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El Olam haba, o el Mas Allá en el
Judaísmo III
Resurrección
Hna.María
del Cielo
Tejiat HaMetim
significa en hebreo la vuelta a la vida de los difuntos o mejor dicho
resurrección. Este término suele ser confundido con reencarnación o
metempsicosis. Uno y otro concepto son por completo opuestos. En este primer
estudio del tema nos referiremos al concepto de resurrección en el judaísmo.
El judaísmo tradicional no cree que la muerte sea el fin de la
existencia humana pero en muchos textos judíos actuales no hay una doctrina
clara en temas escatológicos, especialmente en lo que se refiere a resurrección
y reencarnación. Algunos afirman que quizá se deba a que el judaísmo se centró
más en la vida presente, razón por lo cual no tienen muchos dogmas sobre la vida
en el más allá y dan amplio
lugar a la opinión personal
.
Hay judíos que
niegan totalmente la resurrección del cuerpo como también el premio y castigo
futuro, otros aceptan por igual la doctrina de la resurrección y la
reencarnación como propias del judaísmo, y otros escépticos no tienen respuesta
al problema.
De los
primeros tenemos un ejemplo en la declaración de Pittsburg, en 1885: “Nos
reafirmamos en la doctrina del judaísmo de que el alma humana es inmortal,
basando esta creencia en la naturaleza divina del espíritu humano, que siempre
encuentra bienaventuranza en la justicia y sufrimiento en la maldad. Rechazamos
como ideas no enraizadas en el judaísmo la creencia en la resurrección del
cuerpo y en la Gehenna y en el Edén como lugares de castigo o recompensa eterna”.
Hay otros que
en cambio defienden la creencia en la resurrección de
los muertos como “fundamental en el judaísmo tradicional”. Antiguamente
esta creencia distinguió a los fariseos de los Saduceos. Los Saduceos rechazaban
este concepto porque según ellos no estaba explícitamente mencionado en la Torah.
“La
creencia en la Resurrección es uno de los 13 Principios de la Fe de Rambam. La
segunda bendición de la oración del Shemoneh Esrei que se recita tres veces al
día contiene varias referencias a la resurrección.
La
resurrección de los muertos sucederá en la era mesiánica. Cuando llegue el
Mesías iniciará el mundo perfecto de paz y prosperidad, los justos muertos serán
vueltos a la vida y se les dará la oportunidad de experimentar el mundo perfecto
que su justicia ayudó a crear. Los malos no resucitarán”.
El Sheol
Según la
tradición judía, basada en las Sagradas Escrituras las almas de los difuntos
descendían al Sheol. Esta
“es
una palabra de origen desconocido, que designa las profundidades de la tierra (Dt
32,12) a donde bajan los muertos (Gen 37,35) y donde buenos y malos mezclados
tienen una lúgubre supervivencia (1 Sam 28,19; Sal 89,49; Ez 32,17-32)”.
“Los antiguos
tenían este concepto sobre la muerte: El hombre, muriendo no termina su
existencia individual. El ser no puede transformarse en no ser. Pero ya no vive.
Desciende en el sheol donde su existencia es un pálido simulacro de la vida
anterior. No tiene ninguna relación con las parientes que permanecen en la
tierra”.
S.D. Luzzato
afirma que los antiguos creían en la inmortalidad del alma pero no podían
explicarse que el espíritu separado del cuerpo experimentase ni placer ni gozo y
le atribuían solo una cierta capacidad cognoscitiva, negando cualquier sentido
de gozo y de sufrimiento, cualquier impresión de bien y de mal. Por eso llamaban
ese lugar “Dumah” (silencio), Choschech (tinieblas), Erez neshijah (tierra del
olvido). El alma, según ellos, permanecía inerte, inactiva hasta el momento en
el cual Dios la restituiría al cuerpo, con la resurrección de los muertos.
Podemos afirmar que si bien, en muchos
textos del Antiguo Testamento se deja entrever un cierto pesimismo sobre la
suerte de los difuntos: “yo pensaba, dice el rey Exequias, iré a las puertas
del Sheol, privado del resto de mis años. Dije: Ya no veré a Yahvé, a Yahvé en
la tierra de los vivientes; no veré más a hombre alguno entre los moradores del
mundo. Pues no puede alabarte el sheol, ni celebrarte la muerte, ni esperan en
tu fidelidad los que bajan a la fosa” (Is 38,10-11.18) “porque, en la
muerte, nadie de ti se acuerda; en el sheol, ¿quién te puede alabar?”(Sal
6,6); “sin
embargo el poder de Dios se ejerce también allí”.
(Num 16,33; Sal 6,9; Job 7,9). Esta fe en el poder de Dios hace
surgir en el espíritu del justo, la esperanza de que Yahveh lo saque del sheol y
lo lleve consigo.
Es la
esperanza expresada en los salmos místicos. Merece especial mención el Sal 16,
en el cual esta esperanza de liberación del sheol adquiere la forma de esperanza
en la resurrección corporal. En el v.9 hay una alusión a la muerte y a la paz
del sepulcro: “Por eso se alegra mi corazón, mis entrañas retozan, y hasta mi
carne en seguro descansa; pues no has de abandonar en el sheol mi alma”; el
elemento nuevo, se añade: ni harás que tu santo contemple la corrupción (v.10),
lo que significa una liberación del cuerpo mismo. El v.11 describe la vida
nueva, a la que ese santo resucitará.
La esperanza de la resurrección en
cierto modo velada en el Antiguo Testamento alcanzará su cumplimiento con
Jesucristo, cuando después de resucitar descendió al
Sheol, para liberar los que se encontraban allí que estaban privados de la
visión de Dios (cf Sal 6, 6; 88, 11-13). Tal era, en efecto, a la espera del
Redentor, el estado de todos los muertos, malos o justos (cf Sal 89, 49;1 S 28,
19; Ez 32, 17-32), lo que no quiere decir que su suerte sea idéntica como lo
enseña Jesús en la parábola del pobre Lázaro recibido en el "seno de Abraham" (cf
Lc 16, 22-26). "Son precisamente estas almas santas, que esperaban a su
Libertador en el seno de Abraham, a las que Jesucristo liberó cuando descendió a
los infiernos" (Catech. R. i, 6, 3). Jesús no bajó a los infiernos para
liberar allí a los condenados 1033 (cf Cc. de Roma del año 745: DS 587) ni para
destruir el infierno de la condenación (cf DS 1011; 1077) sino para liberar a
los justos que le habían precedido (cf Cc. de Toledo IV en el año 625: DS 485;
cf también Mt 27, 52-53).
¿Esperanza de la resurrección final?
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Descenso de
Cristo al limbo |
Refiriéndose a los
temas en común entre el cristianismo y el judaísmo, la Pontificia Comisión
Bíblica hace referencia a la idea de una “salvación después de la muerte” que
aparece en algunos textos de la Sagrada Escritura. “Lo que para Job no era más
que un vislumbre de esperanza (“mi redentor vive”: Job 19,25), se
convierte en esperanza firme en un salmo: “Pero Dios rescatará mi vida del
poder de los infiernos;
sí, Él me acogerá” (Sal. 49,16). En el Salmo 73,24 el salmista
dice de sí mismo: “Después me acogerás en la gloria”.
Dios puede, no
solo vencer el poder de la muerte e impedir que separe de él a su fiel (Sal
6,5-6), sino también conducirlo más allá de la muerte a una participación en su
gloria.
El libro de Daniel y
los escritos deuterocanónicos repiten el tema de la salvación y le añaden nuevos
desarrollos. De acuerdo con la esperanza apocalíptica, llegará la glorificación
de la “gente reflexiva” (Dn 12,3: se trata sin duda de personas fieles a la Ley
a pesar de la persecución) a continuación de la resurrección de los muertos (“La
multitud de los que duermen en la tumba se despertarán, unos para la vida
eterna, y otros para la vergüenza y el horror eterno” Dn12,2). La firme
esperanza de la resurrección de los mártires “para una vida eterna” (2 Mac 7,9)
se expresa con fuerza en el Segundo Libro de los Macabeos.
Según “el libro de la Sabiduría” (Sa 9,19), puesto que el justo es “hijo de
Dios”, Dios “vendrá en su ayuda y lo arrancará de las manos de sus adversarios”
(2,18), preservándole de la muerte o salvándole mas allá de la muerte, pues “la
esperanza” de los justos está “llena de inmortalidad” (3,4).
La fe en la
resurrección de los muertos es un dogma explícito del hebraísmo clásico
“confirmado y elaborado por Maimonides”, y confirma que Dios mantiene su
fidelidad a aquellos que yacen en el polvo, y que en su misericordia
resucita los muertos, recrea sus cuerpos y les asegura la vida eterna”.
“Llega la hora en que todos los
que estén en los sepulcros oirán su voz y saldrán los que hayan hecho el bien
par una resurrección de vida, y los que hayan hecho el mal para una resurrección
de juicio” (Jn 5,28-29).
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