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La paz en Tierra Santa y el futuro de los cristianos

  

 

 

La situación de los cristianos en Tierra Santa es dramática. Así lo entendió el Santo Padre que organizó un encuentro en Roma, dirigido por él mismo, el 13 de diciembre de 2001, donde se trató sobre “La paz en Tierra Santa y el futuro de los cristianos”. Participaron del mismo el Secretario de Estado y sus colaboradores, Cardenales responsables de algunos dicasterios de la Curia, los jefes de diversas comunidades católicas en Tierra Santa, representantes de algunas Conferencias Episcopales y los representantes pontificios de aquellas regiones.

 

Debido a la importancia de este encuentro sin precedentes, presentamos a nuestros lectores lo siguiente:

 

El discurso del Santo Padre y la intervención del Cardenal Ángelo Sodano

 

Un resumen de la presentación que hizo de la actual situación Mons. Michel Sabbah, Patriarca de Jerusalén para los latinos. Destacamos su importancia ya que es la voz más autorizada de los habitantes de Tierra Santa

 

Las conclusiones del encuntro expresadas en el comunicado de prensa posterior al mismo

 

 

Discurso del Santo Padre

 

Queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio:

 

Como les ha sido anticipado en la carta de invitación, el encuentro de hoy quiere confirmar, una vez más, el interés y la preocupación con la cual la Santa Sede sigue la situación en Tierra Santa, compartiendo a través de una particular cercanía espiritual, el drama de aquellas poblaciones, de mucho tiempo probadas duramente, por actos de violencia y de discriminación. Se quiere sobretodo testimoniar la solicitud de toda la Iglesia por los cristianos de Tierra Santa, en particular por la comunidad católica, como también manifestar el empeño común para la continuidad de su milenaria presencia en aquella región, y ofrecer una contribución propia para la justicia y la reconciliación entre aquellos que tienen en aquellos lugares las raíces de la propia fe.

 

Desgraciadamente, nos encontramos reunidos en un momento que no dudo en definir “dramático”, sea para las poblaciones que viven en aquellas queridas regiones, sea para nuestros hermanos en le fe. Estos, de hecho, aparecen aplastados por el peso de dos diversos extremismos que, independientemente de las razones que los alimentan, están desfigurando el rostro de Tierra Santa.

 

Con ocasión del inicio del Gran Jubileo del Año 2000, los patriarcas y los responsables de las comunidades cristianas de Tierra Santa han lanzado a sus fieles y a los cristianos del mundo entero un mensaje de fe, de esperanza y de caridad; un mensaje espiritual que, desde la Gruta de Belén, con coraje y determinación, invitaba a todos los habitantes de Tierra Santa y del mundo entero a vivir en la justicia y la paz.

 

¡Cómo hubiésemos querido que este mensaje hubiera sido prontamente escuchado y realizado! ¡Cómo hubiésemos querido que no hubiera sido necesario repetirlo! ¡Cómo habríamos querido ver a nuestros hermanos judíos y musulmanes caminar junto a nosotros en un pacto solidario de amor para devolver a Tierra Santa su verdadero rostro de “encrucijada de paz” y de “tierra de la paz”!

 

A vosotros, queridos hermanos en el episcopado de Tierra Santa, les espera el difícil deber de continuar siendo testimonios de la presencia del amor de Dios en aquellas tierras y portadores de su mensaje en un ambiente de mayoría musulmana o judía.

 

En vuestro mensaje con ocasión del inicio del Año Jubilar (4 de diciembre de 1999), en el delinear que vuestra vocación consiste en “ser cristianos en Tierra Santa y no en algún otro país del mundo”, habéis invitado a todos a no dejarse vencer del miedo y a no perder la esperanza ante las dificultades: "Enfrentando todos los problemas –se lee en vuestro llamamiento- permanecemos firmes con el poder del Espíritu de Dios y del de su amor… La vida en el tercer milenio exige una profunda reflexión y un gran sentido de nuestra identidad y de nuestra misión, así aceptaremos lo que Dios quiere para nosotros para hoy y mañana en nuestra Tierra Santa”.

 

También hoy, como hice en el encuentro con vosotros en Ammán, el 21 de marzo de 2000, os invito a tener confianza en el Señor, a permanecer unidos a Él en la oración, a fin de que Él, vuestra Luz, os ayude a guiar a la grey a vosotros confiada.

 

La presencia, aquí entre nosotros, de algunos hermanos obispos en representación del Episcopado del mundo entero, testimonia que, en esta difícil labor no estáis solos: la Iglesia entera está con vosotros. La Iglesia toda comparte vuestras preocupaciones, sostiene vuestros esfuerzos cotidianos, está cercana a los sufrimientos de vuestros fieles, y mediante la oración mantiene viva la esperanza. Sí, toda la Iglesia en este tiempo de Adviento grita: Ven Señor a visitarnos con tu paz; tu presencia nos llene de gozo (Is. 38, 3).

 

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Intervención del Cardenal Ángelo Sodano

 

Venerados hermanos,

 

¡Bienvenidos al Vaticano! En nombre del Santo Padre Juan Pablo II transmito a todos los presentes el más cordial saludo. La común solicitud hacia los habitantes de Tierra Santa, en particular, en nuestro empeño de solidaridad hacia los cristianos que sufren en aquella región, nos han reunido en torno al sucesor de Pedro para reflexionar sobre nuestro deber en la hora presente.

 

Bajando de Jerusalen a Jericó el buen samaritano encontró en su camino un solo hombre sufriendo. Nosotros, hoy, sobre ese camino encontramos muchos hermanos que sufren a causa de un conflicto que no atina a terminar sino que parece por el contrario que estallará más. Nuestro deber es hacernos cargo de estos hermanos nuestros y de ayudarlos a reanudar el camino.

 

Es cierto, que nuestro primer deber es cooperar a restablecer un clima de paz entre israelíes y palestinos recordando a las partes en causa que es posible, y es necesario vivir en la misma región, con iguales derechos y deberes.

 

Esta obra de paz siempre ha estado sostenida, en todos estos años dolorosos, por la Iglesia entera y en particular por la Sede Apostólica, que no se cansa de repetir: “La paz es posible; la paz es debida, el progreso y la paz caminan juntos”. El tema, pues de la próxima Jornada Mundial por la paz es más que elocuente: “No hay paz sin justicia. No hay justicia sin perdón”.

 

Durante su visita a Tierra Santa, en el gran Jubileo del 2000, el Papa no ha cesado de  proclamar el Evangelio de la reconciliación a las dos partes interesadas, haciéndoles un llamado a su responsabilidad. Lo reafirmó en su relación con la autoridad israelí y con la palestina, recordando a todos que no hay otra alternativa para los dos pueblos sino de aquella de vivir juntos, como hijos del mismo Padre que está en el cielo.

 

Es verdad que las heridas son profundas, fruto de más de 50 años de una dolorosa tensión, que se remonta al famoso plan dado por la ONU en 1947 para la división de Palestina. Es una historia de lágrimas y sangre, que siempre ha estimulado a los sumos pontífices desde Pío XII de venerable memoria, hasta el actual Papa Juan Pablo II, a una actividad intensa para ayudar a esa población a encontrar una solución pacífica a sus graves problemas.

 

Tal actividad se ha intensificado en este último tiempo, despues del histórico gesto en el que se estrecharon las manos, el llorado Primer Ministro Rabin y el presidente Arafat, en Washington el 13 de setiembre de 1993. Desde entonces la Santa Sede no deja de sostener el nuevo curso que parecía abrirse con tanta promesa, y continúa haciéndolo en este último año, en el que ha visto lamentablemente derrumbarse tantas esperanzas.

 

Como complemento del competente magisterio pontificio, se ha reforzado la acción diplomática de esta Secretaría de Estado y de las representaciones pontificias interesadas para proponer soluciones concretas al conflicto insistiendo sobre todo en la necesidad de una tregua y de una reanudación de lo negociado entre las partes, bruscamente interrumpido un año atrás.

 

En nombre del Santo Padre y de todos sus colaboradores puedo asegurar a todos los venerables pastores de la Iglesia existente en Tierra Santa que esta Sede Apostólica no se cansará de trabajar en favor de la paz en una tierra que es tan querida a la Iglesia y a la humanidad entera.

 

El objeto de nuestro encuentro es de concentrarnos sobre un aspecto particular, menos conocido de la opinión pública internacional: es la suerte de los cristianos en Tierra Santa.

 

Las estadísticas ciertas nos dicen que no son muchos a causa de la continua emigración a la que son obligados por las duras condiciones de vida. Según los datos publicados por el Oficio Central de Estadística de nuestra Secretaría de Estado, al 1 de enero del 2000 había en Israel y en los territorios palestinos 117.000 católicos sobre una población de 6.100.000 de habitantes. Más allá de eso sabemos que hay una presencia relevante de otros cristianos, sobre todo del Patriarcado Greco-Ortodoxo. Es verdad que todos los cristianos juntos no superan el 3% de la población. Ellos tienen, sin embargo, obviamente, iguales derechos a los otros ciudadanos y piden ser ayudados a desarrollar su misión en el interior de la sociedad civil.

 

Como es notable, la mayoría de los cristianos son de origen palestino y un pequeño número también de origen hebreo.

 

Es justo que en este momento pensemos en ellos, indistintamente: este quiere ser el aspecto específico del problema. Es cierto que éste problema es inseparable del  problema mayor que es el de la paz en Tierra Santa. Hoy debemos concentrar nuestra atención en este punto, particularmente de nuestra competencia, porque es menos tratado en los encuentros internacionales.

Es cierto que los cristianos viven en un contexto religioso característico y debemos examinar como ayudarlos en su diálogo con el mundo hebreo e islámico. Muchos sufren, por lo tanto, debemos considerar, como ayudarlos concretamente a tener una casa, a obtener un trabajo, o una escuela adecuada para sus propios hijos.

De parte suya, la Santa Sede ha tenido bien presente su situación en los dos Acuerdos estipulados respectivamente, con el Estado de Israel, en 1993, y con la Autoridad Palestina en el 2000. Son dos documentos solemnes a los cuales podremos y deberemos llamarnos a menudo para defender y promover la presencia de los cristianos en Tierra Santa.

Sobre tal punto, todos los presentes podrán ofrecer los elementos importantes de juicio. En particular, nos introducirá a esta reflexión el Patriarca Latino de Jerusalen, Su Beatitud Michel Sabbah.

Juntos buscaremos de llevar nuestra contribución de solidaridad hacia nuestros hermanos de Tierra Santa, y en particular hacia aquellos tan probados de Jerusalén. ¡Qué ellos sepan que no están solos!

 

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La situación de los cristianos en Tierra Santa, después del 11 de setiembre de 2000

 

Presentamos un resumen de la lúcida presentación de Mons. Sabbah sobre la situación político religiosa de Tierra Santa.

 

La lucha entre palestinos e israelíes se encuentra en una fase violentísima, la fase más peligrosa desde la guerra de 1948. La esencia del conflicto consiste en la ocupación por parte de Israel de los Territorios palestinos. En vez de eso la situación es presentada como la necesidad de reducir la violencia entre dos socios considerados iguales, y que en vez de hacerlo responden violencia con violencia. Cuando se está en un caso de ocupación, es claro que el que tiene la capacidad de hacer el bien, es el que ocupa ilegalmente y la solución es su retirada. Es por eso que invita el Patriarca a Israel a dar ese paso.

 

Este conflicto tiene una dimensión cristiana, pues estamos hablando de Tierra Santa, donde ocurrieron los hechos más importantes de la historia de la salvación. Pero además porque en ambos pueblos hay cristianos. Hay cristianos palestinos, que constituyen la mayoría de la presencia cristiana y hay también cristianos hebreos en la sociedad israelí.

 

Los cristianos hebreos sufren la falta de seguridad de su pueblo, y los palestinos están viendo diariamente la muerte, la demolición de casas, el sitio impuesto a sus ciudades, grandes dificultades para llevar cada día el pan a sus hogares, sin hablar de la educación de sus hijos, etc. Pero, -hace notar el Patriarca-, el peor daño no es material, sino la desintegración moral y social que se produce. Vivimos en una sociedad de “resistencia” a la ocupación con milicias armadas, que no es lo mismo que una capacidad central capaz de imponer el orden. Las familias conocen las tensiones entre sus propios miembros y con los vecinos. Se produce un terreno fértil para acrecentar los antagonismos religiosos.

 

Relaciones entre musulmanes y cristianos

 

Contra lo que dicen muchos medios de comunicación las relaciones entre cristianos y musulmanes en Palestina es buena. A nivel de autoridades hay respeto por la Iglesia, y Arafat personalmente respeta y aprecia especialmente al Santo Padre y a la Santa Sede. A nivel de autoridades religiosas hay encuentros frecuentes. Entre la gente, en general, hay colaboración a nivel político, en la educación, en el comercio, etc. A nivel de la calle, sin embargo, ha habido y hay conflictos.

 

El consejo de Mons. Sabbah a sus fieles, en casos de agresión es siempre el mismo: acudir a las autoridades para defender los propios derechos. Por nada del mundo caer en el fanatismo religioso de la venganza.

 

La mayoría de los cristianos es consciente de su deber de participar en la formación del nuevo estado palestino. Otros, los menos, prefieren esperar pasivamente para cosechar de los esfuerzos de los demás. Son los que insisten permanentemente en su miedo a los musulmanes y los que quieren reaccionar ante cualquier incidente. A pesar de ser los menos, es esta postura la que dan a conocer los medios de comunicación internacionales.

 

Llama el Patriarca a los cristianos de TS a ser concientes de su misión: siendo un pequeño rebaño continuar siendo testigos de Jesús en su tierra. La mayoría de los cristianos en TS pertenecen a Palestina. Su destino está unido al resto de los palestinos que son musulmanes. Ha habido problemas en el pasado, los hay hoy, y los habrá en el futuro. Eso hace que sea más necesaria todavía la presencia cristiana aquí.

 

 

Relaciones con el estado de Israel

 

Una cosa es la relación con el estado democrático dentro de las fronteras de 1948-1967 donde tanto árabes como judíos son ciudadanos de Israel (aunque no deje de haber desigualdad de condiciones según se sea o no judío), y otra es la relación dentro de los territorios ocupados donde la democracia israelí es substituida por el ejército.

 

En el primer caso, la relación se construye en el respeto debido a la autoridad. Al fiel cristiano, que es árabe y por ciudadanía israelí se le dice: Ud. debe ser fiel a su creencia cristiana, a su herencia árabe y al estado de Israel. Así se logra colaboración en todos los ámbitos.

 

Los problemas con el estado de Israel se dan en los territorios ocupados porque cada vez que la Iglesia alza su voz para denunciar la injusticia se produce tensión. A pesar de eso, la respuesta cristiana es siempre ver en el otro la imagen de Dios a al que hay que amar y respetar.

 

 

Emigración de los cristianos

 

Judíos y musulmanes también emigran, pero el problema es acuciante entre los cristianos, por ser menor su presencia en TS. Varios centenares han emigrado durante la actual intifada. A pesar de que el número absoluto no disminuye (entre 150000 y 170000) sin embargo la proporción es cada vez menor. Actualmente es del 2% en los territorios, y en poco llegará a ser el 1%.

 

¿Cómo hacer para detener esta emigración?

 

1- Concientización del pueblo fiel acerca de su misión: ser los testigos de Jesús en su tierra, en tiempos de paz y en tiempos de guerra. Es una vocación difícil pero entendida así se hace posible.

 

2- Acción para la paz y la justicia, porque los que se van lo hacen especialmente para encontrar un lugar donde vivir en paz. Si esto se logra incluso volverán muchos de los que se han ido. Para esto la Iglesia en Jerusalén debe ser maestra de la justicia y la paz, del diálogo interreligioso y ser además la voz del oprimido.

 

De todos modos no se podrá hacer sin la ayuda de las iglesias de todo el mundo.

 

El papel de las iglesias de todo el mundo

 

Las iglesias deben ser portadoras de la verdad. Mostrando al pueblo fiel la dimensión cristiana de este conflicto deben hacerle sentir que no es un conflicto lejano sino propio. Deben además conocer verdaderamente la situación y no conformarse con la explicación que dan los medios de comunicación. Y en tercer lugar deben hacer oír su voz para que se llegue al fin de la ocupación.

 

El papel de la Iglesia consiste en ayudar a la reconciliación, porque así vendrá la paz y no por medio de la victoria de uno sobre otro. Es así como será respetada la santidad de los Lugares Santos.

 

A este respecto, el pequeño rebaño de los cristianos en TS puede cumplir un rol importante. Su misma debilidad es aquí un arma porque no es considerado un rival para nadie. Puede ser así fermento de reconciliación.

 

Conclusión

 

¿Cómo ayudar a los cristianos de TS a perseverar en su presencia y su vocación?

 

En primer lugar que todas las iglesias locales trabajen por la justicia y la paz, en coordinación con la Santa Sede y con la iglesia local de Jerusalén.

 

En segundo lugar, los cristianos de TS deben ser fieles a su misión de ser testigos de Jesús en su tierra.

 

En tercer lugar la iglesia de Jerusalén debe continuar el diálogo interreligioso entre judíos, cristianos y musulmanes.

 

Cuarto, la generosidad de las Iglesias de todo el mundo hacia los cristianos de TS. En especial es urgente la ayuda a las escuelas locales, que encuentra amenazada aun su misma subsistencia.

 

Entre las necesidades principales se destacan dos:

 

La primera consiste en la formación de fieles cristianos con personalidad, que conozcan su rol en la sociedad, cuidando de no hacerlos dependientes de la Iglesia ni que se sientan extraños en su propia sociedad.

 

La segunda se refiere a la conservación de los terrenos que los cristianos, puestos en necesidad, tienden a vender, privando así a las jóvenes generaciones de un espacio vital suficiente.

 

Es decir que la Iglesia de Jerusalén pide ayuda a las Iglesias del mundo entero para desarrollar una doble acción: la formación en la fe y una contribución a la justicia.

 

En cualquier circunstancia, fácil y difícil, en épocas de guerra o de paz, el “pequeño rebaño” de los cristianos de Tierra Santa, seguirá fiel a su fe y al misterio del Dios revelado en su tierra.

 

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Conclusiones del encuentro “La paz en Tierra Santa y el futuro de los cristianos”, según el comunicado de prensa oficial.

 

  • La convocatoria de este encuentro quiere manifestar el interés y la preocupación con las cuales el Santo Padre y la Santa Sede siguen la situación en Tierra Santa. Al mismo tiempo se ha querido manifestar la solicitud de toda la Iglesia Universal por todas las Iglesias cristianas en Tierra Santa, no menos que contribuir tanto a la continuación de su milenaria presencia, como a la paz y la reconciliación.

 

  • En el encuentro se ha reflexionado sobre la dramática situación allí vivida, sobre la violencia que ha cobrado tantas víctimas. La Iglesia se une al pesar de las familias segadas por la violencia.

 

  • Especialmente se ha prestado atención a la presencia de los cristianos en TS, así como a la defensa y a la promoción de sus derechos, teniendo en cuenta los acuerdos firmados por la Santa Sede con el Estado de Israel en 1993 y con la Organización para la Liberación de Palestina en 2000.

 

  • Los participantes han reafirmado la voluntad de la Iglesia de continuar con el empeño a favor de la reconciliación y la paz, a través del diálogo interreligioso con los hermanos judíos y musulmanes. Asimismo se ha comprometido a continuar con la ayuda que ofrecen numerosas organizaciones católicas.

 

  • En cuanto al conflicto israelo-palestino se insiste en que los dos pueblos deben buscar vías pacíficas para el mismo. Se remarca la necesidad de respetar el Derecho Internacional y volver a la mesa de negociaciones. La paz entre los dos pueblos solo puede realizarse en el respeto por la justicia: seguridad para el Estado de Israel, nacimiento de un Estado para el pueblo palestino, evacuación de los territorios ocupados, un estatuto internacional especial que garantice los lugares santos de Jerusalén, y una solución justa al tema de los refugiados palestinos. Todo esto en el marco de las Resoluciones de las Naciones Unidas.

 

  • Se llama a los jefes religiosos del Islam y del Judaísmo a colaborar unidos en bien de la paz.

 

  • Se manifiesta preocupación por la autorización concedida por el gobierno de Israel para la construcción de una mezquita frente a la Basílica de la Anunciación en Nazaret, que no responde a las necesidades religiosas de la ciudad sino a la provocación de algunos fundamentalistas.

 

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