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El Israel de Dios
P. Ignacio de la Potterie SJ
¿Cómo puede la Iglesia heredar la
promesa hecha al pueblo hebreo sin anular la antigua elección? Un ensayo del
exégeta Peterson sobre la Carta a los Romanos de San Pablo repropone el misterio
de la libre elección de Dios. Un don siempre gratuito y no un derecho adquirido
por el hombre.
La reciente celebración por los
treinta años de la declaración “Nostra Aetate”, del último concilio ecuménico
con la cual la Iglesia Católica inauguraba la época del diálogo con las
religiones no cristianas y en particular con el judaísmo, nos da pie en estos
tiempos para realizar numerosos balances sobre el largo camino recorrido entre
católicos y hebreos en los últimos decenios en búsqueda del reconocimiento
recíproco y de la superación de una milenaria enemistad que frecuentemente, en
el curso de la historia, estallaba en odio y en el derramamiento de sangre.
Este camino, que ha tenido su reflejo
político en el enlace de plenas relaciones diplomáticas entre la Santa Sede y el
estado de Israel, ha estado marcado en el curso de los años por algunos
importantes pronunciamientos de la parte católica, como los dos documentos del
75 (Orientación y norma para la aplicación de la declaración conciliar “Nostra
Aetate”) y del 85 (Judíos y judaísmo en la predicación de la Iglesia católica).
Es probable que antes del fin del
milenio, nuevas ideas de esclarecimiento provengan de aquel examen de conciencia
de la parte católica pronunciada por el Papa en la “Tertio millennio adveniente”.
Dicho esto, en la apreciación del
camino realizado hasta ahora, se necesita reconocer que el diálogo
hebreo-cristiano continúa presentando ambigüedades.
Esto ocurre también porque algunas
cuestiones actuales no son afrontadas con suficiente claridad tal vez por el
temor de comprometer el buen resultado de los logros hasta ahora alcanzados.
Ya en la redacción de la “Nostra
Aetate”, en el capítulo cuarto, una prudencia tal vez comprensible se manifiesta
en transcribir la cita de los versículos 4-5 del noveno capítulo de la carta a
los Romanos en la cual San Pablo habla de los hebreos, sus consanguíneos según
la carne: “A quienes” escribe Pablo “les pertenece la adopción filial
y la gloria, la alianza, la ley, el culto y las promesas; también los
patriarcas; y de quienes proviene Cristo segun la carne, el que está por encima
de todas las cosas, Dios bendito por los siglos, amén.”
En la versión de “Nostra Aetate” la
cita de San Pablo se detiene en las palabras “Cristo según la carne”, o
sea omite lo que sigue donde afirma su divinidad.
Es verdad que algunos comentadores
hacen lo mismo: para ellos las últimas palabras no pertenecen a la misma frase.
Pero una lectura asi difícilmente puede justificarse gramaticalmente.
De esta clase de prudencia derivan
diversas incomprensiones y reducciones que vienen después difundidas
inconscientemente hasta crear estereotipos desviados, que se
buscan de acreditar quizá presentándolos con el sello de la autoridad de los
textos oficiales.
De aquí se sigue por ejemplo que
diversos teólogos católicos modernos insisten finalmente demasiado sobre el
judaísmo de Jesús (sin agregar que Jesús es el Hijo de Dios).
Argumento, es cierto, no indiferente y
de por sí cargado de sugestiones interesantes (“La salvación viene de los
judíos” Jn 4,22), pero que subrayado de modo unilateral o exclusivo da lugar
para llegar a decir que el camino judío a la salvación es el mismo que el camino
cristiano: este segundo camino sería una variante para el uso de los paganos que
se convierten, pero para ser introducidos a una salvación que a los hebreos ya
era asegurada solo por su pertenencia al pueblo elegido, de su fidelidad a la
alianza y a la Ley. En suma, tendremos un “doble camino a la salvación”. Pero lo
específico cristiano no está más.
En verdad, los puntos sin solución
reaparecen propiamente porque las preguntas sobre la relación entre las historia
cristiana y el pueblo judío tienen que ver con el corazón mismo del misterio de
la Iglesia: ¿en qué sentido el pueblo hebreo permanece como pueblo elegido y la
Antigua Alianza no viene revocada ni siquiera después del rechazo de Jesucristo?
El hecho de que la Iglesia en el
Concilio, halla sido llamada la “nueva Israel” (LG 9) ¿debe ser
considerado como anti-ecuménico? ¿El rechazo de Jesucristo de parte de los
hebreos se explica reduciéndolo exclusivamente a una serie de casuales
contingencias históricas, o conserva también un significado teológico y
escatológico en la historia de la salvación?
No se puede dejar de lado estas
preguntas por incómodas que sea, bajo pena de forzar y desfigurar la parte
fundamental del misterio ya sea de Israel o de la Iglesia.
Lo tenía bien presente ante sus ojos
San Pablo, que dedicó tres capítulos sugestivos de la Carta a los Romanos
propiamente para aclarar las relaciones entre el pueblo judío y el cristiano
venido del paganismo; el Apóstol ya había presentado el misterio escatológico
cuando hablaba del “Israel de Dios” (Gal 6,16)
Erik Peterson
(1890-1960), teólogo y exégeta alemán escribe en 1933 una
sabio comentario a los capítulos 9-11 de la carta del apóstol S. Pablo a los
romanos: Die Kirche aus Juden und Heiden, traducido al francés en 1935 con el
eficaz título Le Mystère des Juifs et des Gentils dans l`Eglise.
El misterio al cual alude el título en
francés es aquel figurado en el famoso mosaico de la Basílica romana de Santa
Savina sobre el Aventino, donde son retratadas dos figuras femeninas figurando
l`Eclessia ex circumcisione e l`Eclessia ex gentibus. O sea la conversión de los
hebreos y paganos de la cual nace la Iglesia de Jesucristo.
¿Cómo puede suceder que el pueblo
electo, aquel pueblo que había elegido para llevar la salvación en la historia
del mundo, no sea más el único pueblo elegido?
¿Cómo puede la Iglesia heredar la
promesa hecha a Israel, sin que esto comporte una negación de la promesa hecha a
los hebreos? ¿Dios puede arrepentirse de su elección? Éste era el gran
cuestionamiento para San Pablo, el hebreo celoso fulminado por el Señor sobre el
camino a Damasco, que sentía en su carne a nivel existencial, la cuestión de la
relación entre la Sinagoga y la Iglesia compuesta también de paganos que se
hacían cristianos.
En su comentario Peterson, que sigue
cada versículo del capítulo citado de la Carta a los Romanos, deja entrever que
el centro de la cuestión está toda en la absoluta gratuidad y libertad de la
elección de Dios. “El, de hecho, dice a Moisés: ‘Tendré misericordia de quien
tenga misericordia y tendré compasión de quien tenga compasión’. Por lo tanto
no depende de la voluntad ni del esfuerzo del hombre, sino de Dios que tiene
misericordia”. (Rom.9,15-16)
Dios no obra de otro modo sino según
la perenne elección gratuita. Mas la fidelidad de la elección no se puede volver
contra Dios mismo, no se puede convertir su gratuidad y libertad en un
automatismo, que los elegidos pretenden poseer por descontado.
El pueblo hebreo, sostiene Peterson,
ha llegado a entender la predilección de Dios en relación a él como algo
automático, descontado, transmitido de generación en generación por vía natural.
Esta es una idea de elección que no cambia en nada la condición natural del
mundo: Dios se encuentra simplemente encarcelado en la sucesión de las
generaciones, donde la elección está asegurada a quien con el propio empeño es
capaz de cumplir los mandamientos de la Ley.
En definitiva es el elegido quien
dicta a Dios las condiciones de la predilección.
Por el contrario en la realidad,
explica Peterson, sucede lo contrario. Dios usa misericordia en relación a los
suyos porque es libre.
Es siempre por un amor libre e
incondicional que Dios elige un pueblo. Y su predilección no actúa en
razón del orden natural, sino en razón del orden sobrenatural. Los hijos de Dios
no nacen, sino que renacen. Ellos nacen en virtud de la “Promesa”, es decir en
virtud de la “Elección”.
Los ejemplos de esta predilección, S.
Pablo los toma de la historia de la salvación, y precisamente de la vida de
Abraham. Yahvé ha prometido a Abraham una descendencia más numerosa que las
estrellas del cielo. Pero la mujer de Abraham, Sara, es estéril, la vejez
inminente y entonces Abraham, pensando resolver a su modo lo que parecía
obstaculizar la promesa de Dios, deja encinta la esclava Agar que da a luz a
Ismael. Cuando más tarde, de Sara nace Isaac, con un parto que desafía y vence
las condiciones naturales (la vejez del padre y la esterilidad de la madre),
Sara exige a Abraham que Agar e Ismael sean abandonados en el desierto. Abraham
resiste, pero Dios mismo se le aparece y le dice: “Haz todo lo que Sara te
dirá, porque es de Isaac que debe salir la raza que debe llevar tu nombre”.
Isaac es preferido a Ismael, el primogénito: esto confirma que no son hijos de
Abraham ni hijos de Dios segun un orden “natural”. El episodio -nota
Peterson en su comentario- es introducido por Pablo para confirmar que la
generación carnal sola no constituye la descendencia de Abraham que caía
bajo la promesa divina.
Son hijos de Abraham solo los hijos de
la Promesa, a los cuales el nombre de hijo está dado como don. Las
figuras de Isaac e Ismael, según Peterson representan bien la relación entre
cristianos y judíos. Isaac es el ejemplo de los discípulos de Cristo, esto es de
los gentiles creyentes, pero también de aquellos hebreos que han tenido
fe en Jesús como Cristo e Hijo de Dios, “el cual es sobre toda cosa Dios
bendito por los siglos. Amén”. Sin embargo, solamente éstos llevan como dote
a la Iglesia la antigua elección de Israel. Ismael en cambio, representa a los
judíos que rechazando a Jesucristo, se glorían de una descendencia
natural, esto es solo de la carne de Abraham: esto de por sí no garantiza la
filiación sobrenatural, o sea según la gracia y la fe. Pero el ejemplo de Isaac
e Ismael es una “advertencia” para la Iglesia misma: no basta descender
físicamente de padres cristianos para ser hijos de Dios. No existe algún
cristianismo natural que pueda prescindir de la gracia sobrenatural dada
gratuitamente en el bautismo a través de la fe: propiamente este sacramento
recibido por creyentes protesta contra toda reducción del ser cristiano a un
orden puramente natural. Y también en la Iglesia, Dios permanece perennemente
libre, no se somete a algún determinismo apriorístico: en el nuevo orden
sobrenatural, introducido en el mundo con la encarnación de Jesús Hijo de Dios,
la filiación divina no es el éxito automático garantizado de una pertenencia
civil o del propio esfuerzo de realizar los preceptos evangélicos, sino que
permanece siempre un don gratuito que nuestro Señor Jesucristo dona libremente a
quien acepta la fe. Por esto también la pretensión de conservar o instaurar un
“orden social cristiano” una “cultura católica” o una “ética cristiana” que
una a Dios y rinda homenaje a los hombres justos a priori (a priori,
esto es, sin un advenimiento de la gracia de lo alto) está destinada a fallar y
a contradecir la dinámica de la experiencia cristiana, en cuanto que esta
permanece continuamente suspendida a la absoluta libertad de la gracia de Dios
que no se impone sino que corresponde de un modo humanamente inimaginable
(excepcionalmente sobrenatural) a la espera original-natural del corazón del
hombre y que se acepta en la fe.
Volviendo a la elección del pueblo
hebraico. Pablo (y con el Peterson) remarca que no obstante la incredulidad de
Israel que ha rechazado Jesús, “los dones y la llamada de Dios son sin
arrepentimiento”. Dios mantiene su promesa y no rechaza a su pueblo. La
primera prueba son propiamente los hebreos convertidos como Pablo, que
reconociendo a Jesús como Mesías e hijo de Dios contribuyen a aquel misterio de
la Iglesia “de los judíos y de los gentiles” rememorado por el título del
volumen de Peterson. Pablo los llama el “resto” que Dios se ha reservado.
Y la noción de resto -comenta Peterson- confirma que la elección de Dios “es
siempre una elección de gracia” que no depende del respeto de la Ley. Pero
también para los hebreos que no reconocen a Jesús, no obstante el endurecimiento
de su corazón y su celo, Dios conserva su promesa que se realizará en los
tiempos escatológicos. La ceguera de Israel es solo temporal. No permanecerán
para siempre incrédulos. El rechazo de Jesús, ciertamente ha favorecido a los
gentiles, que han llegado a ser coherederos de la misma promesa de Dios. Pero no
ha cancelado la primera promesa. Cuando también Israel entre en la fe, la
manifestación de la misericordia divina alcanzará su plenitud. Solamente
entonces llegará a realizarse plenamente “el Israel de Dios”, cuando “todo
Israel se salve” (Rom. 11,26). Ya la misma continuidad histórica del pueblo
hebreo, que ha atravesado todas las tragedias y las persecuciones, testimonia la
tenacidad de Dios que quiere conservar su pueblo para hacerlo partícipe de
aquella gloria que se manifestará totalmente al final de los tiempos.
Este artículo es gentileza de la Revista "Terra Santa"
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