del año escolar 1943-1944 -continúa sor Eugenia-
encuentra las aulas ocupadas y los refugiados no piensan buscar otro
alojamiento... Por otro lado, no es posible dejar de abrir la escuela... se
incumplirían los derechos de equiparación, declarados hace poco. Se ponen en
marcha los medios más ingeniosos para llevar adelante las dos tareas: las
clases se imparten en horario doble; el gimnasio se transforma en tres aulas
cuyo muro de división lo constituyen bañeras alineadas... con qué molestia...
y humorismo, se intuye. La situación de Roma se hace más grave en 1944: opresión
alemana, falta de recursos, el espectro del hambre, los registros y vigilancias
hacen que se piense en pedir a los refugiados que busquen un lugar más
seguro... pero de la Secretaría de Estado llega una invitación a abandonar tal
decisión, enviando un destacamento de guardias palatinos que se turnan día y
noche para defender la casa. Un letrero bilingüe, firmado por el coronel alemán
Stahel y por las autoridades vaticanas, indica la extraterritorialidad, lo que
implica la exención jurídica de registros y embargos. Un tercer bombardeo, el
1 de marzo de 1944, deja caer seis bombas cerca de la casa, intentando golpear
al Vaticano. También en esta ocasión nos protege san José.
Ninguna víctima...
sólo el ruido de cristales hechos pedazos y tejas que vuelan por los techos...
Finalmente, el 2-4 de junio, a través de la Vía di Sant'Uffizio, un
ininterrumpido ejército de soldados, de cañones, de tanques abandona el
Vaticano. El ejército alemán se retira de Roma sin disparar un tiro, mientras
entran las tropas aliadas, que son acogidas con un entusiasmo arrebatador. La
misma tarde del 4 de junio, desde la terraza, monjas, refugiados y alumnas
asisten a un espectáculo inolvidable: un río de gente se dirige a la plaza de
San Pedro, aclamando al Papa -Pío XII-, que aparece en la ventana bendiciendo y
agradeciéndole todo a la Virgen del Divino Amor, la Virgen de los romanos.
Después de algunos meses, los queridos huéspedes dejan la casa, tras haber
rezado y agradecido a María Niña el haberles protegido y bendecido. Sin
embargo, para la comunidad comienza otra época de actividad caritativa,
confiada por la Santa Sede: todas las semanas se envían prendas de vestir desde
el Vaticano para preparar y enviar a los afectados de las distintas parroquias.
Las monjas le echan una mano a la Oficina de Información del Vaticano,
preparando miles de mensajes para los prisioneros y pasando a máquina las
peticiones de las diócesis de subvenciones para edificios religiosos dañados
por los bombardeos. Algunos judíos que han sido huéspedes de nuestra casa y
mantenido contacto con la religión católica, sobre todo por la caridad
manifestada por ella también a través del Papa, dejan ofrendas para la nueva
capilla y para el santuario dedicado a María Niña, en Milán, completamente
destruido por el bombardeo del 15 de agosto de 1943. Entre ellos está el
senador Isaia Levi y su esposa, de religión judía, como confirma una carta del
cardenal Gustavo Testa, que se acercan a los sacramentos y desean participar
económicamente en la reedificación de la capilla.”
Entre las muchas cartas de agradecimiento por cuanto hicieron las
Hermanas de María Niña, impresiona el testimonio de Giacomo Terracina, un judío
que perdió a su familia en Auschwitz. Con ocasión del centenario de la fundación
de las Hermanas de María Niña, en 1995 Terracina escribió:
“Me alegro al recordar con gratitud la hospitalidad afectuosa que
recibí en el terrible invierno 1943-1944, cuando se cerraban tantas puertas
para los perseguidos.
“También recuerdo a mis pobres abuelos y a otros familiares
arrestados por los nazis en la redada del 16 de octubre de 1943 en Rama y
deportados, sin retorno, al campo de exterminio de Auschwitz.
“Recemos por las víctimas y por los verdugos.
“La Biblia nos enseña que es necesario perdonar, pero no absolver.
“¿Qué quiere decir esta sólo aparente contradicción?
“Quiere decir que se debe hacer justicia, pero sin odio. En recuerdo
de todos los Justos.”
Sor Margherita Marchione y las Pías Maestras Filipinas
Sor Margherita Marchione, religiosa norteamericana de origen italiano,
que lleva a cabo desde hace años un apasionante estudio histórico sobre la
figura y la obra del Papa Pacelli en el período de la segunda guerra mundial,
ha documentado los sucesos de las Pías Maestras Filipinas, que durante dicha
guerra hospedaron en la
Vía delle Botteghe Oscure a muchísimos refugiados.
“La Congregación de las Pías Maestras Filipinas, a la cual
pertenezco -ha dicho sor Margherita-, ha permanecido desde hace trescientos años
como “hija de la Santa Sede”. En 1707 Clemente XI nos llamó de
Montefiascone a Roma para abrir escuelas para la juventud y, desde entonces, nos
sentimos especialmente unidas al Papa.”Haciendo algunas investigaciones sobre
la historia de la congregación, sor Margherita llegó a conocer los sucesos del
convento en la Vía delle Botteghe Oscure en Roma, durante la segunda guerra
mundial. “Quedé sorprendida, impactada”, confía. Tuvo la oportunidad de
recoger los testimonios directos de sus hermanas más ancianas que habían
vivido los dramáticos días de la ocupación de Roma. Algunas de estas hermanas
viven todavía. Surge así la heroica solicitud cristiana, que desprecia todo
peligro, con la que las “hermanitas” tuvieron escondidas a muchísimas
personas perseguidas, no sólo a los judíos del gueto vecino.
“Testigos
directos cuenta sor Margherita me han confirmado cómo, siguiendo la voluntad
del Papa, los conventos romanos abrieron sus puertas a quien tuviera necesidad,
sin distinción de religión o de ideas política”. Así lo hicieron mis
hermanas de la Vía delle Botteghe Oscure. Fue un riesgo enorme esconder durante
más de un año a 114 personas, hombres y mujeres, adultos y niños. Pero las
hermanas no abrigaron nunca ninguna duda.” Las hermanas acogieron a los
romanos perseguidos en tres conventos: en la Vía delle Botteghe Oscure, en la Vía
Caboto y en la Vía delle Fornaci. En el primero, sesenta personas fueron
alojadas cómodamente en apartamentos con dormitorio, lavandería y servicios.
Durante los bombardeos, todos, hermanas y huéspedes, se refugiaban en el sótano
que, como refiere sor Margherita, “todavía hoy parece una catacumba”. Narra
sor Maria Pucci, una de las protagonistas: “En nuestra casa de la Vía Caboto
se acogió a veinticinco personas: algún anciano, jóvenes esposos y también
niños. Unos quince estaban en el hueco de la escalera con todo lo que se había
podido salvar, incluso el género de sus negocios. Los demás estaban en los
locales del asilo, donde se habían acondicionado dos habitaciones...” Sor
Domenica Mitaritonna añade que: “Las Pías Maestras Filipinas enseñaban
durante el día mientras por la tarde, en turnos, hacían guardia para proteger
a sus huéspedes. Una noche un camión paró delante del convento. Mientras los
soldados alemanes se preparaban para entrar, pensando que había un refugio o un
escondite de armas, un señor les advirtió desde la ventana que sólo se
trataba de una escuela primaria. Los alemanes se fueron...” Sor Lucia Mangone
iba todos los días al mercado para poder alimentar a las personas refugiadas,
pero no era fácil encontrar siempre el alimento necesario para guitar el hambre
a todos. A las monjas no les faltaba valor. Sor Lucia se presentó ante un
general alemán y consiguió el permiso de comprar un camión de arroz.
Naturalmente no dijo quiénes se lo iban a comer... Sor Asunta Crocenzi hablaba
alemán y podía dirigirse a los soldados con facilidad. Para evitar la sospecha
de que en el convento se habían refugiado judíos, decidió invitar a algunos
alemanes a comer. En vez de llamar al número 20 de la Via delle Botteghe
Oscure, los soldados llamaron al número 19 donde, precisamente, estaban
hospedados los judíos. La hermana que hacía guardia no hablaba alemán y con
gestos, les hizo entender que no podía abrir la puerta porque aquel lugar era
de clausura. Gracias al cielo, los soldados lo entendieron y llamaron a la
siguiente puerta.
Al final de la guerra, un grupo de mujeres judías, hospedadas por las
monjas en la Vía delle Botteghe Oscure, quiso dejar una señal de su gratitud.
Revela sor Margherita que “su regalo fue una estatua de la Virgen que todavía
hoy se puede admirar en los locales del convento, donde los judíos fueron
acogidos”.
Testimonio de una judía conversa
Singular es la historia de sor Gertrude, que cuenta: “Algunos se
lamentan de la falta de documentos que certifiquen la ayuda que la Iglesia, a
través de los obispos, habría dado a los judíos. Por eso me siento en el
deber de contar la historia de mi familia. Éramos cuatro: mi padre, mi madre,
mi hermano y yo”. Habíamos tenido que huir de la Alemania nazi y vivíamos,
desde marzo de 1937, en Florencia. Mi padre era pintor y mi madre también era
artista y, como tales, fascinados por la cultura cristiana italiana desde su
juventud, pensaron que no se podía vivir en Italia sin ser católicos y, por
eso, en la Navidad de 1938 fuimos bautizados los cuatro en el baptisterio de San
Juan de Dante.
“En 1939, durante la visita de Hitler a Italia -continúa sor
Gertrude-, mi padre fue encarcelado como judío alemán, pero sólo durante unos
días: en efecto, el bautismo no nos quitaba la "raza", de lo que éramos
conscientes, pero no nos habíamos hecho cristianos para escapar a nuestro
destino, especialmente yo, por la profunda convicción de que sólo en Cristo la
vida humana se sumerge en Dios. Con la ocupación de Italia por los alemanes,
justo después del 8 de septiembre de 1943, nos vimos obligados a escondernos.
¿Dónde? Mi padre encontró refugio con una familia modesta conocida: de los
dos esposos, él era artesano y ella lavandera, pero de una humanidad y una
valentía realmente increíbles. Mi madre pidió ayuda a la curia florentina y
el secretario del arzobispo, Elia della Costa, la alojó en un monasterio de
benedictinas, puesto que el arzobispo había ordenado a las monjas que abrieran
la clausura. Mi hermano era amigo de un seminarista, tenía diecinueve años y
el rector del seminario mayor lo escondió en el seminario menor de Florencia,
donde permaneció hasta la liberación de Roma. Después, atravesó el frente, y
en Roma trabajó en el Vaticano en las oficinas que buscaban a los desaparecidos
de guerra, dirigidas por monseñor Montini. Yo, que tenía veintiún anos, ya
había entrado en el convento en el que todavía vivo hoy pero sólo era
postulante. Pedí a la superiora que me buscara un refugio fuera del convento,
porque en el pueblo se sabía que yo era judía y no quería poner a mis
hermanas en peligro. La superiora pidió consejo al vicario para las religiosas
y él, siempre por orden del arzobispo, me envió primero a un monasterio, pero
como no estaba garantizada la seguridad porque se encontraba en plena ciudad, me
mandó al mismo monasterio donde estaba alojada mi madre y allí pasamos juntas
cerca de diez meses, sintiéndonos atemorizadas y siempre con angustia por
nuestros "hombres", el padre y el hermano, de quienes nos llegaban
algunas pocas noticias por medio de amigos.”
Cuenta sor Gertrude que “las monjas benedictinas tuvieron una
gentileza inmensa. Repartían la poca comida de las tarjetas de racionamiento
con nosotras, que no teníamos. La abadesa, consciente del peligro, no nos dejó
irnos ni siquiera cuando los alemanes irrumpieron en un convento y deportaron a
todas las judías escondidas en él. Nosotras nos podríamos haber refugiado en
los bosques, aunque era invierno, para no poner en peligro a las monjas, pero
ellas no quisieron ni oír hablar de la idea.
“Si mi familia, después de que los
alemanes dejaron atrás Florencia, pudo volverse a reunir, fue gracias a todas
estas personas, y es verdad lo que se dice:
los fascistas persiguieron
a los judíos y los italianos los salvaron; yo añado: la Iglesia los
salvó”.
Como prueba de la gran ayuda de la Iglesia, sor Gertrude cuenta que,
“en los años cincuenta, cuando mi hermano recurrió para conseguir en
Alemania una compensación patrimonial, como se prometía a los judíos, se
necesitaba un testimonio de nuestras peripecias. Entonces los tres monseñores
que nos habían escondido, el secretario del arzobispo, monseñor Meneghello,
que ayudó a muchísimas personas, el vicario y el rector del seminario vinieron
con nosotros al juzgado para suscribir un testimonio. De mi familia sólo estoy
viva yo, pero puedo asegurar que nuestra gratitud jamás ha decaído...”
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