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Nuestra Señora del Destierro

 

 

Sermón predicado por el P. Marcelo Gallardo, el 17 de Febrero de 2001, fiesta de Nuestra Señora del Destierro

 

Celebramos hoy la fiesta de Nuestra Señora del Destierro en la cual contemplamos a la Sagrada Familia, en peligro de muerte, huyendo a Egipto. La Sagrada Familia quiso así participar de la suerte de tantas personas que a lo largo de la historia debieron abandonar su patria y vivir como extranjeros y peregrinos en otra tierra.

 

El término extranjero y peregrino tenía en la antigüedad, y lo tiene todavía, un sentido peyorativo. El extranjero es el extraño, que tiene otras costumbres, tal vez otra lengua, otro color de piel, otra religión. Es el que no tiene los derechos de los nativos de una ciudad. Es muchas veces objeto de burla y de desprecio.

 

Todo judío piadoso del Antiguo Testamento confesaba: "mi padre fue un arameo errante y bajó a Egipto para peregrinar allí" (Deut. 26,5) y creía que los Patriarcas "se habían confesado peregrinos y huéspedes sobre la tierra" (Heb 11, 13) y que habían vivido "errantes, cubiertos de pieles de oveja y de cabra, necesitados, atribulados maltratados... perdidos por los desiertos y por los montes, por la cavernas y por las grietas de la tierra" (Heb 11, 37-38). Esta no era una expresión piadosa sino que esos nómades elegidos por Dios son el prototipo de todo ser humano que reconoce a Dios como su Creador y Señor. Abel, el primer justo mártir fue pastor, nómade y así debía considerarse todo miembro del pueblo elegido.

 

Dios mismo exigía ese comportamiento "La tierra es mía y vosotros no sois sino huéspedes y peregrinos en mi casa" (Lev 25,23).

Abraham, el padre de los creyentes habló así a los hijos de Jet en Hebrón: "yo soy entre vosotros extranjero y huésped" (Gen 23,4) y como dice la carta a los hebreos "moró en la tierra de sus promesas como en tierra extraña, habitando en tierras." (11,9).

 

Esto se convertiría para el pueblo elegido en una formulación religiosa "Señor, no soy más que un extranjero para ti " (Sal 39,13); "soy peregrino en la tierra, no me encubras tus mandamientos" (Sal 119,19).

 

A causa del hambre Abraham debió descender a Egipto para vivir allí como extranjero (Gen, 12,10): "pero hubo un hambre en aquella tierra y bajó (Abraham) a Egipto para peregrinar allí".

 

Moisés debió huir y fue como un extranjero en tierra de Madián. Como lo recuerda el salmo 120,5 "Hay de mi peregrino en Mosej, que habito en las tierras de Cedar".

 

Filón de Alejandría desarrolla toda una espiritualidad del peregrino y del exiliado a partir de toda esta tradición bíblica. El hombre no debe instalarse sobre la tierra pues ella no es su patria, sino que debe vivir como un extranjero, como alguien que está de paso en un lugar transitorio y precario. "Todos aquellos que Moisés llama sabios son descritos como extranjeros y peregrinos... ellos estiman que su patria es el cielo, donde gozan de todos los derechos y que la extensión de la tierra donde ellos residen les es extranjera" Conf. ling.77-78.

 

Luego de haber vivido en la tierra prometida el pueblo judío tomó nuevamente conciencia de esta realidad cuando debió partir al destierro en Babilonia y a partir de ese momento existió siempre la diáspora, aquellos cuya patria es la tierra prometida pero que viven dispersos entre los gentiles. Sin embargo todos estos "con ser recomendados por su fe, no alcanzaron la promesa" (Heb 11,38).

 

En el Nuevo Testamento San Pedro se dirige a los creyentes como a los miembros de la nueva diáspora, aquella de los creyentes cuya patria es la Jerusalén celestial: "a los elegidos de la diáspora, elegidos según la presciencia de Dios" (1Pe 1,1). Los cristianos ya no pertenecen a este mundo pues han sido adquiridos por Dios, deben pues vivir "como peregrinos y advenedizos, absteniéndoos de los apetitos carnales que combaten en vuestra alma" (2,11).

 

Jesucristo, viniendo a este mundo se hizo peregrino y extranjero, siendo rico se hizo pobre y vivió entre nosotros como un desterrado. Nació en un establo, vivió oculto en Nazaret, siendo ignorado y considerado como uno más. En los años de su vida pública no tenía donde reposar su cabeza y murió considerado como un blasfemo, excomulgado de su pueblo. Nadie como Jesucristo sabía que nuestra patria es el cielo y murió para que podamos alcanzarlo.

 

Los primeros cristianos se consideraban como los extranjeros que en la antigüedad eran llamados parokoi kai parepimedoi, es decir, a los extranjeros que están de paso, que no son reconocidos como ciudadanos, a los viajeros, a los peregrinos y por lo tanto a los auténticos hebreos. Según San Jerónimo hebreo significa el que está de paso " Hebraeus, id est peratés et peregrinus transitorque". En Génesis 14,13 Abraham es calificado de hibri y las LXX traduce peratés, el que está de paso.

 

Por eso debemos vivir como nos exhorta el apóstol, sabiendo que no tenemos aquí ciudad permanente sino que nuestra patria es el cielo. Así lo entendieron los primeros cristianos, como lo expresa hermosamente la Epístola a Diogneto "Los cristianos no se distinguen de los demás hombres, ni por el lugar donde viven, ni por su lenguaje, ni por sus costumbres. Ellos en efecto, no tienen ciudades propias, ni utilizan un hablar insólito, ni llevan un género de vida distinto. Su sistema doctrinal no ha sido inventado gracias al talento y especulación de hombres estudiosos, ni profesan como otros, una enseñanza basada en autoridad de hombres.

 

Viven en ciudades griegas y bárbaras, según les cupo en suerte, siguen las costumbres de los habitantes del país, tanto en el vestir como en todo su estilo de vida y, sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble. Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña". Así lo entendió también Santa Teresa: "la vida es una mala noche en una mala posada"; así lo entendieron todos los santos que vivieron en este mundo como otros cristos, como peregrinos y exiliados.

 

Hoy contemplamos a la Virgen peregrina con su Hijo y con su esposo San José. Pidamos a ella la gracia de no olvidar nuestra condición de peregrinos y desterrados marchando con alegría hacía nuestra Patria celestial. Marchemos entonces puesta nuestra mirada en Dios pues esa es la vida del cristiano: "Toda la vida del buen cristiano es un santo deseo. Lo que deseas no lo ves todavía, mas por tu deseo te haces capaz de ser saciado cuando llegue el momento de la visión. Tal es nuestra vida: ejercitarnos en el deseo. Ahora bien, este santo deseo está en proporción directa de nuestro desasimiento de los deseos que suscita el amor del mundo" (San Agustín, Tratado sobre la primera Carta de San Juan, 4,6) Deseemos el cielo, busquemos el cielo, vivamos de las cosas del cielo, caminemos alegres hacia él, sabiendo que la Virgen, el Niño Jesús y San José nos han precedido y nos acompañan en nuestra peregrinación.