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Vaticano y Holocausto: aclaraciones de
la Santa Sede
Reacción ante la declaración de la Comisión de historiadores judeo-católica
CIUDAD DEL VATICANO, 26 julio 2001 (ZENIT.org).-
La Comisión judeo-católica de historiadores creada para examinar el papel de
la Iglesia durante el Holocausto ha anunciado en una carta la suspensión de sus
trabajos pues acusa al Vaticano de no poder acceder a todos los documentos
presentes en los archivos vaticanos.
La decisión ha sido acompañada por polémicas y acusaciones contra el
Vaticano. El padre Peter Gumpel, s.j., historiador alemán y postulador de la
causa de beatificación de Pío XII, ha sido autorizado por la Santa Sede para
realizar la declaración que publicamos a continuación:
* * *
En los últimos días se ha desencadenado de nuevo un violento ataque con la
Iglesia católica. La ocasión para esta campaña difamatoria ha sido
proporcionada por la decisión del grupo de estudio judeo-católico de suspender
sus actividades.
Este grupo de estudio mixto fue instituido en 1999 con el preciso encargo de
examinar los 12 volúmenes de la obra «Actes et Documents du Saint Siège
relatifs à la seconde guerre mondiale» en el que se recogen todos los
documentos del archivo de la Santa Sede durante la Segunda Guerra Mundial.
En sí, esta iniciativa era laudable y favorable a la profundización de la
verdad histórica respecto a la actividad del Sumo Pontífice Pío XII durante
la Segunda Guerra Mundial, con especial referencia a su obra de ayuda a los judíos
perseguidos. Cualquiera que haya leído esta obra, puede darse cuenta de cómo
el Sumo Pontífice hizo todos los esfuerzos posibles para salvar el mayor número
posible de vidas, sin distinción alguna. Lamentablemente, este aspecto no ha
sido suficientemente examinado y considerado por el susodicho grupo.
En cambio, desde el inicio de los trabajos, algunos --no todos-- miembros de la
parte judía del grupo han difundido públicamente la sospecha de que la Santa
Sede tendía a esconder documentos que a su juicio habrían sido
comprometedores.
A continuación estas personas han dado origen repetidas veces a fugas de
noticias distorsionadas y tendenciosas, comunicándolas a la prensa
internacional.
La Santa Sede, aún siendo consciente de este comportamiento manifiestamente
incorrecto, ha seguido alimentando el debate, aún teniendo la posibilidad y el
derecho de retirar su propia participación en este grupo.
De hecho, en un debate académico, lo mínimo que se debe esperar de los
participantes es una postura de mutuo respeto y confianza recíproca sobre la
honestidad de los participantes.
No obstante la plena disposición de la Santa Sede a seguir el trabajo de
investigación histórica, hemos debido constatar que no todos los componentes
del grupo y quizá ni siquiera uno solo de ellos ha leído los 12 volúmenes que
debían ser examinados.
Cada miembro del grupo ha examinado dos volúmenes y para cada uno de ellos habría
debido redactar un informe. Al final de este trabajo preliminar, la disparidad
de los juicios era tal que Eugene Fisher, coordinador del grupo ha declarado «Eran
tan diversos en la forma y en el fondo que habría sido dificilísimo redactar
un informe de síntesis».
Llegado a este punto, el grupo decidió formular y transmitir a la Santa Sede
una lista de 47 preguntas. El grupo pedía además la posibilidad de examinar
todos los documentos conservados en el Archivo Vaticano todavía no publicados.
En octubre de 2000, el grupo de estudio vino a Roma y mantuvo encuentros con los
cardenales Edward I. Cassidy, el cardenal Pio Laghi, el arzobispo Jorge María
Mejía, ahora cardenal, con quien escribe, en calidad de experto designado por
el cardenal Cassidy. El objeto del encuentro era el de ofrecer respuestas a las
preguntas y aclarar los hechos históricos.
El 24 de octubre de 2000 me reuní con el susodicho grupo, tras haber preparado
47 informes para responder en manera específica y detallada a cada una de las
preguntas que me llegaron 15 días antes de la reunión.
Con viva decepción, he podido constatar que la lectura de los volúmenes en
cuestión se hizo de manera superficial, con interpretaciones de datos y fechas
a los que, en algunos puntos, se les daba completamente la vuelta.
Ante mis explicaciones y la documentación ofrecida, los miembros del grupo no
tuvieron nada que objetar.
Al final del encuentro, durante el cual habíamos podido tratar sólo 12 de las
47 cuestiones, declaré mi plena disponibilidad para continuar con el debate.
Lamentablemente, esta propuesta no fue aceptada, también porque, tras una nueva
grave fuga de noticias, de la que era responsable un miembro judío del grupo,
el tiempo a disposición fue utilizado para tratar de resanar cuestiones de
crisis dentro de la Comisión.
Después de esta situación, fue cancelada también una consulta de dos miembros
del grupo con el historiador padre Pierre Blet.
Es desconcertante que, en los meses siguientes, algunos miembros judíos del
grupo de estudio han difundido sistemáticamente las noticias según las cuales
no habían recibido nunca respuesta a sus preguntas. Además, hasta hoy, el
grupo no ha presentado nunca un Informe definitivo sobre sus trabajos y, por
tanto, no han cumplido con el encargo que se les confió.
En cambio, han decidido suspender los trabajos, aduciendo como motivo que se les
ha impedido el acceso ilimitado a los Archivos Vaticanos. A este respecto se
observa que el archivero de la Santa Sede, cardenal Jorge María Mejía, había
explicado detalladamente a este grupo la imposibilidad técnica de revisar los
documentos sucesivos a 1922, dado que se trata de un material ingentísimo (más
de tres millones de folios) y que este no ha sido catalogado.
Todo estudioso sabe naturalmente que ningún archivo puede ser consultado si los
documentos no son catalogados y clasificados.
En los recientes y odiosos ataques se ha afirmado que la Santa Sede no tiene la
intención de abrir los Archivos. Esta noticia es clamorosamente falsa porque,
como fue claramente dicho a los miembros del grupo de estudio, apenas sea
posible, se pondrá a disposición no sólo de ellos, sino de todos los
estudiosos, el material referente al pontificado de Pío XII.
Al hacer este trabajo, la Santa Sede no está imponiendo ningún tipo de
restricción, como en cambio lo han hecho hasta hoy otros archivos como el
estadounidense, el inglés y otros.
En este sentido, puedo atestiguar que algunos de mis colaboradores,
historiadores de fama, han consultado los mencionados archivos, constatando que
justamente aquellos documentos que habían pedido habían sido retirados y
estaban bajo embargo en esos archivos.
Tal circunstancia ha sido confirmada de viva voz por un miembro del grupo de
estudio, durante el encuentro mantenido en Roma. El estudioso ha contado a todos
su propia experiencia en el trabajo de investigación en los archivos
estadounidenses.
Llegados a este punto, es evidente que las noticias tendenciosamente difundidas
en estos días carecen de fundamento y tienen una clara finalidad propagandística
en perjuicio de la Santa Sede. De este modo, esta iniciativa, que pretendía
mejorar las relaciones entre la Iglesia católica y la comunidad judía, ha
fracasado por directa responsabilidad de quienes, contraviniendo las más
elementales normas académicas y humanas, se han hecho culpables de
comportamientos irresponsables.
ZS01072601
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