LA ESPERANZA ECUMÉNICA EN LA ENCÍCLICA
ECCLESIAM SUAM
P. Enrique Montes VE
El Beato Juan XXIII, inició el Concilio
Vaticano II, pero no pudo llevarlo a término, porque el 3 de junio de 1963,
entregaba su espíritu a Dios; el nuevo Pontífice, Pablo VI, aseguraba al mundo
que se comprometía a realizar como su principal obra en aquel momento, la
culminación del Concilio; en efecto el 29 de septiembre de aquel año, Pablo VI,
reiniciaba el Concilio Vaticano II.
Y aún cuando decidió no tocar
directamente ninguna de las cuestiones discutidas, sin querer perturbar los
trabajos del concilio…pero para que se celebren más fructuosamente sus sesiones,
publicó su primera encíclica Ecclesiam Suam.
Tres son sus directrices; y cada una de
ellas, corresponden a las tres partes de la encíclica.
Podemos deciros sin más,…que tres son
los pensamientos que agitan nuestro espíritu cuando consideramos el altísimo
oficio que la Providencia…nos ha querido confiar, de regir la Iglesia de Cristo.
El primero: la Iglesia debe
profundizar la conciencia de sí misma, debe meditar sobre el misterio que le es
propio, debe explorar,…acerca de su propio origen, de su propia naturaleza, de
su propia misión, de su propia suerte final.
El segundo pensamiento de la encíclica
según palabras de Pablo VI: que ocupa nuestro espíritu y que quisiéramos
manifestaros a fin de encontrar no sólo mayor aliento para emprender las debidas
reformas, sino también para hallar en vuestra adhesión el consejo y apoyo en tan
delicada y difícil empresa, es el ver cuál es el deber presente de la Iglesia de
corregir los defectos de los propios miembros y hacerlos tender a la mayor
perfección y cuál es la vía para llegar con sabiduría a tan gran renovación.
Y finalmente el último pensamiento del
Pontífice: nuestro tercer pensamiento, nacido de los dos primeros ya
enunciados, es el de las relaciones que actualmente debe la Iglesia establecer
con el mundo que la rodea y en medio del cual vive y trabaja… preséntase, pues,
el problema llamado del diálogo entre la Iglesia y el mundo moderno.
Por lo tanto, la Iglesia al tomar
conciencia de su origen, naturaleza y misión y al renovarse, - renovación que no
puede afectar a lo fundamental, sino que debe comunicar un nuevo esplendor del
Rostro de la Iglesia- refuerza aquel pensamiento de Cristo que se realiza en el
diálogo entre la Iglesia y todos los hombres de buena voluntad, tanto dentro
como fuera de la Iglesia.
Enseña Juan Pablo II que la esperanza
debe conducir, al mismo tiempo, a aquel diálogo que Pablo VI en la Encíclica
Ecclesiam Suam llamó “diálogo de la salvación”,
distinguiendo con precisión los diversos ámbitos dentro de los cuales debe ser
llevado a cabo.
Y a continuación agrega, dando nueva luz con esta explicación, no ceso de dar
gracias a Dios, porque este gran Predecesor mío y al mismo tiempo verdadero
padre, no obstante las diversas debilidades internas que han afectado a la
Iglesia en el período posconciliar, ha sabido presentar "ad extra", al exterior,
su auténtico rostro…(el rostro de la Iglesia), su misión y su servicio;
podríamos nosotros agregar entonces, que la misión de la Iglesia es el
diálogo de la salvación, del cual habla Pablo VI en su encíclica Ecclesiam
Suam.
El Concilio Vaticano II ha llevado a
cabo un trabajo inmenso para formar la conciencia plena y universal de la
Iglesia, a la que se refería el Papa Pablo VI en su primera Encíclica. Tal
conciencia -o más bien, autoconciencia de la Iglesia- se forma “en el diálogo”,
el cual, antes de hacerse coloquio, debe dirigir la propia atención al “otro”,
es decir, a aquél con el cual queremos hablar.
El hombre es la única criatura en la
tierra a la que Dios ha amado por sí misma; por tanto no puede
encontrarse plenamente a sí mismo sino en la entrega sincera de sí mismo.
El diálogo es paso obligado del camino a recorrer hacia la autorrealización del
hombre, tanto del individuo como también de cada comunidad humana. Abarca al
sujeto humano totalmente.
Esta verdad sobre el diálogo, expresada
tan profundamente por el Papa Pablo VI en la Encíclica Ecclesiam Suam, fue
también asumida por la doctrina y la actividad ecuménica del Concilio. El
diálogo no es sólo un intercambio de ideas. Siempre es de todos modos un
intercambio de dones.
Los círculos del diálogo de salvación
La Iglesia no ignora las formidables
dimensiones de la misión que Dios le ha encomendado; a su vez, conoce la
desproporción que señalan las estadísticas entre lo que ella es y la población
de la tierra; conoce los límites de sus fuerzas, conoce hasta sus propias
humanas debilidades, sus propios fallos, sabe también que la buena acogida del
Evangelio no depende en fin de cuentas de algún esfuerzo apostólico suyo o de
alguna favorable circunstancia de orden temporal: la fe es un don de Dios y Dios
señala en el mundo las líneas y las horas de su salvación. Pero la Iglesia sabe
que es semilla, que es fermento, que es sal y luz del mundo, por eso no promete
felicidad terrena sino que ofrece algo, -su luz y su gracia- a su vez, habla al
mundo de verdad, de justicia, de libertad, de progreso, de concordia, de paz, de
civilización. Cristo le ha confiado esta misión. Y por eso la Iglesia tiene un
mensaje para cada categoría de personas: para los niños, para la juventud,
hombres científicos e intelectuales, para el mundo del trabajo y las clases
sociales, para los artistas, para los políticos y gobernantes: especialmente
para los pobres, para los desheredados, para los que sufren, incluso para los
que mueren: para todos.
Esta misión de la Iglesia, se presenta
–en feliz expresión de Pablo VI-, en círculos concéntricos alrededor
del centro en que la mano de Dios nos ha colocado.
A su vez, Juan Pablo II dice en la Carta
Apostólica Tertio Millennio Adveniente: Pablo VI, por su parte, en la
Encíclica Ecclesiam suam explica la universal participación de los hombres en el
proyecto de Dios, señalando los distintos círculos del diálogo de salvación.
Hay un primer círculo, inmenso, cuyos
límites no alcanzamos a ver;… son los límites que circunscriben la humanidad en
cuanto tal, el mundo… Todo lo que es humano tiene que ver con nosotros. Tenemos
en común con toda la humanidad… la vida con todos sus dones, con todos sus
problemas… Sabemos sin embargo que en este círculo sin confines hay muchos, por
desgracia muchísimos, que no profesan ninguna religión… Estamos firmemente
convencidos de que la teoría en que se funda la negación de Dios es
fundamentalmente equivocada… No es una liberación, sino un drama que intenta
sofocar la luz del Dios vivo… La hipótesis de un diálogo se hace sumamente
difícil en tales condiciones, por no decir imposible, a pesar de que en nuestro
ánimo no existe en este momento ninguna exclusión preconcebida hacia las
personas que profesan dichos sistemas y adhieren a esos regímenes.
Sin embargo, siguiendo el ejemplo de su
predecesor Juan XXIII,
concluye no perdemos la esperanza de que puedan un día abrir con la Iglesia
otro diálogo, positivo, diverso del que constituye nuestra presente reprobación
y nuestro obligado lamento.
El segundo círculo, también inmenso,
pero menos lejano de nosotros: es el de los hombres que adoran al Dios único y
supremo, al mismo que nosotros adoramos… los hijos del pueblo hebreo,
dignos de nuestro afectuoso respeto, fieles a la religión que nosotros llamamos
del Antiguo testamento; y luego a los adoradores de Dios según concepción de la
religión monoteísta, especialmente de la musulmana, merecedores de admiración,
por todo aquello que en su culto de Dios hay de verdadero y bueno; y después
todavía a los seguidores de las grandes religiones afroasiáticas. Evidentemente
no podemos compartir estas variadas expresiones religiosas ni podemos quedar
indiferentes, como si todas, a su modo, fuesen equivalentes… al contrario, por
deber de lealtad, hemos de manifestar nuestra persuasión de que la verdadera
religión es única, y esa es la religión cristiana, y que alimentamos la
esperanza de que como tal llegue a ser reconocida por todos los que buscan y
adoran a Dios. A este respecto aclara, un diálogo por nuestra parte es
posible y no dejaremos de ofrecerlo donde quiera que con recíproco y leal
respeto, sea aceptado con benevolencia.
Se nos presenta
luego, el tercer círculo, el círculo más cercano a Nos en
el mundo, el de los que llevan el nombre de Cristo. En este campo el diálogo que
ha alcanzado la calificación de ecuménico… Con gusto hacemos nuestro el
principio: pongamos en evidencia primero de todo lo que nos es común antes de
subrayar lo que nos divide… Nada puede ser más deseable para Nos que el
abrazarlos en una perfecta unión de fe y de caridad… ahora que la Iglesia
Católica ha tomado la iniciativa de volver a reunir el único redil de Cristo, no
dejará ella de seguir adelante con toda paciencia… Un pensamiento a este
propósito nos aflige, y es el de ver cómo precisamente Nos, promotores de tal
reconciliación, somos considerados por muchos Hermanos separados el obstáculo
principal que se opone a ella, a causa del Primado de honor y de jurisdicción
que Cristo confirió al apóstol Pedro y que Nos hemos heredado de él.
Al finalizar la mirada de este tercer
círculo del diálogo de salvación, Pablo VI agrega bajo esta luz nuestro
diálogo siempre está abierto; el cual aún antes de extenderse en conversaciones
fraternales, se abre en coloquios con el Padre celeste, en efusiones de oración
y de esperanza.
Finalmente, el último círculo es con
los Hijos de la Casa de Dios, la Iglesia una, santa, católica y apostólica…
¡Cómo quisiéramos gozar de un diálogo de familia en la plenitud de la fe, de la
caridad y de las obras!... El espíritu de independencia, de crítica, de
rebelión, no está de acuerdo con la caridad animadora de la solidaridad, de la
concordia, de la paz en la Iglesia, y transforma fácilmente el diálogo en
discusión, en altercado, en disidencia: desagradable fenómeno -aunque por
desgracia siempre a punto de producirse- contra el cual la voz del Apóstol Pablo
nos amonesta: “Que no haya entre vosotros divisiones”,
estamos pues, ardientemente deseosos de que el diálogo interior, en el seno
de la comunidad eclesiástica, se vaya enriqueciendo en fervor, en temas, en
número de interlocutores, de tal manera que se acreciente la vitalidad y la
santificación del Cuerpo Místico terreno de Cristo.
El Concilio Vaticano II en la
Constitución dogmática sobre la Iglesia, considerando la cuestión de la
pertenencia a la Iglesia y de la ordenación al Pueblo de Dios, dice así:
Todos los hombres están invitados a esta unidad católica del Pueblo de Dios... A
esta unidad pertenecen de diversas maneras o a ella están destinados los
católicos, los demás cristianos e incluso todos los hombres en general llamados
a la salvación por la gracia de Dios.
¿Expresa la encíclica la esperanza
ecuménica?
Repetimos una vez más las palabras de
Pablo VI, al hablar del segundo círculo de salvación: hemos de manifestar
nuestra persuasión de que la verdadera religión es única, y esa es la religión
cristiana, y que alimentamos la esperanza de que como tal llegue a ser
reconocida por todos los que buscan y adoran a Dios.
Por eso finalizamos este artículo con
las palabras de Juan Pablo II: Mi predecesor Pablo VI ha dedicado al diálogo
una parte importante de su primera Encíclica Ecclesiam suam, donde lo describe y
caracteriza significativamente como diálogo de la salvación.
En efecto, la Iglesia emplea el
método del diálogo para llevar mejor a los hombres -los que por el bautismo y la
profesión de fe se consideran miembros de la comunidad cristiana y los que son
ajenos a ella- a la conversión y a la penitencia por el camino de una renovación
profunda de la propia conciencia y vida, a la luz del misterio de la redención y
la salvación realizada por Cristo y confiada al ministerio de su Iglesia. El
diálogo auténtico, por consiguiente, está encaminado ante todo a la regeneración
de cada uno a través de la conversión interior y la penitencia, y debe hacerse
con un profundo respeto a las conciencias y con la paciencia y la gradualidad
indispensables en las condiciones de los hombres de nuestra época.
Final
Y ¿qué decir de todas las iniciativas
brotadas de la nueva orientación ecuménica? El inolvidable Papa Juan XXIII, con
claridad evangélica, planteó el problema de la unión de los cristianos como
simple consecuencia de la voluntad del mismo Jesucristo, nuestro Maestro,
afirmada varias veces y expresada de manera particular en la oración del
Cenáculo, la víspera de su muerte: "Para que todos sean uno, como tú, Padre,
estás en mí y yo en ti". El Concilio Vaticano II respondió a esta exigencia de
manera concisa con el Decreto sobre el ecumenismo. El Papa Pablo VI, valiéndose
de la actividad del Secretariado para la unión de los cristianos inició los
primeros pasos difíciles por el camino de la consecución de tal unión. ¿Hemos
ido lejos por este camino? Sin querer dar una respuesta concreta podemos decir
que hemos conseguido unos progresos verdaderos e importantes. Una cosa es
cierta: hemos trabajado con perseverancia, coherencia y valentía, y con nosotros
se han empeñado también los representantes de otras Iglesias y de otras
Comunidades cristianas, por lo cual les estamos sinceramente reconocidos. Es
cierto además que, en la presente situación histórica de la cristiandad y del
mundo, no se ve otra posibilidad de cumplir la misión universal de la Iglesia,
en lo concerniente a los problemas ecuménicos, que la de buscar lealmente, con
perseverancia, humildad y con valentía, las vías de acercamiento y de unión, tal
como nos ha dado ejemplo personal el Papa Pablo VI. Debemos por tanto buscar la
unión sin desanimarnos frente a las dificultades que pueden presentarse o
acumularse a lo largo de este camino; de otra manera no seremos fieles a la
Palabra de Cristo, no cumpliremos su testamento. ¿Es lícito correr este riesgo?
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