“Nosotros
recordamos”
Cuando
apareció en la prensa mundial y en multitud de revistas el importante documento
pontificio “Nosotros recordamos. Una reflexión sobre la Shoah”, en marzo de
1998, yo me encontraba enfermo e internado. Este documento me llegó de mis
hermanos en Cristo desde España. Considero que en el decurso de los siglos no
había aparecido un documento de tanta envergadura en referencia con los judíos
de todo el mundo. Quedé muy impresionado. Una vez más levanté al cielo mi
acción de gracias por haber dado a la Santo Iglesia un Pastor de una mirada de
águila y de un corazón paulino.
Me
salen espontáneamente frases y frases del documento, que se han fijado en mi
memoria: “La Iglesia asume con conciencia más clara el pecado de sus hijos,
recordando todas las circunstancias en las que a lo largo de la historia se han
alejado del espíritu de Cristo y de su Evangelio”. Entonces pregunto a mis
hermanos judíos: ¿Es posible hablar de una manera más rotunda?
Pero
sigue el texto: “El siglo actual ha sido testigo de una tragedia indecible,
que no puede ser olvidada jamás y es el intento del régimen nazi de exterminar
al pueblo hebreo con la consecuencia de la matanza de millones de hebreos”.
Cuando leo estas líneas del Papa, me vienen a la memoria recuerdos espantosos
de aquel infierno de Auschwitz, donde estuve internado durante cuatro
inacabables años. Sí, yo estuve allí y tuve por compañeros a miles de
sacerdotes católicos que amaban a nuestro pueblo. Y sigo leyendo: “Nadie
puede quedarse indiferente, y menos todavía la Iglesia, a causa de su estrecho
parentesco espiritual con el pueblo hebreo. La historia de las relaciones entre
hebreos y cristianos es una historia atormentada”. Cuando leo estas palabras
me conmuevo y me parece ver que Jesús me mira y que María me lleva de la mano.
¡Qué impresionantes estas palabras del Papa! Pero además termina así:
“Pedimos a nuestros hermanos católicos que renueven la conciencia de las raíces
hebreas de su fe”. No se puede decir más. Leí y releí el documento para
sentirme muy al lado del corazón de la Iglesia y del Papa.
Pasaron
los meses, y, ya fuera del hospital y restablecido, quise conocer la reacción
de personalidades judías de relieve. Mejor diría, personalidades israelíes y
no los judíos que siguen en la diáspora. Pues bien, busqué en periódicos de
fechas atrasadas, de la época de la publicación del documento del Papa, y
recibí una respuesta dolorosa. Me sentí incómodo en medio de aquella tormenta
de incomprensión.
Voy
a hacer un florilegio de las respuestas más representativas. Meir Lau, rabino
jefe de Israel y superviviente de Auschwitz, a quien por cierto había escrito
yo una carta personal horas después del asesinato de Rabín, en la que le decía
que era un asesinato religioso y no político como se decía, respondió así al
documento de Roma: “Poco y muy tarde. La Iglesia tiene que dar un paso más y
reconocer que con los judíos ha pecado”. Por su parte el profesor Elie
Wiesel, premio Nobel de la Paz en 1986 y que fue compañero mío en Auschwitz,
escribía: “¿Cómo puede afirmar la Iglesia que la Shoah no tiene raíces
cristianas? La Shoah nació en el mismo corazón del cristianismo”. También
el profesor Shevaj Weiss, presidente del Parlamento y superviviente de
Auschwitz, opinaba que el documento era importante, aunque no explicaba el
oscuro período del nazismo. Los nazis eran cristianos. Es una pena que el
documento, añadía, haya llegado con cincuenta años de retraso.
Solamente
el eminente profesor David Flusser, ya anciano y catedrático emérito del Nuevo
Testamento y del primer siglo cristiano, afirmó con una libertad que le honra:
“En la decisión del Papa hay osadía y su decisión influirá para bien en
las relaciones judeo-cristianas en el ámbito personal y político.
Aparecieron
en revistas y periódicos, ya en otro nivel más amplio, las afirmaciones de que
todos los pueblos de Europa acataron y aceptaron el exterminio científico del
pueblo hebreo, por los dos mil años de odio, un odio que se respiraba en el
aire. Otros escribían que no es verdad que la Iglesia sea antisemita y que no
reconoce que no ha sido culpable. Así pues, según la opinión israelí, el
documento echa la culpa a individuos y no a la institución, a la Iglesia misma.
Esto es lo que irritó al padre Peter Gumpel, quien escribió: “Creemos que
los judíos nos están insultando. Nosotros nunca hemos pedido a los judíos que
nos pidan perdón por matar a Cristo”.
Esta
frase del P. Gumpel provocó una avalancha de respuestas, algunas de las cuales
tomaban tintes teológicos -por llamarlas de alguna manera- pero todas eran
airadas contra el P. Gumpel. A la postura razonadora y seria ha sucedido una
sarta de inconvenientes de este tipo: “Al documento le faltan seis millones de
judíos”; “Pilatos no era judío y sus descendientes no son judíos”;
“Según los cuatro Evangelios Pilatos condenó a Jesús como virrey de la
provincia de Roma. Podía absolverlo y no lo hizo”; “De qué perdón habla
Gumpel. Pilatos condenó a muerte a un judío más, después de haber
crucificado mil judíos”; “Cuando Pilatos condenó a Jesús, todavía no era
Cristo”. Y el rabino Gafni va más allá al escribir: “Cuando lo
crucificaron, Jesús todavía no era Dios. La Trinidad no existía todavía”.
Estas
son algunas de las frases transcritas por mí de los artículos en los que sus
autores expresaban sus sentimientos anticatólicos. Y sus respuestas nada
generosas al generoso documento del Papa. Es doloroso, pero es la realidad del
actual Israel. Pero quiero terminar con una anécdota esperanzadora. Salido ya
del hospital, participé en una conferencia que dio el conocido profesor
Minervi, ex-embajador en distintos países de Europa. No me gustó en algún
punto en el que enjuiciaba al Vaticano y a la Iglesia. Intervine públicamente
y, ante aquel auditorio de más de doscientas personas interesadas por el diálogo
judío-cristiano, se originó una calurosa discusión. Con el respeto debido,
acusé a Minervi de agitar y excitar a los israelíes a no acoger la mano
tendida del catolicismo hacia Israel. En ese momento estalló un amplísimo
aplauso hacia mis palabras y de rechazo a Minervi. A la salida y alejándome ya
del lugar de la conferencia, se me acercó una persona que me conoce muy bien.
Me preguntó a bocajarro: “Entonces, ¿qué?, elige entre la Iglesia o tu
pueblo hebreo”. Le dije que la pregunta no tiene fundamento y que me la han
hecho decenas de veces. Mi respuesta es siempre la misma: “Si un francés o un
español pueden ser a la vez católicos, un israelí también puede ser israelí
y católico”.
No
nací católico. Escogí este camino voluntariamente en 1962. Mis hermanos judíos
me odian. Es el precio de mi fe. Pero las oraciones judías, el Padre Nuestro,
el Magnificat, el Benedictus me acompañan y me fortalecen para trabajar por mi
pueblo y seguir adelante.
S.
Katzir
Jerusalén,
octubre de 1999
Gentileza de la Revista Tierra Santa, Jerusalén,
Julio-Agosto 2000, nº 745
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