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La Caridad de Pío XII

 

 

Por Eugenio Zolli

En este pasaje de su autobiografía, Eugenio Zolli dice que él no se convirtió por gratitud a Pío XII (su conversión fue por motives más profundos), pero que él admira profundamente el trabajo del Papa durante la Segunda Guerra Mundial.

 

"¿Se debe su conversión a la gratitud hacia el Papa, el cual ayudó mucho a los judíos de Italia durante la persecución nazi?" Esta pregunta me la hicieron –y hacen- muchas veces los periodistas. En muchas entrevistas (inexactas o inventadas) me han descrito respondiendo esto afirmativamente. ¿Por qué? Yo supongo para agradar a los lectores proveyéndoles una precisa y detallada explicación. En realidad, mi respuesta ha sido siempre negativa, aunque esto no debería ser interpretado como una falta de gratitud.

 

...A la misma hora en la cual el terrible rito sacrificial de sangre comenzó, la destrucción en masa en nombre de la raza, de la nación, del estado, concentrados en un factor: la sangre, -precisamente entonces, en el medio de tantos fanáticos, el gran Pontífice, único, sereno y sabio, exclamó: “El amor justo y legítimo hacia el propio país no debe cerrar los ojos hacia la universalidad de la caridad cristiana, la cual considera a los demás y su bienestar en la pacífica luz del amor!

 

...Pueden ser escritos volúmenes acerca de las multiformes obras de socorro de Pío XII.  Las reglas de la severa clausura caen, todas y cada una de las cosas, están al servicio de la caridad. Mientras crecen los sufrimientos, crece también la luz desde el corazón de Cristo y de su Vicario: listos para el sacrificio y el martirio están sus hijos e hijas en Cristo. Jóvenes sacerdotes y presbíteros canosos, religiosos de todas las órdenes, en todos lados, Hermanas dedicadas generosamente, todos listos para las buenas obras y el sacrificio. No hay barreras ni distinciones. Todos los que sufren son hijos de Dios a los ojos de la Iglesia, hijos de Cristo. Ningún héroe en la historia ha comandado un ejército como éste; ningún ejército ha sido tan militante y heroico como este que conduce Pío XII en nombre de la Caridad Cristiana.

 

Un sacerdote anciano, que no puede hacer nada más, reúne en torno a sí, en la Iglesia a las mujeres y los niños del pueblo (los hombres han sido masacrados en las afueras del pueblo) de tal modo que puedan morir juntos en presencia del crucifijo. Su cadáver es arrojado sobre el altar, donde solía celebrar el Santo Sacrificio, y allí permanece, él mismo, sacrificado.

 

Un ejército de sacerdotes trabaja en las ciudades y pequeños pueblos para proveer de pan a los perseguidos, y pasaportes a los fugitivos. Las religiosas utilizan cantinas sin calefacción para dar hospitalidad a mujeres refugiadas. Se reúnen a los huérfanos de toda nacionalidad y religión para poder atenderlos.

 

Ningún sacrificio económico es demasiado grande para ayudar al inocente a huir al extranjero. Un religioso, trabaja incesantemente para salvar judíos, y él mismo muere mártir. Religiosas soportan el hambre para poder alimentar a los refugiados. Superiores van de noche a encontrarse con soldados extranjeros que les demandan víctimas. Arriesgando sus vidas, se esfuerzan por dar la impresión que ellos no esconden a nadie, mientras en sus casas, viven varios bajo su cuidado.

El atrio de una de las más grandes iglesias de Roma es dividido en varias secciones, cada una lleva el nombre de un santo. Los refugiados están divididos para la distribución de la comida en grupos de acuerdo a los nombres de esos santos. ¿No deben las almas de los santos regocijarse por semejante tributo? Escuelas, oficinas administrativas, iglesias, conventos, todos tienen sus huéspedes.

 

Al principio de su pontificado Pío XII dijo: “Exactamente en tiempos como estos, el que permanece firme en su fe y fuerte en su corazón, sabe que Cristo Rey nunca está tan cerca como en la prueba, que es la hora de la fidelidad. Con el corazón partido por los sufrimientos de muchos de sus hijos, pero con el coraje que viene de la fe en las promesas del Señor, la Esposa de Cristo (la Iglesia), avanza hacia la tormenta que se avecina. Ella sabe que la verdad que anuncia, la caridad que enseña y su práctica, serán los únicos consejeros y colaboradores de los hombres de buena voluntad en la reconstrucción de un nuevo mundo, en la justicia y el amor, después que la humanidad, cansada de correr los caminos del error, pruebe el fruto amargo del odio y la violencia”.

 

Son muchos los libros de estadistas, generales, periodistas, y son muchas las memorias de personas acerca de la gran guerra. Los archivos contienen gran cantidad de material para los futuros historiadores. Pero, ¿quién, fuera de Dios en los cielos, ha reunido en su corazón las penas y los gemidos de todos los heridos? Como un centinela ante la sagrada herencia del dolor humano, surge el Pastor Angélico, Pío XII. Él ha visto el abismo de desgracia hacia el cual la humanidad se dirige. Él ha medido y pronosticado la inmensidad de la tragedia. Ha hecho de sí mismo el heraldo de la voz de la justicia y el defensor de la verdadera paz.

 

No dudé en dar una respuesta negativa a la pregunta si yo me había convertido por gratitud a Pío XII, por sus innumerables actos de caridad. Sin embargo, siento el deber de rendir homenaje y de afirmar que la caridad del Evangelio fue la luz que mostró el camino a mi viejo y abatido corazón. Es la caridad que a menudo brilla en la historia de la Iglesia y que irradió completamente en las acciones del Pontífice reinante.

 

 

 

- from Before the Dawn, Chapter 17 (The book is available from Inside the Vatican)

Este artículo es gentileza de Pastor Angelicus